La Jornada Semanal dedicó su número 816 a Roque Dalton. Retomamos fragmentos de los artículos «Roque Dalton vuelve a morir» de Miguel Huezo-Mixco y «Roque Dalton la fuerza literaria del compromiso» de Xabier Coronado.
Presentación de La Jornada Semanal Núm. 816 – México
Dice Xabier Coronado, y con razón, que la vida “errante y clandestina” del poeta salvadoreño Roque Dalton “tuvo un desenlace que, después de treinta y cinco años, no se ha clarificado satisfactoriamente”, lo cual ha tenido como consecuencia su inevitable elevación a la categoría de mito, pero también el desconocimiento parcial, y a veces total, de la voz poética fuerte y comprometida de quien fuera, a un mismo tiempo, periodista, literato, ideólogo y guerrillero revolucionario. Con los textos de Coronado y del gran escritor salvadoreño Miguel Huezo Mixco conmemoramos el trigésimo quinto aniversario luctuoso del autor de Poemas clandestinos y El turno del ofendido.
Roque Dalton vuelve a morir
Por Miguel Huezo Mixco
Como si nada: han pasado treinta y cinco años desde el asesinato del poeta salvadoreño Roque Dalton. Año con año, desde aquel 10 de mayo de 1975, se viene repitiendo la pasión de Dalton. Sus asesinos vuelven a acusarlo de ser un agente enemigo, se reúnen secretamente para decidir su ejecución y, luego, uno de ellos le dispara en la cabeza.
Su asesinato revela la existencia de una matriz sectaria e intolerante dentro de la cultura salvadoreña, a la que no escapó el mismo movimiento armado salvadoreño.
Este 2010 la efemérides tuvo novedades. Coincidiendo con la fecha, la familia del poeta interpuso ante la Fiscalía General de la República una denuncia contra dos ex comandantes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) –organización armada a la que Dalton pertenecía–, Joaquín Villalobos y Jorge Meléndez, señalados como responsables del asesinato del escritor. Actualmente, Villalobos trabaja como asesor del gobierno mexicano y Meléndez es funcionario del primer gobierno de izquierda de El Salvador.
La denuncia de los Dalton no incluyó a Alejandro Rivas Mira, jefe máximo del grupo guerrillero en el momento del asesinato. Rivas Mira, que operaba con el alias de Sebastián, huyo del país llevándose una millonaria cantidad de dinero producto de las operaciones del ERP, y nunca se ha sabido más de él.
La familia Dalton García también hizo público un comunicado donde expresaba sentirse agraviada por la designación de Meléndez en el gobierno de Mauricio Funes, que fue llevado a la Presidencia bajo la bandera del FMLN. Los Dalton consideraron dicho nombramiento como la ofensa más grande en contra de la memoria de Roque Dalton, así como contra su familia, desde su asesinato. Por si fuera poco, prohibieron al gobierno hacer cualquier uso del nombre de Dalton mientras no se destituyera a Meléndez de su cargo.
A la fecha, Meléndez no ha sido removido. Funes argumentó a su favor el principio de presunción de inocencia, y zanjó el debate diciendo que Dalton es patrimonio del pueblo salvadoreño, no patrimonio de particulares”. Estos hechos volvieron a abrir un nuevo capítulo de animosidades y enfrentamientos. Todavía habrá que esperar un poco para que su poesía se independice de su martirio y de los conflictos que éste sigue suscitando. Entre tanto, desde 1975 a la fecha, en El Salvador ha cambiado la percepción de Dalton mismo. Por su obra y por su tragedia, Dalton ocupa un lugar prominente en el panteón de los grandes escritores salvadoreños de todos los tiempos. Bajo los gobiernos de derecha que siguieron a la firma de la paz, en 1992, la obra de Dalton salió de la clandestinidad y comenzó a tener una enorme difusión. Algunos de sus libros ya pasaron a formar parte del programa educativo oficial, y en 2008 la Dirección de Publicaciones (DPI) finalizó el proyecto de publicación en tres volúmenes de sus Poesías completas.
Dalton también goza de muy buena salud en el estado de ánimo nacional. Sus representaciones de “lo salvadoreño”, como gente muy trabajadora y pendenciera lo han convertido en una referencia imprescindible de una cierta idea de la “salvadoreñidad”. De hecho, en 1997, la Asamblea Legislativa lo declaró Poeta Meritísimo de El Salvador.
Asimismo, es uno de nuestros principales “productos nostálgicos”. Las necesidades de la población salvadoreña en el exterior (tres de cada diez salvadoreños están fuera del país) para constituirse en una comunidad diferenciada respecto de otras identidades (mexicanos, dominicanos, colombianos, etcétera) en Estados Unidos, han hecho a los salvadoreños abrazarse a la nostalgia con fuerza inusitada. Dalton, como el loroco, el achiote, la horchata y las pupusas es un demandado producto nostálgico.
Estos hechos prueban que una parte importante de la cultura salvadoreña ha cambiado, y mucho. Dalton ha comenzado a ser demasiado habitual, excesivamente nombrado y unánimemente respetado. También ha comenzado a aburrir un poco. Por ejemplo, enUna madrugada del siglo XXI (2010), una antología de jóvenes poetas nacidos a partir de 1980, hay una explícita toma de distancia respecto del icono más respetado de las letras salvadoreñas. “En esta generación, Roque está y no está”, dice Vladimir Amaya, autor de la muestra.
EL OLEAJE DE LA LEYENDA
Uno de los aspectos que estuvieron ausentes en el debate del 35 aniversario del martirio de Dalton fue la represión que sufrió por parte del aparato oficial cubano. Nadie hizo alusión a este hecho que determinó la decisión de Dalton de volver a El Salvador y unirse al ERP. (Véase, por ejemplo, el especial “Los 75 mayos de Roque”, en el periódico digital Contrapunto, dirigido por Juan José Dalton.)
Cuando, en 1973, Dalton viaja clandestinamente a El Salvador, su situación en Cuba había dejado de ser cómoda. La causa: su rompimiento con la agencia cultural cubana Casa de las Américas
Dalton renunció formalmente al consejo de la revista el 20 de julio de 1970. Los cubanos han dado a conocer una carta suya dirigida a Roberto Fernández Retamar, el director de la institución, quien era y sigue siendo una figura clave de la intelectualidad cubana. Esa carta se ha presentado como la despedida de dos buenos amigos en el momento en que uno de ellos (Dalton) ha decidido abandonar la entidad por su decisión de volverse guerrillero.
Dalton la escribió, en efecto, después de los eventos que tuvieron lugar durante la celebración del Premio Casa de las Américas de ese año. Lo que no se dice es que Dalton la escribió por razones muy diferentes a la decisión que se le ha venido atribuyendo. Esto forma parte de su leyenda.
Existe otra carta de Dalton, dirigida a la dirección del Partido Comunista de Cuba, fechada en La Habana el 7 de agosto de ese mismo año, que hasta ahora ha permanecido inédita. El documento hace una pormenorizada exposición de los motivos que le llevaron a renunciar como trabajador de Casa de las Américas y como miembro del Comité de Colaboración de la revista, y es probable que la escribiera cuando los rumores sobre su supuesta traición a Cuba lo obligaron a romper el silencio. Este escrito constituye, como se dice en la jerga judicial, “el turno del ofendido”
Es posible que con el tiempo las heridas abiertas en la relación entre Dalton y Fernández Retamar, e incluso con el poeta Mario Benedetti, autor de la más reconocida antología post morten de la obra de Dalton, consiguieran sanar. Pero el documento arroja una luz desconocida sobre ese conflicto donde, como dice Dalton, se conjugaron aspectos ideológicos, de estilo de trabajo y factores personales.
Es verdad que la idea de volver a su país estuvo siempre en la cabeza del poeta. Pero ni en la carta de julio, ni en la escrita en agosto de 1970, destinada a los ojos de la cúpula comunista, se refiere directamente a su decisión de volver a El Salvador. Manos interesadas o mal informadas construyeron esa leyenda. Además, la memoria suele tendernos trampas. Tras publicarse un artículo mío (El Malpensante 44, Bogotá, febrero-marzo, 2003) sobre la existencia y el contexto en que se produjo la carta de Dalton al Comité Central cubano, Fernández Retamar aseguró desconocer su existencia (Revista Cultura, 89, San Salvador). El facsímil de la carta completa puede leerse, en línea, aquí: Carta de Roque Dalton al Comité Central del Partido Comunista Cubano.
En 1970, Casa de las Américas vivía una hora complicada. Dalton explica en la carta que “de los catorce miembros del Comité original hay que decir que seis [habían] variado en sus posiciones o presentado puntos de vista conflictivos” frente a la visión sobre arte y literatura que sostenía la plana mayor de la institución cultural. Entre aquellos se encontraban Mario Vargas Llosa, Ángel Rama y Julio Cortázar.
En medio de esa crispación, Casa de las Américas convocó al premio correspondiente a ese año. La convocatoria fue acompañada de una intensa jornada política para enfrentar temas espinosos que pudieran ser motivos de discusión con los jurados internacionales. Los menos confiables entre éstos eran, según Dalton, la representación peruana (encabezada por el rector de la Universidad de San Marcos) y otro grupo “potencialmente conflictivo” en el que se encontraba el poeta Ernesto Cardenal. Una de las principales misiones que le encomendó Fernández Retamar a Dalton fue la de ganarse la confianza del nicaragüense.
Las cosas se complicaron. Como era previsible, algunos de los jurados, y de manera especial el poeta Cardenal, comenzaron a hacer públicos puntos de vista discordantes con la línea oficial cubana, y reclamaban autorización para tomar contacto directo con la realidad del país. A juzgar por la carta de agosto, Dalton estuvo en desacuerdo con algunas de las peticiones de Cardenal. Por ejemplo, consideró “anormal” su petición de conversar con seminaristas católicos, “negativas” sus preocupaciones por la persecución contra los homosexuales, y hasta consideró la posibilidad de que el cura fuera un agente de la CIA navegando con “bandera de bobo”.
La conducta de Cardenal se convertiría en el principal detonante de su renuncia a Casa. La mecha se encendió durante un almuerzo en el que estuvieron presentes tres poetas que han llegado a ser verdaderos iconos de prestigio literario y revolucionario: Mario Benedetti, Ernesto Cardenal y Roque Dalton. La reunión tenía el objetivo de enfriar al nicaragüense, pero el cura volvió a la carga pidiendo explicaciones, formulando críticas y reclamando que se le dejara hablar con campesinos. De acuerdo con su carta, Dalton habría apoyado en ese momento a Cardenal, lo que provocó un altercado terrible con Benedetti. Los tres poetas se levantaron de la mesa con el estómago revuelto.
Más tarde, en un coctel ofrecido a Cardenal, Dalton volvió a expresar su desacuerdo por la manera en que se estaban manejando las cosas con los jurados internacionales. Pero esa vez tuvo que enfrentar la ira del propio director de Casa. Fernández Retamar no sólo le advirtió que ya sabía que andaba “hablando basura”, sino que remató diciéndole: “En último caso somos nosotros quienes invitamos a los jurados extranjeros y somos nosotros los que sabemos qué hacer con ellos.” Aquella frase, proveniente de su mejor amigo cubano, refiere Dalton, “no me dejaba otra alternativa [que la de] retirarme del trabajo de Casa”.
Pasado de tragos, Dalton insultó a gritos a Fernández Retamar. Su destino en la más respetada institución cultural cubana estaba sellado. Dalton asegura que presentó dos cartas de renuncia, una de ellas, la del 20 de julio, dirigida a Retamar, y otra a Haydée Santamaría, sin dar explicaciones de sus motivaciones, pensando que le iban a ser pedidas expresamente. Pero esto no ocurrió. “Retamar hizo retirar mi nombre de la lista del Comité antes de dos horas después de leer mi nota”, se lamenta.
En medio del borrascoso clima político de ese momento, Dalton temió que su renuncia fuera tomada como una maniobra “destinada a causar daño a Casa”. Comenzaron a circular rumores en su contra, algunos graves. En la carta, Dalton refiere que Genoveva Daniel, una funcionaria de la institución, habría dicho públicamente de que ya “no se sabía si [Dalton] todavía era revolucionario o no”.
El Comité Central le solicitó un informe sobre los hechos. Este es el origen de la carta que aquí he referido. Y en ella insiste: “Yo renuncié de Casa, repito, porque se me dijo en otras palabras que no siguiera metiéndome en asuntos que no eran de mi incumbencia.”
No podemos saber si las cosas quedaron más claras o más enredadas, pero ya no volvieron a ser como antes. En fin, la vida cambia. Dalton pasó a trabajar a la agencia Prensa Latina, alternando sus viajes con la redacción de sus libros. Aunque no podía adivinarlo, aquella fue la última oportunidad que tuvo para dedicarse a la literatura, y fue un período muy fértil. Terminó su ambicioso trabajo biográfico sobre el comunista Miguel Mármol, y dejó listos los libros Las historias prohibidas…, y Pobrecito poeta que era yo, que se publicaron meses más tarde. Para entonces, Dalton estaba preso de su futuro.
Como dice un verso de Silvio Rodríguez, “buscando la vida o buscando la muerte, eso nunca se sabe”, en una serie de juegos del azar y malentendidos, Dalton se encontró en La Habana con Alejandro Rivas Mira, el primero en la jefatura del ERP. Entonces decidió lanzarse de regreso a su país. El resto de la historia ya es demasiado conocido.
Roque Dalton la fuerza literaria del compromiso
Xabier F. Coronado
A veces la poesía –el oficio de poeta, como diría Pavese– surge unida a un fuerte compromiso social. A menudo, ese compromiso se manifiesta en un trabajo diario donde literatura y activismo se sustentan mutuamente. En algunos casos, el poeta militante llega al extremo de dar su vida, o perderla, por consumar ese compromiso. Entonces trasciende definitivamente lo humano, se convierte en héroe o mártir y pasa a poblar un limbo mítico-social donde permanece inaccesible, aprehendido con cadenas de eslabones comunes y trabado por frases hechas e ideas preconcebidas. Normalmente quien queda ahí atrapado es el poeta, arrinconado por el estigma del héroe/mártir que a casi todos nos deslumbra.
Muchas de todas estas premisas concurren en Roque Dalton, un escritor que permanece desenfocado por un halo de misterio, originado en una existencia errante y clandestina que tuvo un desenlace que, después de treinta y cinco años, no se ha clarificado satisfactoriamente, hasta el punto de no existir la constancia material de esa muerte tan publicada. “No sé dónde lo pusieron/ a dormir el desamor,/ hoy debo mirar al cielo/ si quiero darle una flor.” (Silvio Rodríguez, “Una flor para Roque.”)
Esa muerte insolente, asesinado por sus propios camaradas, ha sido motivo de una polémica que se reaviva hoy en día cuando Jorge Meléndez, uno de sus supuestos verdugos, ocupa un cargo de confianza en el gobierno de Mauricio Funes, y el otro presunto ejecutor de Dalton, Joaquín Villalobos, en los últimos años ha asesorado en temas de seguridad a los gobiernos de Colombia y México. Según Mariela Loza Nieto, en el núm. 6 de la revista literaria Molino de Letras: “Para el año 2010, Villalobos funge como asesor de ‘seguridad’ en el derechista gobierno mexicano de Felipe Calderón.”
Afirma Eduardo Galeano: “Roque Dalton se salvó dos veces de morir fusilado. También se salvó de los torturadores, que lo dejaron maltrecho pero vivo. No pudo salvarse de sus compañeros. Con pena de muerte castigaron su discrepancia, por ser la discrepancia delito de alta traición. De al lado tenía que venir esa bala, la única capaz de encontrarlo.” Juan Gelman, uno de los escritores que, junto a Eduardo Galeano, Julio Cortázar y Mario Benedetti, entre otros, exigieron el esclarecimiento de su desaparición, escribió sobre la muerte de su amigo estas palabras: “Cuando el asesino tiró, seguro te distrajo una mujer inapagable, un pliegue del verano, el misterio sin fin del pobrerío.”
Muchos al principio no se creyeron la noticia de su muerte; pensaban que era una nueva desaparición voluntaria del poeta guerrillero y que reaparecería una vez más en cualquier otro exilio… pero esta vez se dieron cuenta de que su ausencia era para siempre y todos sus colegas, cantantes o poetas, se lamentaron por lo injusto de esa muerte absurda y prematura. Después, con el paso de los años, constataron lo paradójico que resultaba comprobar que Roque Dalton estaba más vivo que nunca, ahora que ya se había muerto.
“El hecho es que llegaste/ temprano al buen humor/ al amor cantado/ al amor decantado/ al ron fraterno/ a las revoluciones/ pero sobre todo llegaste temprano/ demasiado temprano/ a una muerte que no era la tuya/ y que a esta altura no sabrá qué hacer/ con/ tanta/ vida.” (Mario Benedetti, “A Roque”).
“Ahora, en 1980, él está encarnado en muchas vidas, está resucitado en la insurrección de El Salvador. Está siempre riendo, a pesar de las masacres, a pesar del llanto. Está riendo porque está triunfante. Es como si hubiera triunfado ya. Roque Dalton será sus poemas escritos antes y muchos otros poemas por venir. Roque Dalton será un pueblo reidor y feliz de roque daltons.” (Ernesto Cardenal, “Roque estaba casado con la revolución.”)
“Yo lo vi,/ era el año 2000 ya él no vivía/ y yo lo vi,/ la muerte equivocada lo llevó/ y él anda aquí,/ yo lo vi…” (Daniel Viglietti, “Daltónica.”)
Pero Roque Dalton es, sobre todas las cosas, un creador literario. Un poeta fundamental de las letras latinoamericanas, con una obra publicada que tiene la magnitud e importancia suficientes como para prevalecer sobre cualquier otra faceta de su intensa y corta vida. Un escritor que siempre se planteó la literatura como compromiso, pero no como un compromiso ciego y partidista, sino como un compromiso consigo mismo y, por extensión, con el hombre y su realidad en ese trozo mínimo de tierra donde le tocó nacer, El Salvador: “Sigues brillando/ junto a mi corazón que no te ha traicionado nunca/ en las ciudades y los montes de mi país/ de mi país que se levanta/ desde la pequeñez y el olvido/ para finalizar su vieja prehistoria/ de dolor y de sangre.” (“A la poesía.”)
LA OBRA
Roque Dalton fue un forjador de palabras, un herrero de cuya fragua salían las frases amartilladas como crónicas periodísticas (en prensa, radio y televisión), ensayos, novelas y, sobre todo, en forma de versos que exaltaban y herían su propia conciencia –“siento unas ganas locas de reír o de matarme”. (“Hora de la ceniza.”)
Sus ensayos publicados tratan sobre su origen, Monografía de El Salvador (1963), sus influencias, César Vallejo (1963), sus destinos, México (1964) y sus ideales, ¿Revolución en la revolución? y la crítica de derecha (1970).
Publicó una novela testimonial, Miguel Mármol. Los sucesos de 1932 (1972), donde relata la represión desatada en El Salvador por el general Maximiliano Hernández, que dejó miles de fusilados. Uno de los sobrevivientes de esa masacre, el obrero Miguel Mármol, se encontró con Dalton en Checoslovaquia, en 1966. Este libro es producto de las entrevistas que tuvieron lugar durante ese encuentro.
Dalton también es autor de una novela póstuma, Pobrecito poeta que era yo… (1976), que es un relato sobre la llamada Generación comprometida de las letras salvadoreñas. Los distintos personajes son retratos de sus compañeros del Círculo Literario Universitario –Álvaro Menéndez Leal, Manlio Argueta, Roberto Arturo Menéndez y Roberto Armijo, entre otros–, y de sí mismo a través de diarios personales en los que rememora el clima intelectual de El Salvador en 1956. Un capítulo del manuscrito de esta novela fue considerado por sus verdugos, compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), la prueba de su “confesa culpabilidad” de ser un infiltrado de la CIA.
La obra poética de Dalton editada a lo largo de su vida es extensa. Después de Dos puños por la tierra (1955) escrito junto al poeta guatemalteco Otto René Castillo –otro poeta comprometido asesinado por el gobierno de su país–, publicó en años sucesivos, y en diferentes países, más de una docena de libros que se completaron con otros tres de carácter póstumo.
Dalton es un poeta que se erige como testigo, que constata y denuncia lo que ve, a través de numerosos personajes, hilando versos que se enlazan sobre sí mismos. Se consideraba más heredero de César Vallejo que de Neruda. “Yo quisiera ser uno de los nietos de Vallejo. Con la familia Neruda no tengo nada que ver”, y entre los poetas latinoamericanos influenciados por “el clima de Vallejo, descarnado y humano”, Dalton se sentía cercano a Juan Gelman, Enrique Lihn, Fernández Retamar y Ernesto Cardenal. Además, declaraba que la poesía de himnos y loas había sido superada por una poesía de ideas, “una poesía que, en lugar de cantar, plantee los problemas, los conflictos, las ideas, que son muchísimo más eficaces que los himnos, para hacer que el hombre cobre conciencia de sus problemas”.
Gran parte de su poesía es de condición narrativa, una poesía de personajes, que se basa en la utilización de la anécdota como medio para expresar ideas y criticar situaciones. A partir de su poemario Taberna y otros lugares, premiado en el certamen literario Casa de las Américas de 1969, en la poesía de Dalton, amorosa y comprometida, se plantea una manera nueva: la expresión política, que lo lleva a conflictos ideológicos que terminan por hacerle romper con estructuras caducas del movimiento revolucionario. “Llegué a la revolución por la vía de la poesía.”
Entre sus libros destacan El turno del ofendido (1963), poemario con influencia de novelistas como Faulkner y Hemingway, en donde Dalton se va decantando por una poesía de las ideas; Los testimonios (1964); Los hongos (1973) que, “enfoca la pugna que existió en mi juventud entre la conciencia revolucionaria y la conciencia cristiana”; y Poemas clandestinos (1975), escrito durante los días previos a su desaparición. Dalton fue considerado por Mario Benedetti, “no sólo uno de los poetas más vitales y removedores de América Latina, sino también uno de los que mejor han sabido conjugar el compromiso político con el rigor artístico”. Y Galeano opina que Dalton era un “poeta hondo y jodón, que prefería tomarse el pelo a tomarse en serio, y así se salvó de la grandilocuencia y de la solemnidad y de otras enfermedades que gravemente aquejan a la poesía política latinoamericana”.
Roque Dalton es un poeta lleno de vitalidad y su poesía, que según él mismo, “no está sólo hecha de palabras”, nos llega clara y obedece a una visión del mundo totalmente asumida. “Todo lo que escribo está comprometido con una manera de ver la literatura y la vida a partir de nuestra más importante labor como hombres: la lucha por la liberación de nuestros pueblos.” Consecuencia de ese compromiso fue su discrepancia con escritores que, según su punto de vista, no tomaban claramente partido; así surgieron sus textos críticos sobre Miguel Ángel Asturias, Neruda, García Márquez o Borges: “Es que para nuestro Código de Honor,/ usted también, señor,/ fue de los tantos lúcidos que agotaron la infamia./ Y en nuestro Código de Honor/ el decir: ‘¡qué escritor!’/ es bien pobre atenuante;/ es, quizás, otra infamia…” (“De un revolucionario a J. L. Borges.”)
El carácter de la poesía de Dalton queda totalmente delineado en la entrevista que Mario Benedetti le hace en 1969, “Una Hora con Roque Dalton”, incluida en el volumen Cuaderno cubano, de lectura obligada para quienes se interesen por la obra del poeta salvadoreño.
En el más popular de sus poemas, “Poema de amor”, Dalton nos deja una tipología completa de sus coterráneos que se ha convertido en el himno de los salvadoreños, sobre todo para los que viven fuera de su país, y de todos los inmigrantes centroamericanos.
Roque Dalton dedicó su vida a luchar en contra de la desigualdad, en defensa de los oprimidos, por la libertad, y ese compromiso, que fructificó en una obra literaria valiente y profunda, lo cumplió hasta morir: “cuando uno toma una decisión sobre lo que va a hacer de su vida, ni la muerte es capaz de hacerlo dar marcha atrás”
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