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Creado en 11 Abril 2015
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Ensayo sobre la vida, obra y asesinato del poeta Roque Dalton, por el escritor salvadoreño Miguel Huezo Mixco

Por Miguel Huezo Mixco

A Roque Dalton lo mataron a quemarropa. La leyenda dice que sus matadores, sin valor para mirarlo a los ojos, le inyectaron un somnífero antes de dispararle. También se dice que lo liquidaron de sorpresa: llegaron a su lado y de súbito le descargaron los tiros. Pasara lo que pasare en esa hora siniestra, aquella fue la última de las celadas que le tendió la vida.

El sacrificio de Dalton estuvo en la génesis del nuevo poder que emergió entre combates guerrilleros y protestas sociales. Sus asesinos eran un pequeño grupo de conspiradores que con los años llegaría a ser una poderosa organización armada. Dos de los sobrevivientes de aquella célula estamparon su firma en el documento que puso fin a la más cruenta de las guerras libradas hasta ahora en El Salvador.

La “muerte horrenda” de Dalton, como la llamó Julio Cortázar, levantó una exclamación de repudio en todo el mundo y le dio paso a su leyenda. Una leyenda que Dalton mismo, en vida, ayudó a alentar. Nació en 1935, único hijo de la enfermera María García y de Winnal Dalton, un tejano criado en la frontera con México, que hablaba el español como segunda lengua. Casi nadie sabe que aquella improbable relación entre dos personas provenientes de mundos sociales tan dispares tuvo como origen un altercado entre Winnal Dalton y el filántropo Benjamín Bloom. María García se encargó de curar de sus heridas a Mr. Dalton, y éste le hizo la corte. El niño fue inscrito con el nombre de Roque Antonio García. Roque fue calzado con el apellido que su padre no quiso darle, y más tarde con las botas de una leyenda, la de los hermanos Dalton, forajidos y fabricantes de mal whisky, que en el último cuarto del siglo XIX sembraron el terror en Arizona. No existen pruebas de parentela alguna entre el poeta y aquellos malhechores, pero con ellos Dalton se construyó una aureola de pendenciero que lo seguiría hasta el fin de sus días.

Aquel hombre que por periodos fue devastado por el alcohol, lector voraz, proverbial mujeriego e iconoclasta capaz de imprudencias relevantes, ha llegado a ser un ícono incuestionable. Algunos no sólo tienen el justo interés en lavar su memoria sino también el menos recto propósito de entronizarlo como una figura moral que le otorgaría infalibilidad a sus propios juicios políticos y estéticos.

La poesía de Dalton es inseparable de su vida, y su vida de sus opciones políticas. Sin embargo, una de esas partes —la política— ha predominado por encima de las demás. Uno de los resultados ha sido, como ya lo señaló Rafael Lara Martínez, una “invención editorial” que privilegia la imagen de Dalton guerrillero. Cabe preguntarnos por la sinceridad con que han actuado los constructores de su prestigio como subversivo.

Cuando lo mataron tenía 40 años de edad. Aunque sus declaraciones de apoyo a la lucha armada comenzaron a conocerse a finales de los años sesenta, Dalton efectivamente tomó las armas en los dos últimos años de su vida. En varios momentos recibió instrucción militar, como muchos de los escritores de su generación, cuando en la década de los sesenta el pc salvadoreño contempló la veleidad de organizar un frente armado. Dalton se reía repetidamente de la voluntad combativa de la nomenclatura comunista de aquellos años. En uno de sus poemas, desdoblado en un burócrata, afirma: “Estamos por la lucha armada/ pero en contra de comenzarla”. En efecto, después de recibir una ducha de rigores en algún campamento de Cuba, los conjurados regresaban a San Salvador a hacer “una vida entre militante y bohemia”, a la espera del llamado al combate. Algunos fueron adiestrados hasta en el manejo de tanques, lo que le otorgaría a la instrucción ribetes cómicos.

Una noche en La Habana Julio Cortázar presenció una discusión de Dalton con Fidel Castro sobre un problema de utilización eficaz de quién sabe qué arma. Una metralleta invisible pasaba de las manos del uno a las del otro. “Las diferencias entre el corpachón de Fidel y la figura esmirriada y flexible de Roque nos causaba un regocijo infinito”, recuerda Cortázar. Dalton no tendría ocasión de poner en práctica sus supuestas habilidades. Es poco probable que alguna vez haya entrado en combate. No estoy poniendo en duda su coraje y determinación, pero Dalton no fue exactamente el prototipo de un soldado, aunque, después de todo, fue el que llegó más lejos entre todos los poetas de su generación, que le cantaron a la revolución con la metralleta invisible bien guardada en sus armarios.

La imagen que tenemos de él ha sido en parte construida en el fértil terreno de la fantasía y en el más fangoso de los intereses políticos. He aquí una historia para probarlo: la ruptura de Dalton con Casa de las Américas, en Cuba, y la manera en que se ha relacionado este hecho con su propia decisión de incorporarse a la guerrilla salvadoreña, son una muestra de la imaginación y del lodo que se ha vertido sobre su nombre.


Abandonar la casa

De todos los libros de Dalton, el más celebrado y el que tiene un olor más provinciano es Las historias prohibidas del pulgarcito (México, 1974). Es la quintaesencia de su estilo lúdico y experimental. Como su título lo proclama, el libro sacó a la luz episodios que la historia oficial salvadoreña había ocultado. El “caso Dalton” podría engrosar ahora el volumen como una “nueva historia prohibida”. Al final del libro, a guisa de colofón, uno se encuentra con un poema que dice:

Yo volveré yo volveré
no a llevarte la paz sino el ojo del lince
el olfato del podenco
amor mío con himno nacional.

Cuando este poema comenzó a circular en su país, Dalton había cumplido su promesa. Unos meses antes había ingresado “a la soleada caverna” de la vida en la capital salvadoreña para incorporarse al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Con papeles falsos y una nueva apariencia, ingresó por la terminal aérea de Ilopango exactamente el día de Navidad de 1973. Uno de los periódicos del día informaba de la exitosa producción de granos básicos de ese año.
Para su actividad clandestina Dalton escogió un nuevo nombre: Julio Dreyfus, tomando el apellido del célebre oficial acusado de traición —y luego rehabilitado por la justicia francesa. Pasó la Nochebuena en los alrededores del centro de San Salvador, en la casa de seguridad de la mujer que se convertiría en la compañera de sus últimos meses de vida, la guerrillera Lil Milagro Ramírez. De alguna manera, el rumor sobre su regreso se esparció entre algunos de sus conocidos. La leyenda, pues, había vuelto. Ahora sí, el empuje revolucionario sería inevitable. Como diría más tarde un poema de Alfonso Quijada Urías, era “el retorno de Gulliver” al país de los enanos.

Era el de mayor edad dentro del grupo. Se le conocía como “el tío Julio”. No existen muchos testimonios directos sobre la actividad que desplegó, pero todo indica que el agua salada de la vida clandestina no era exactamente el ambiente para un pez como Dalton. Eduardo Sancho, quien fue jefe político del poeta y el único del grupo de dirección del erp que se opuso a su asesinato, lo recuerda como un activista incansable. Realizó trabajos organizativos, participó en acciones de propaganda (como realizar pintadas con aerosol en las paredes) y redactó folletos de análisis político. Al mismo tiempo escribía los borradores de sus Poemas clandestinos. No es posible saber cuáles eran sus planes, pero el libro estaba destinado a la propaganda inmediata. Aunque en sus composiciones usó cuatro nombres falsos, el tono, el estilo y la voz eran los suyos. Casi nadie que hubiera leído sus poemas se habría tragado la paja de que los autores eran una obrera textil, un joven dirigente católico y tres estudiantes universitarios. Nicolás Guillén ha comparado al Dalton de este libro con Fernando Pessoa, pero me atrevo a pensar que los desdoblamientos del portugués sólo le sirvieron como coartada al novato luchador clandestino que a ratos se veía dominado por su ego poético.

Si hemos de creer en la fatalidad —y a veces no hay remedio—, su partida de Cuba estuvo marcada con una cruz de ceniza. Antes de volver a El Salvador el poeta se sometió a una operación estética facial que estuvo a cargo del mismo equipo que preparó el ingreso del Che Guevara a Bolivia. La coincidencia no deja de ser estremecedora, pero no hay nada de extraño en que un mismo equipo se encargara de misiones tan confidenciales. Seguramente, habrán mandado a muchos al sacrificio. El detalle revela, sin embargo, que Dalton todavía gozaba del apoyo de un sector del Partido cubano, porque en realidad su situación en la isla había atravesado por un momento muy difícil. Tres años antes había renunciado a sus cargos en Casa de las Américas mediante una carta dirigida a Roberto Fernández Retamar.

Esta carta, publicada por primera vez en el número 200 de Casa, ha sido rodeada con un halo romántico. Se ha querido presentarla como la despedida de un amigo que deja la máxima institución cultural cubana para abrazar la causa guerrillera. Luis Alvarenga, biógrafo de Dalton, anota: “Dalton está decidido a integrarse a la lucha armada en El Salvador. Decide renunciar al Comité de Colaboración de Casa de las Américas y así se lo comunica a Roberto Fernández Retamar en carta fechada el 20 de julio de 1970”. La primera biografía del poeta, publicada 27 años después de su asesinato, todavía se mueve a merced del oleaje de la leyenda.

El trasfondo de esa carta ahora está iluminado por la existencia de otra carta de Dalton, que ha permanecido inédita y que se publica por primera vez aquí, dirigida a la Dirección del Partido Comunista de Cuba un mes después de la primera, el 7 de agosto de ese mismo año. Dicha carta de diecisiete folios, sin numeración, expone de manera precisa los motivos que llevaron a Dalton a renunciar como trabajador de Casa de las Américas y miembro del Comité de Colaboración de la revista. La escribió cuando los rumores sobre su “traición” a Cuba lo obligaron a romper el silencio.

Una cosa es clara: la renuncia no tuvo relación directa con la decisión de Dalton de regresar a El Salvador, aunque posiblemente sí precipitó la manera en que lo hizo. Nadie puede dudar que la idea de regresar a su país, no de vacaciones sino a luchar, estuvo intermitentemente en la cabeza del poeta. Lo anunció, lo proclamó, lo repitió cuanta vez pudo. Pero para un internacionalista, como Dalton se consideraba a sí mismo, la decisión de luchar no tenía por qué tener a El Salvador como único destino. En la carta de agosto, en ningún momento habla de volver a su país. Cuando se describe como “un militante revolucionario que sólo temporalmente reside en Cuba y que debe preparar diversas condiciones para su participación futura en la actividad concreta en América Latina”, confirma lo que sabemos por diversas fuentes: que Dalton intentó sin éxito incorporarse también a la “actividad concreta” en otros dos países centroamericanos, Guatemala y Nicaragua.

Dalton había llegado a ser uno de los mimados de Casa. Su relación venía desde 1962, cuando su libro El turno del ofendido obtuvo una mención en el premio de ese año y posteriormente fue publicado. Dalton volvió en 1963 a El Salvador. En 1964 fue capturado e internado en el centro de detención de Cojutepeque, ubicado al oriente de la capital. Su salida de este penal ha estado bañada por la luz de la leyenda. Dalton siempre dijo que se había fugado del penal. Aquella espectacular escapada está relatada en su novela Pobrecito poeta que era yo. En la obra, Dalton cuenta de su encuentro con un agente de la CIA en la casa de un alto funcionario del gobierno militar. Al año siguiente, el Partido lo envió a Checoslovaquia como su representante en la Revista Internacional.

Dalton ya había tenido algunas desavenencias con la dirección del PC salvadoreño por el carácter de sus críticas a la política del partido y también por sus repetidas crisis alcohólicas. Algunos se han empeñado en desmentir sus borracheras, pero Dalton mismo, casi con fascinación, se encargó de retratarse bajo los efectos del alcohol, reconociéndose en un texto de Raymond Chandler como “Horrible. Brillante, duro y cruel”. Alguna vez el propio secretario general, el obrero Salvador Cayetano Carpio, se encargó personalmente de reconvenirlo para que asumiera sus responsabilidades, a lo que Dalton habría respondido con una autocrítica. Existe el rumor de que en el partido se rieron de la ingenuidad de Carpio.

Praga fue, según algunos, una especie de exilio dorado. Pudo dedicarse a escribir, crear y armar la estructura de poemas que dio origen al libro mayor de su obra literaria: Taberna y otros lugares. El poemario tiene como marco el mundo cosmopolita de la capital checa y en especial la taberna U Flekú, una maltería y fábrica de cerveza oscura que consumen parroquianos provenientes de todos los rincones del mundo en medio de música de polkas. Un buen día, Dalton recibió una carta de Roberto Fernández Retamar, quien le invitaba a formar parte del Comité de Colaboración de la revista Casa. Por el prestigio de la publicación y la composición de su plantilla de colaboradores, la invitación consolidaba su reputación como escritor y revolucionario.

La colaboración se intensificó; cuando Dalton regresó a Cuba, en 1968, tuvo una espléndida acogida. Los cubanos le dieron condiciones para que se volcara de lleno a sus actividades literarias; trabajó en al menos siete libros suyos, al tiempo que participaba en paneles, recitales, coloquios y escribía para las principales revistas cubanas del momento.

Pero Casa de las Américas vivía una hora difícil. Las conocidas críticas y las diferencias por parte de algunos escritores e intelectuales latinoamericanos respecto del gobierno de Castro habían comenzado a hacerse públicas. En estos conflictos participaron también autores cubanos. Estaba iniciando lo que Ambrosio Fornet llamaría “el quinquenio gris” de la cultura cubana.

En medio de ese caldo, Casa de las Américas convocó al Premio correspondiente al año 1970, invitando como jurados a un grupo de escritores, sociólogos y académicos extranjeros. Una de las principales misiones de Dalton fue ganarse la confianza del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal, integrante del jurado de poesía. Dalton fue el Caballo de Troya en aquel jurado.

Algunos de los jurados plantearon la necesidad de que se les dejara tomar contacto directo con la realidad del país. Los jefes de Casa no parecían dispuestos. “Yo me sentía entre varios fuegos”, se lamenta Dalton. “Las cosas no eran explicadas ni tampoco cambiaban”, dando lugar a tensiones y, en su caso personal, dice, “a un verdadero desconcierto”.

La mecha de la explosiva salida de Dalton se encendió durante un almuerzo donde estuvieron presentes tres poetas que han llegado a ser emblemas de rebeldía: Mario Benedetti, Ernesto Cardenal y Roque Dalton. En la comida, Cardenal lanzó fuego graneado sobre Benedetti. Dalton apoyó a Cardenal. El ataque en dos flancos alteró al uruguayo. Los tres se levantaron de la mesa con el estómago revuelto. Luego, en un coctel ofrecido a Cardenal, Dalton volvió con el tema de su desacuerdo por la manera en que se estaban manejando las cosas con los invitados internacionales. Esta vez tuvo que enfrentar la ira del propio director. Como se lee en la carta, Retamar prácticamente lo despachó por la puerta de servicio. Pero eso no fue todo: entre dos rones, Dalton insultó a Fernández Retamar.

Su destino en la más respetada institución cultural cubana estaba sellado. Comenzaron a circular rumores en su contra, algunos graves. Genoveva Daniel, una funcionaria de la institución, habría dicho públicamente de Dalton que ya “no se sabía si todavía era revolucionario o no”. Entonces se decidió a escribir una nueva carta, esta vez al todopoderoso Comité Central del Partido, en la cual insistió: “Yo renuncié de Casa, repito, porque se me dijo en otras palabras que no siguiera metiéndome en asuntos que no eran de mi incumbencia”.

Las cosas ya no volvieron a ser como antes. De Casa de las Américas pasó a la agencia Prensa Latina, alternando sus viajes con la redacción de sus libros. Dalton siguió escribiendo para la revista, pero para entonces ya era un preso de su futuro.

En sus poemas, frecuentemente pringados de sentencias, hay una que dice:

La política se hace jugándose la vida
o no se habla de ella.

Dalton no parecía dispuesto a que el recuerdo de ese verso se convirtiera en una voz burlona. Su nariz apuntaba fuera de Cuba. Ese mismo año se habían fundado en su país natal las FPL. Carpio había renunciado a la Secretaría General del PC salvadoreño y entrado a la clandestinidad, donde sería conocido como “Marcial”. En algún momento, Dalton y Carpio se encontraron en París, cerca de la Plaza de Pigalle, en el pequeño apartamento del poeta Roberto Armijo. En esa ocasión Dalton le pidió a su ex jefe que le hiciera sitio dentro de su organización. Según Claribel Alegría, Armijo le habría respondido que su lugar era como “poeta y escritor marxista y no como un combatiente”. Detrás de ese lenguaje diplomático es fácil adivinar que Marcial no quería volver a pasar por las sesiones de “autocrítica” de Dalton.

No está claro si buscó incorporarse al guatemalteco EGP y al FSLN, antes o después de aquella reunión. Lo cierto es que no tuvo éxito. Luego, La Habana le facilitó un encuentro con un tipo que tenía toda la “pinta de un revolucionario de almanaque” (según lo recuerda Sancho). Era Alejandro Rivas Mira, el primero en la jefatura del ERP, un grupo armado que recién debutaba en la escena salvadoreña. “Sebastián”, como se le conoció en la clandestinidad, a pesar de su juventud ya tenía una aureola. Era un estudioso del marxismo y había estado en París en 1968. Quienes lo conocieron aseguran que tenía una personalidad de gran magnetismo y un humor corrosivo. Con este comandante subió a bordo.

Otra jugarreta de la locura
y perdería mi puesto de centinela formidable
cayendo como la lengua de un ahorcado
hasta una jaula de lobos frágiles.
De vuelta a casa

La historia que sigue es más conocida: su regreso y asesinato. Y lo que no se sabe, o se sabe a medias sobre el crimen, ha hecho más espeso el humo de la leyenda. Ahora sabemos que su retorno a El Salvador también está ligado a sus conflictos en Cuba. Ahora, también, podemos imaginar los apremios personales de Dalton en ese proceso que lo llevó directamente a las manos de sus homicidas.

Por alguna razón, los veloces acontecimientos que terminaron con su asesinato son llamados con frecuencia “el juicio de Dalton”. Sancho mismo, en sus notas autobiográficas, habla de la existencia de un “juicio sumario”. “El juicio” es otra de esas construcciones de fantasía y lodo. Como si se tratara de un episodio de Perry Mason, se dice que el poeta estuvo “bajo arresto”, en custodia de una “unidad militar”. También se habla de la presentación de “cargos”, como fotografías en las que aparecía al lado de un agente doble de la cia, e inclusive de que un capítulo de su novela Pobrecito poeta que era yo probaba su culpabilidad. Se habla también de la existencia de un “defensor”, Eduardo Sancho, que habría tratado de salvar a “Dreyfus”. Y se habla de una “condena” y una “ejecución”. Todo este tribunal imaginario ha sido construido por sus asesinos y, paradójicamente, por sus mismos admiradores. Es terrible pensar que aquel defensor de sindicalistas en sus años juveniles terminara en medio de semejante “tribunal”.

En realidad, la manera en que las cosas ocurrieron está muy lejos de un juicio y más cerca del tipo de intrigas retratadas en Historia de Mayta de Vargas Llosa. ¿Conoceremos algún día la verdad? Quién sabe. Lo que sí podemos establecer ahora es que las decisiones fueron fruto de deliberaciones apegadas a códigos trastornados, cualesquiera que éstos fueran.

Como ya hemos referido, Dalton entró a El Salvador a finales de 1973. Diversos testimonios coinciden en señalar que su incorporación al grupo guerrillero fue producto de un acuerdo patrocinado por Cuba. El “tío Julio” fue nombrado asesor de la dirección guerrillera. De acuerdo con Sancho, la fatalidad se cebó sobre Dalton por una falta de disciplina. Dalton con otro de sus compañeros habían ido a impartir entrenamiento a un grupo de obreros. Las normas establecían que una vez cumplida la misión las armas debían volver a un local de seguridad, pero Dalton no apareció. La excusa de Dalton parece creíble: el ejercicio terminó más tarde de lo que se esperaba, ya que tuvo lugar en una zona boscosa al oriente de San Salvador. El jefe de Operaciones, que respondía al nombre de Vladimir Rogel, ordenó que se le detuviera por dos días. El hecho puso en marcha un plan urdido por el mismo personaje que se encargó de traerlo a El Salvador. Sancho asegura que Rivas Mira se resistía al debate sobre concepciones y estrategias, y que veía en Dalton una sombra para su estilo caudillista de dirigir y manipular al grupo de conjurados. Otra versión, que ya ha motivado una narración de Horacio Castellanos Moya, asegura que en el asesinato hubo motivos pasionales (Dalton le habría quitado la mujer al número uno de la célula clandestina). La versión oficial del ERP asegura que darle muerte a Dalton fue “un error político-ideológico” de la jefatura de ese momento.

La triste historia de su muerte, todavía llena de vacíos e inexactitudes, ahora tiene elementos nuevos; algunos provienen del texto del ex comandante Eduardo Sancho. Según esta versión, la jefatura guerrillera veía inminente un levantamiento popular en el que tendría destacada participación un sector de militares del ejército gubernamental. En ese clima delirante, la “falta leve” de Dalton se convirtió en una falta grave: insubordinación. Luego, se añadieron dos acusaciones. La primera, que era un agente cubano. Roque, dice Sancho, había “dicho en broma, en sus conversaciones… que [había] trabajado para la seguridad cubana… [y] eso fue tomado como prueba”. Dalton, entre tanto, permanecía en la casa de su novia, Lil Milagro Ramírez. Cuando Sancho le contó sobre la acusación de que era un agente cubano, Roque “sólo se pone a reír”. Y añade: “Es posible que él no viera con amplitud lo que se movía en cada acontecimiento”.

La segunda consistió en acusarlo de ser un agente de la CIA. El testimonio de Sancho añade un hecho nuevo: en 1973, cuando las organizaciones armadas FPL y ERP iniciaron un proceso de acercamiento, Rivas Mira habría llevado a uno de sus encuentros el informe de que Dalton estaba por ingresar al país. En respuesta al informe, Cayetano Carpio, en presencia de Sancho y otros, expresó reservas sobre Dalton. “Sus reservas consisten en la información [de] que disponía el Partido Comunista que afirmaba sin pruebas que Roque después de estar preso y salir de la cárcel de Cojutepeque [en 1964], tuvo un contacto en un hotel con la CIA, con la embajada [de Estados Unidos]”, y que Dalton nunca pudo explicar ese contacto.

Aunque aceptemos que Carpio no tenía interés en contar con Dalton en las entrañas del recién formado aparato clandestino, no deja de ser sorprendente que lo lanzara por el tubo con una acusación tan grave y peligrosa pero que tampoco era infrecuente. El mote de ser “agente de la CIA” fue, y sigue siendo, usado de manera muy liberal en el lenguaje de izquierdas. En aquel fatídico mes de abril de 1975, cuando la expresión se trajo a cuentas, Sancho pensó en buscarlo pero Carpio “se encontraba en ese momento fuera del país por lo que no se le [pudo] ver como testigo principal”, asegura.

Existe todavía otro elemento más del que poco se habla. A principios de 1975, Dalton viajó a México enviado por la organización. Como narran diversos testimonios, sin dar explicaciones se desapareció de la vista de sus propios compañeros por espacio de varios días, quizás una semana. Aunque se ha especulado sobre la posibilidad de que haya ido a la casa del exiliado salvadoreño Abel Cuenca, que era un sitio de peregrinaje para muchos revolucionarios, Dalton no paró allí. Desenchufado de la organización, se hospedó en una casa de la Colonia del Valle, en la calle Miguel Laurent. Esta desaparición también fue abonada a la cuenta de la desconfianza.

En este punto es necesario subrayar que el “proceso” contra Dalton se produjo en medio de una división, que ya era un hecho, dentro del ERP. A principios de 1975, un sector de dicha organización (que luego sería conocido como la Resistencia Nacional, RN) tenía montada una estructura clandestina paralela, la cual, en definitiva, les salvó la vida a Sancho y a Lil Milagro Ramírez (posteriormente, ella fue asesinada en cautiverio por la Guardia Nacional).

Un ex combatiente, al que llamaremos “T”, que vivió de cerca los hechos y que ha preferido mantener su testimonio en el anonimato, asegura que en ese momento en la organización guerrillera menudearon los trinquetes y las zancadillas recíprocas. En ese clima peligroso, dice, Dalton “jugó con las circunstancias” como “una mariposa revoloteando alrededor de una vela”, tomando partido al lado de una de las tendencias y escalando posiciones dentro del aparato clandestino. De ser así, las acusaciones contra Dalton no estaban dirigidas sólo contra su persona; también tenían la intención de aleccionar a la tendencia con la cual se había identificado. Se convirtió, pues, en una víctima propicia dentro de la pugna. No en la única, por cierto.

Los eventos relacionados con Dalton sin duda precipitaron la inevitable división del ERP. Cuando el asesinato era inminente, Sancho toma la decisión de consumar la separación y salvar su propia vida. En los últimos días de abril, Sancho y Lil Milagro hablan con Dalton y le proponen la fuga. Entonces ocurre un hecho trascendental: “Roque no acepta… dice que confía en los compañeros”. Sancho recuerda: “Desde ese momento perdimos su voz, su semblante de preocupación, cierta sonrisa de aflicción, de incredulidad de lo que ocurre”.

No volverían a verlo. El 1 de mayo, Sancho y Lil Milagro se desenchufan del ERP y se refugian en su retaguardia secreta. La historia de ese período de venganzas está todavía por contarse. En lo que respecta a Dalton, según Sancho, en una fecha no precisada fue sacado por sus captores de la casa de la colonia Málaga, próxima al barrio Santa Anita, y llevado hacia otro lugar donde, el 10 de mayo, lo mata “de sorpresa” una “unidad militar”.

¿Quiénes decidieron sobre la suerte de Dalton? Según Sancho, la decisión estuvo entre cuatro personas. Tres de ellas —Alejandro Rivas Mira, Vladimir Rogel y Joaquín Villalobos— se decidieron por darle muerte. Sancho, como se ha dicho, se opuso. La versión de Villalobos, reproducida en una entrevista con Juan José Dalton, el segundo de los tres hijos del poeta, publicada en Excélsior de México en 1992, es ligeramente distinta: asegura que fueron seis hombres, incluido él mismo, los que decidieron matarlo: Rivas Mira, Jorge Meléndez, Vladimir Rogel, Jorge Alberto Sandoval y Mateo (aunque Villalobos no lo recordó en la entrevista, su nombre era Mario Vigil, un estudiante de Artes).

Lo que sigue es parte de la historia conocida: su cuerpo fue llevado hasta la zona de lava del volcán, en Quezaltepeque, al norte de la capital, un botadero de cadáveres de opositores a los militares salvadoreños. Los restos de Dalton nunca aparecieron. Aparentemente, fue devorado por perros y aves de rapiña. Para “T”, esa historia es otro embuste: le parece ridículo que un grupo de “aspirantes a guerrilleros urbanos, más asustados que valientes”, atravesara la ciudad con un cadáver. “T” escuchó que Dalton fue llevado a una casa rodeada de fincas en los alrededores de Montserrat, bastante cerca de Santa Anita, donde fue muerto y sepultado.

Ésos son los hechos en trazos gruesos, pero el conjunto de la historia sigue en secreto y probablemente seguirá así por largo tiempo. Con todo, nada hay que contradiga que el “juicio” contra Dalton fue una decisión tomada con los procedimientos imperantes en la carnicería de Tony Soprano.

¿Quién asesinó a Dalton? Los testigos directos de aquel crimen siguen fieles a un pacto de silencio. En los últimos años, la familia de Dalton ha señalado repetidamente a Villalobos como autor material del crimen. La acusación se basa en una conversación sostenida en La Habana, en 1979, entre la familia del poeta y disidentes del ERP, entre ellos Eduardo Sancho. De acuerdo con el testimonio de Juan José Dalton, en aquella oportunidad se les reveló que “Villalobos había sido el encargado de disparar contra mi padre”. Años más tarde, Sancho exoneró públicamente a Villalobos y cargó con la responsabilidad única a Rivas Mira.

Contra lo que muchos profetizaron en el ya remoto año 1975, el ERP, con el cadáver de Dalton a cuestas, llegó a convertirse en una poderosa organización. A lo largo de la guerra civil salvadoreña, los reproches contra su dirigencia provinieron casi exclusivamente de escritores y artistas. El ERP tuvo ocasión de revisar su conducta en el caso Dalton. Como resultado, emitió un documento que, entre otras cosas, decía: “Convirtiendo a Dalton en un ‘revolucionario’ de ‘grandes cualidades’, faltando a la verdad sobre su papel en el proceso revolucionario salvadoreño y sublimando su efímera militancia; [los escritores y artistas] piensan colocarse ellos como sector a través de la bandera de Dalton, poeta y escritor, ya que es esto lo que vuelve importante su muerte y lo convierte en el héroe cuando la verdad es que fue víctima y hechor de su propia muerte”. Aunque su atrabiliaria sintaxis no lo recomendaría, debo reproducir un párrafo clave: “La ejecución de Dalton fue un error políticoideológico, ningún pequeñoburgués aventurero merece ser muerto sólo por el hecho de serlo”. El empeño de los escritores e intelectuales por dibujar a Dalton como un héroe guerrillero no puede entenderse fuera de este contexto.

Las paradojas no terminan allí: el ERP contó entre su militancia al distinguido poeta Roberto Armijo, miembro de la generación de Dalton; en París, durante la guerra, Armijo tuvo ascendencia entre políticos, escritores e intelectuales latinoamericanos y europeos; su dirigencia también gozó de simpatía en las oficinas del Ministerio del Interior cubano, que, junto con el aparato cultural, constituían “el vínculo más importante entre la Revolución Cubana y la izquierda latinoamericana”. Era un secreto a voces que los cubanos “favorecieron casi sistemáticamente al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en buena parte por el encandilamiento de Fidel con [su principal dirigente] Joaquín Villalobos”. Parece que el crimen de Dalton —para decirlo con un tópico— fue sólo el resultado de las contradicciones en el seno del pueblo. El reconocimiento cubano para Dalton provino de otra esfera: la cultural, donde su muerte le devolvió la honorabilidad. La confusa información en torno al asesinato de Dalton sólo se volvió “oficial” cuando Casa de las Américas la dio por cierta y comenzaron las actividades de duelo en su honor. Los conflictos ideológicos y políticos de Dalton con Casa de las Américas pasaron a ser una historia inconveniente, no tanto para el prestigio del ícono como para el de sus patrocinadores.

Lo peor es tener sólo enemigos.
No. Lo peor es tener sólo amigos…

Mirando en retrospectiva sus desavenencias con su propio partido, los acontecimientos de 1970 en La Habana, y su encuentro fatal con el ERP, la construcción romántica obligaría a la conclusión de que esos incidentes fueron resultados de su espíritu crítico y antisolemne. Ese Dalton es verdadero, pero no es completo. No creo faltar a la verdad si subrayo que Dalton también fue capaz de actitudes solemnes y hasta reprobables. Tenía habilidad no sólo para el sarcasmo. Una parte de su poemario Los testimonios, de 1964, está dedicada “A mi Partido”, un homenaje que parece más cerca de la zalamería que del fervor revolucionario. En ese mismo libro, al lado de los héroes históricos sacrificados, aparece Cayetano Carpio, a la sazón Secretario General de su partido. Al leer su poema “La marcha” es inevitable sentir pena ajena por el tono con el que describe, si bien disimuladamente, al presidente cubano. A Fidel le dedicó también Un libro rojo para Lenin (“el primer leninista de América…”, etc.). Es imposible no recordar a otro gran poeta, el nicaragüense Salomón de la Selva, intentando seducir al presidente mexicano Miguel Alemán. Uno no puede dedicarles poemas a sus jefes sin un poco de desvergüenza.

Casi diez años después del asesinato de Dalton, Carpio resultó señalado como parte intelectual del repugnante crimen en Managua de Mélida Anaya Montes, la segunda al mando de su organización. Las FPL y la dirigencia del FSLN culparon del asesinato… a la CIA. Muy pronto, las pesquisas del aparato de seguridad cubanonicaragüense develaron que más bien era resultado de una lucha intestina. En aquella ocasión, los cubanos prácticamente sacaron de un cajón una pistola que le había regalado Omar Torrijos y se la dieron a Carpio para que se suicidara. Pocos años después, en otra de esas nuevas historias prohibidas, la paranoica dirección de las FPL, con el concurso de uno de sus comandantes de campo, eliminó a decenas de sus combatientes y bases de apoyo, a quienes acusó de trabajar para el enemigo. Sus dirigentes nunca han reconocido ni dado muestras de arrepentimiento por ese “error”. La Revolución que buscaba eliminar las causas que hacen a los hombres injustos, ha utilizado, una y otra vez, los mismos medios de los opresores.

La posibilidad de que un buen día un matón se convierta en un miembro prominente de la sociedad es sólo concebible en el terreno de lo político. Algo como esto hemos presenciado, atónitos, en la realidad salvadoreña de postguerra. Es posible, entonces, que la fuerza del mito de Dalton esté asociada a la necesidad de contar con una élite moral que se enfrente al relativismo predicado por la política cotidiana. Siendo Dalton parte de esa élite, los albañiles de su prestigio, desde quienes lo presentan como un guerrillero ejemplar hasta quienes lo retratan como un ser pintoresco, hemos banalizado sus zonas oscuras y exaltado las virtudes que demandó un momento: el de la lucha revolucionaria. Se trata, sin embargo, de un esfuerzo que pone a Dalton a pelear en desventaja: no tiene ni la astucia ni el pragmatismo del político, como tampoco el ardor y la disciplina del soldado. El del poeta era, aunque al decirlo despierte suspicacias, un corazón aventurero.

Una lectura del siglo XXI de la obra de Dalton exige un abrelatas y no sólo las candorosas interpretaciones construidas bajo el impacto de su martirio. Para desentrañar la historia de su muerte se requiere de una máscara antigás, como la que él mismo propuso para ingresar en los palacios de la Iglesia; antes de lo cual había escrito: “La única organización pura que va quedando en el mundo de los hombres es la guerrilla”, algo que dicho por él ahora suena como una macabra tomadura de pelo.

Pocas literaturas pueden darse el lujo de tener un mito como éste. Dalton es el tipo de personajes que trastornan la idea misma que un país y una cultura tienen de sí mismos, y ayuda a construir otra, que engrasa los tránsitos de la imaginación y la conciencia hacia nuevos momentos. Por su actitud sacrificial y su peso simbólico, por la condensación de estupidez y de fatalidades que se arremolinaron en torno a él, Dalton es un Orfeo del siglo XX que bajó (para no regresar) a los infiernos de una ética trastornada. Es, para usar una expresión de Brodsky, exponente de una poesía de “alta velocidad y nervios expuestos”. De una velocidad aterradora, sí, como lo testimonian su vida y su muerte.

 

San Salvador, 
diciembre del 2002.

 

Artículo tomado de la revista argentina El Puercoespín

(Aquí, publicación de este artículo en El Malpensante)

para-la-paz Poema de Roque Dalton escrito en sus años juveniles y dedicado a todos los que aman la paz en El Salvador

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