Creado en 12 Febrero 2013
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 Roque Dalton trabajó para la revista cubana "Casa de las Américas" hasta 1970.

SAN SALVADOR-Carta de Roque Dalton a sus compañeros del Partido Comunista cubano, donde les explica las razones de su renuncia a la revista “Casa de las Américas”.

Dalton estuvo en esta revista desde 1965 como colaborador ocasional, hasta convertirse en parte del equipo de “Casa de las Américas”. En 1970, por las razones que ilustra en la carta siguiente, renuncia a la revista cubana.

 

Carta:

La Habana, 7 de agosto de 1970
Año de los Diez Millones

Compañeros de la Dirección
del Partido Comunista de Cuba
Presente

 

Queridos compañeros:

Por medio del compañero N. se me ha solicitado la siguiente información para ser elevada al conocimiento de ustedes. Se trata de una información sobre los hechos y motivaciones que condujeron a la presentación de mi renuncia como trabajador de Casa de las Américas y como miembro del Comité de Colaboración de la revista Casa.

 

Dada la complejidad de la materia cultural con que estos hechos tienen relación, trataré de hacer un informe sumamente amplio, comenzando por historiar mis relaciones con Casa de las Américas. Creo que en un asunto en el que se mezclan problemas ideológicos, de procedimiento, de estilo de trabajo, etc., con problemas personales, visiones subjetivas, etc., cierta minuciosidad en los detalles puede ayudar a una mejor comprensión.

Desearía hacer antes de entrar en materia las siguientes aclaraciones:

a) En las siguientes líneas expondré absolutamente mi criterio personal. Ello quiere decir que mis opiniones no comprometen en manera alguna a la organización revolucionaria a que pertenezco, la cual no tiene opinión formada sobre los hechos que expondré. También ello quiere decir que ésta es una visión necesariamente parcial de los hechos, a pesar de que pondré todo mi esfuerzo por lograr la mayor objetividad que me sea posible en la exposición. De mi exposición se desprende la existencia de otras versiones.

b) Trataré de evitar en lo posible el análisis de los hechos, así como las interpretaciones políticas o ideológicas de los mismos, limitándome —salvo en algunos momentos en que sea indispensable dar una opinión— a exponerlos.

 

c) Deseo dejar constancia de mi criterio acerca de que gran parte de los problemas que plantearé han sido originados en la práctica acefalia en que quedó Casa de las Américas ante la integración de la compañera Haydée a los trabajos de la zafra. Aunque pueda sonar a una especie de atrevimiento, yo quisiera excluir a la compañera Haydée, explícitamente, de los alcances, las motivaciones y demás problemas concomitantes a mi renuncia, y dejar expresado aquí mi respeto, mi simpatía, mi confianza y mi agradecimiento revolucionarios para ella. Lo cual no excluye, por mi parte, desde luego, la posibilidad de examinar con ella cualquier resultante de la situación planteada.

 

Mis relaciones con Casa de las Américas datan de 1962. En el Concurso de ese año, mi libro “El Turno del Ofendido”, fue mencionado y publicado luego por la casa. En aquella época publiqué también en las colecciones de la Casa, un cuaderno sobre Vallejo y dos monografías (El Salvador, México). Comencé a colaborar en la Revista, dirigí la colección de monografías Latinoamericanas y participé en las labores de la Casa en conferencias, discusiones, recitales, etc. En 1963 volví a mi paìs, del cual volví a salir en 1965 hacia Praga, a fin de representar a mi Partido en la REVISTA INTERNACIONAL. Estando en Praga recibí una carta del cro. Retamar en que me invitaba a formar parte del Comité de Colaboración de la Revista “Casa”. Yo tenía dudas pues consideraba que todos los otros miembros del Comité tenían un alto nivel literario, pero después de consultar a mi Partido y de las aseveraciones del propio Roberto en el sentido de que con su llegada a la Dirección de la Revista esta devendría en una publicación más política e ideológica,  aunque conservando su carácter cultural, acepté, aquella distinción. 

 

Bajo la Dirección del cro. Retamar, la Revista Casa fue pronto considerada una de las revistas político-culturales más importantes, sino la más importante, de América latina. Esta línea de trabajo fue ratificada en la Primera Reunión del Comité de Colaboración de la Revista (enero, 1967, ) y en la segunda (enero, 1969).
En toda esta etapa colaboré regularmente en la Revista y desempeñé diversas tareas relacionadas con la difusión de la Tarea de Casa en Europa, atención de invitados de Casa transeúntes por Praga (en colaboración con la Casa de la Cultura Cubana), etc.
En 1968, por razones conocidas por la Dirección del PC de Cuba, dejé la Revista Internacional y vine a Cuba temporalmente, después de haber recibido una importante invitación en este sentido del compañero Fidel Castro.

 

A causa de la prolongación de mi estancia en Cuba por motivos de fuerza mayor, conocidos por los órganos correspondientes de la Revolución, comencé a colaborar estrechamente con la Casa de nuevo, hasta que se me propuso formar parte de la misma como trabajador. Acepté y a la vez propuse una forma especial de integración, debido a mis condiciones de vida en Cuba, a mis obligaciones políticas y al volumen de mi trabajo como escritor. Se decidió que haría trabajos para diversas secciones de la Revista (independientemente de mis colaboraciones de fondo) y que me encargaría de ayudar al cro. Morales en la edición de la colección Cuadernos. Se aceptó asimismo que yo trabajara sin sujeción a horario y sin otros compromisos administrativos, sindicales, de movilización, etc. Posteriormente se me relevó de las obligaciones en la Revista para encargarme la confección de una Antología de la Poesía Latinoamericana, interrumpida por la disgregación del equipo original (Padilla, Romualdo, Lihn, etc.). En la nómina de trabajadores se me asignó un salario de 150 pesos mensuales. 

 

Cumplí con mis obligaciones con la producción agrícola de acuerdo con mis posibilidades. Por Casa estuve en la zafra cerca de dos semanas y por otros organismos un total similar. Salvo pocas excepciones no estuve en condiciones de asistir al trabajo agrícola dominical, pues debido a mis ocupaciones cotidianas he usado los fines de semana para trabajar en mis libros. Quiero aclarar que desde hace más o menos dos años la dirección de mi obra ha tomado un rumbo político directo, dejando de ser una típica “obra personal” y así, en ese lapso, he trabajado prioritariamente en los siguientes libros:

 

REVOLUCIÓN EN LA REVOLUCIÓN Y LA CRÍTICA DE DERECHA. Ensayos sobre Debray, ya publicado por Casa, junio 70, 204  pag.

 

MIGUEL MÁRMOL, EL COMUNISTA QUE SOBREVIVIÓ. Testimonio, a partir de una vida personal, de la historia del movimiento obrero y del PC de El Salvador, principalmente en torno y a partir de la insurrección campesina de 1932, con ensayo introductorio y documentos. Este libro aún está en elaboración a causa de su volumen: tengo ya en versión definitiva más de 600 páginas, pero falta copiar unas 300 o 400 más.

PROFESIÓN DE SED. Colección de ensayos políticos que reúne, actualizados, los trabajos que publiqué en la Revista Internacional (el movimiento estudiantil latinoamericanos, los católicos, la crisis de estructuras, etc); diversos trabajos sobre aspectos de la lucha armada continental (respuesta al “Epílogo al diario del Che” del PC salvadoreño; Guerra El Salvador-Honduras –aún en elaboración–; artículo de la Revista Cine Cubano, sobre la especificidad de la violencia indígena, etc); y artículos sobre literatura e intelectualidad: Vallejo, el Boom, la estética revolucionaria del tercer mundo, etc.

 

Este trabajo central y la elaboración simultánea y paulatina de mi obra literaria personal o sea: tres libros de poemas (Taberna y otros lugares, Premio Casa 1969, ya publicado; Un libro levemente odioso, inédito, 250 páginas, y Los hongos, inédito, en elaboración, 50 páginas); dos novelas (La historia secreta del Pulgarcito, 322 páginas escritas, aún en elaboración; Dalton y Cía, en temprana etapa de elaboración, apenas con un capítulo escrito: siendo la primera una historia de la violencia en El Salvador a través del ojo de los poetas y la segunda una biografía apócrifa de mi padre, ejemplificando la penetración del capital norteamericano en Centroamérica) y un testimonio carcelario personal, conforman el tipo de trabajo intelectual que desarrollo en la actualidad y que he venido desarrollando en los últimos dos años y que considero principal EN LAS CONDICIONES PERSONALES Y POLÍTICAS DE UN MILITANTE REVOLUCIONARIO QUE SÓLO TEMPORALMENTE RESIDE EN CUBA Y QUE DEBE PREPARAR DIVERSAS CONDICIONES PARA SU PARTICIPACIÓN FUTURA EN LA ACTIVIDAD CONCRETA EN AMÉRICA LATINA.

 
Esta actividad fue la que no me hizo posible una integración a tiempo completo en las labores de Casa. Sin embargo, esta integración parcial a Casa también colaboró para que yo pudiera rendir mi colaboración en diversas publicaciones cubanas: Bohemia, Revista Cuba, Tricontinental, Cine Cubano, Granma, Revista de la Universidad de Oriente, Unión, Taller, La Gaceta de Cuba, OCLAE, y en publicaciones latinoamericanas como Siempre, Punto Final, Marcha, etc., y mi colaboración con Prensa Latina (Servicios Especiales) y otros organismos culturales cubanos como Universidades, Escuelas de Arte (charlas, conversatorios, recitales, etc).
Además de estas labores, participé en las reuniones del Consejo de Colaboración de Casa de las Américas, en las reuniones previas y posteriores a la Mesa Redonda sobre “El intelectual y la sociedad”, de cuyo grupo formé parte, confeccioné prólogos para diversos libros publicados por Casa, participé en paneles, discusiones, etc.

 

A esta labor se podría agregar mi participación en la discusión, gestiones, entrevistas y demás actividades a que eventualmente dieran lugar los cambios ocurridos en la composición y diversas posiciones  del Comité de Colaboración de la Revista. Este es un hecho conocido, una especie de secreto a voces, sobre el que vale la pena detenerse.

 

De los catorce miembros del Comité original, hay que decir que seis, por lo menos (y exceptuando mi caso), han variado en sus posiciones o presentado puntos de vista conflictivos con los principios en que se había basado nuestro trabajo anterior o por lo menos discrepancias de fondo frente a lo que cree la mayoría del Comité acerca de la literatura y la revolución. El compañero Zalamea falleció. Carballo y Rama han interrumpido en la práctica su colaboración con la revista. Vargas Llosa ha chocado frontalmente con los criterios revolucionarios en el caso de Checoslovaquia o en el “caso Padilla”. Ha llegado a difundir en revistas anticomunistas rumores contra la Revolución Cubana (“Desnoes está preso”). Eso, sin hacer referencia a sus actitudes en torno al Premio Rómulo Gallegos y a la gesta del Che, de lo cual tiene amplia información y criterios válidos la dirección de Casa. Rama está hoy (como ha estado Mario Vargas) dando cátedras en universidades norteamericanas y puertorriqueñas. No tendría nada de insólito si no nos hubieran acompañado en atacar la colaboración con el imperialismo en el terreno cultural. Julio Cortázar, de cuya honestidad no dudo, también ha discrepado fuertemente en diversos niveles políticos, estéticos y de otra índole y puede decirse que con él hay en estos momentos un virtual “estado de discusión”. Si a esto se agrega el alejamiento del compañero Lisandro Otero por razones que, supongo, van más allá de sus excesivas ocupaciones, el panorama del Consejo de Colaboración dista mucho de ser el mismo de antes y necesitará desde luego de un examen especial por parte de la propia Casa a fin de restituirle su operatividad. 

Desde luego, me hago cargo de que mi renuncia agudiza relativamente este panorama, aunque mi dirección no es, por cierto, el rumbo que lleva a las revistas anticomunistas o a las universidades norteamericanas. No creo que el nivel de agudización que yo pueda haber aportado vaya más allá de ningún límite que no sea perfectamente manejable en un sentido positivo.


Hablaré ahora del Premio Casa 1970, en el marco del cual sobrevino mi renuncia.

Ya desde 1969 la compañera Haydée había anunciado en su discurso inauguratorio algunas innovaciones tendientes a hacer del Premio Casa un premio más acorde con la profundización de la Revolución Cubana y con las necesidades nuevas de la Revolución Latinoamericana. Como primera providencia, la compañera Haydée manifestó que para 1970 se intentaría integrar a los jurados con intelectuales latinoamericanos provenientes de Latinoamérica y con verdaderos europeos. Asimismo se amplió el premio al género de testimonio, para mejor recoger las vivencias latinoamericanas.

 

Cuando nos enfrentamos al trabajo preparatorio del Premio 70, el panorama cultural cubano —hablando en términos muy generales— estaba presidido por varias incidencias negativas o confusas. En primer lugar, la práctica postración de importantes instituciones culturales cubanas (UNEAC, Consejo Nacional de Cultura, la mayoría del frente teatral, musical, etc.), la persistencia de los efectos de problemas del pasado reciente como el “caso Padilla”, la inminencia de cambios en los más altos niveles de Educación y Cultura (salida del compañero Llanusa, etc.), la ola de rumores acerca de nuevas orientaciones en la política cultural del gobierno revolucionario, etc.

 

En lo exterior se perfilaba con mayor claridad lo que he llamado insistentemente “el cerco ideológico contra la Revolución Cubana” en el que participan, entre muchísimos otros personajes y organismos, intelectuales como K. S. Karol, Dumont, Hans Magnus Enzensberger, Teodoro Petkoff, Jorge Abelardo Ramos, etc., aprovechándose de problemas tan variados como los que van desde la zafra de los diez millones hasta los ataques de Douglas Bravo y Óscar Zamora, pasando por las posiciones cubanas frente a Checoslovaquia o el último premio que se tenga a la mano de la UNEAC.

 

A esas alturas, sin embargo, ya en Cuba se había incorporado al patrimonio político de la Revolución la ofensiva revolucionaria, Fidel había definido las posiciones internacionales de la Revolución y planteado los problemas internos en un impresionante conjunto de discursos (centenario de Lenin, discurso de los pescadores, análisis de la zafra) y una línea de masas (con el proletariado al frente) fue ratificada y planteada a niveles nuevos (como se comprobaría posteriormente con el discurso del 26 de julio y la comparecencia televisada del compañero Risque).

 

En ese contexto (y sobre todo cuando fue claro que el jurado que vendría y se integraría sería compuesto por una mayoría de personal altamente politizado —Vilar, Gunder Frank, Walsh, Galeano, Buenaventura, Escobar, Delgado, Prada Oropeza, don Carlos Quijano, Rufinelli, etc.— y por una minoría que se podría considerar como personal posiblemente conflictivo por tratarse de amigos con ideologías no definidamente revolucionarias —Cardenal, Skármeta, etc.—), se comenzó a preparar políticamente al conjunto del personal de Casa de las Américas y a los jurados cubanos y extranjeros residentes en Cuba. Era tan evidente la necesidad de elevar el nivel político del Premio que entre los jurados cubanos se anunció a personalidades revolucionarias tan definidas y sobresalientes, a cuadros ideológicos de tan alto valor como el propio canciller doctor Raúl Roa y el director del ICAIC, compañero Alfredo Guevara. Con dicho propósito se tuvo un amplio ciclo de reuniones sobre los principales problemas políticos de la actualidad que eventualmente pudieran ser objeto de discusión con los jurados: los libros de Karol, Dumont, etc., el artículo de Enzensberger contra el Partido Cubano, los discursos de Fidel, la situación religiosa en Cuba, Cuba y la lucha armada latinoamericana, el significado y alcances de nuestra “mesa redonda” sobre la intelectualidad, etc., etc. Durante varias semanas se trabajó en reuniones de varias horas, dirigidas por compañeros que habían preparado largamente sus materiales. Inclusive compañeros de otros organismos como el mismo compañero Guevara o el compañero René Depestre dieron su aporte de análisis a aquella labor.

 

En lo personal yo sentía que todo aquel trabajo era muy positivo y significaba un paso más en la tarea de poner a Casa de las Américas al nivel de las nuevas necesidades de Cuba y América Latina, ya reflejadas en los diversos materiales que había venido publicando la revista (en particular la “mesa redonda”) y que todos veíamos como el reflejo de la profundización política del pueblo cubano a partir de la ofensiva revolucionaria (más revolución) y de los revolucionarios latinoamericanos a partir de la epopeya del Che. Lo cual desde luego no debe confundirse con sectarización alguna, extremismo, ultraizquierdismo cerril, que sería multiplicadamente negativo en el caso de un organismo como Casa por la materia que trabaja y por los sectores sociales a los que principalmente se dirige en el ámbito continental.

 

Las características altamente políticas del jurado que se esperaba, se acentuaron aún más al retirársele la invitación que se había hecho al poeta chileno Nicanor Parra (a causa de su nada casual encuentro con la señora Nixon), al no estar en condiciones de responder a la invitación personalidades como Juan Carlos Onetti o Geraldine Chaplin.

 

En definitiva, el jurado que se integró podría desglosarse así:
a) Representación peruana. Encabezada por el vicerrector de la Universidad de San Marcos de Lima, una verdadera autoridad en materia de crítica literaria y en los problemas de la reforma educativa en su país. No es necesario subrayar demasiado la importancia de este grupo peruano en el marco de las actuales condiciones de aquel país y de la política cubana con respecto a aquella zona.

 

b) Grupo de los ensayistas políticos. Compañero Carlos Quijano, compañero Sergio Vilar (del PC de España), compañero André Gunder Frank, conocido teórico de los problemas del subdesarrollo y la dependencia en América Latina (por cierto una de las influencias teóricotécnicas mayores entre los jóvenes sociólogos, investigadores de ciencias políticas y filósofos jóvenes cubanos); profesor Ricardo Pozas, antropólogo social de México (actualmente prepara un libro sobre “El indio en las clases sociales latinoamericanas”), experto en cooperativas rurales, etc.

 

c) Grupo del periódico uruguayo Marcha. El mismo compañero Quijano, que es su director, y los compañeros Rufinelli, Gerardo Fernández, Eduardo Galeano. Como se sabe, Marcha es uno de los periódicos más importantes de la izquierda latinoamericana.

d) Grupo de los periodistas escritores militantes, Rodolfo Walsh (peronismo de izquierda, cgt argentina), Eduardo Galeano (reportajes en China, en la guerrilla guatemalteca, etc.).

 

e) Grupo de los escritores de izquierda. Identificados con las posiciones de la Revolución pero exclusivamente desde su obra. Buenaventura, Prada Oropeza, Laurette Sejourné.


f) Grupo de los escritores no militantes, de posición ambigua, etc. Ernesto Cardenal, Antonio Skármeta, Norman Briski, Marta Lynch, Alejandro Galindo, etc.

 

g) Grupo de los extranjeros residentes en Cuba. Margaret Randall, Óscar Collazos y yo.

 

h) Grupo cubano. Doctor Roa, compañero Guevara, Cintio Vitier, Raquel Revuelta, Sergio Chaple, 


Ambrosio Fornet. Por sus ocupaciones diversas, por motivos de salud, etc., los compañeros Roa, Guevara y Raquel Revuelta no se integraron al trabajo cotidiano con los jurados extranjeros.

 

Creo que no hace falta insistir en que la composición del grupo ameritaba una política de relaciones sumamente balanceada y sincronizada, que incluyera incluso prioridades de trato especializado, etc. Esto se hace particularmente evidente en el caso del grupo peruano y en el caso del grupo “posiblemente conflictivo” por su posición ambigua.

Unos días antes de la llegada de los jurados yo fui llamado a Casa de las Américas y el compañero Roberto Fernández Retamar me comunicó oficialmente mi designación para integrar el jurado de poesía, agregándome que se trataba de uno de los jurados que podría tener algún problema por el hecho de la presencia de Cardenal, su integración al seno de un grupo donde había otro poeta católico, revolucionario y todo, pero no marxista, y donde iba a estar también Washington Delgado, de cuyas posiciones no se conocía apenas nada. Agregó Roberto que en esas circunstancias Casa de las Américas contaba conmigo como “el hombre de confianza” en el seno del jurado de poesía. Después se le comunicó su designación a Margaret Randall, en mi presencia, y se le habló en la misma forma. Margaret y yo acordamos coordinar frente a cualquier problema y hacer un trabajo que garantizara un resultado óptimo. 

 

En lo que atañe al género de poesía específicamente, Margaret y yo cumplimos a cabalidad nuestra tarea, llevando a buen término la misma —en estrecha y cotidiana colaboración— con la premiación de un libro de alto valor estético y revolucionario. Sería muy largo y compendioso detallar sobre esta labor.
La compañera Haydée inauguró oficialmente el Premio 70 con un discurso en que puso énfasis en la necesidad de hacer el Premio Casa “aún más revolucionario”, de convertirlo en el premio más revolucionario del mundo, e hizo diversas proposiciones: que los jurados estrecharan sus vínculos con la Revolución en contacto directo con la realidad, que en el futuro el Premio se instalara fuera de La Habana, en el campo; pidió sugerencias para cambios en la estructura del Premio, etc. Después de informar al jurado de que había tenido una ausencia prolongada de Casa, por las labores de zafra, la compañera Haydée marcó en su discurso una pauta que era una continuación positiva del proceso de revolucionarización constante del Premio que se ha pretendido.

 

La primera etapa del concurso estuvo marcada por la labor de los jurados en la lectura de las obras, por una programación recreativa y de visitas y por el desarrollo de un ciclo de conferencias a cargo de los visitantes. Las conferencias significaron, en general, un notable retroceso en lo ideológico y político, tanto con respecto al nivel de conclusiones frente a los problemas político culturales que se han discutido en Cuba y Latinoamérica en los últimos años, como frente al nivel del público que asistió a ellas. Salvo escasas oportunidades no se logró sustanciar una discusión de fondo frente a puntos de vista, incluso reaccionarios, que fueron planteados por los conferenciantes. En alguna ocasión se cortó la discusión arbitrariamente. Recuerdo aún el caso de la conferencia de Skármeta cuya visión excluyente de los poetas revolucionarios chilenos del cuerpo de la exposición, la encendida y —dadas las circunstancias— cuasi provocadora apología de Nicanor Parra y la exaltación de una visión pequeñoburguesa y “exaltante a contrario sensu” del Che fue uno de los colmos en este sentido. No quisiera tampoco omitir la posición del padre Cardenal al colocar en la extrema izquierda de Nicaragua a representantes tan notables de la reacción centroamericana como Pablo Antonio Cuadra, José Coronel, etc., magníficos poetas, por otra parte. Los comentarios críticos del público fueron casi unánimes en las conferencias a las que asistí, con excepciones en el caso de Buenaventura, quien, aunque planteó puntos de vista ya superados por nosotros (“el artista debe ser revolucionario en su obra”, etc.), tuvo un nivel serio y atendible.

 

La crítica entre los círculos en que yo me muevo fuera de Casa de las Américas (los de los militantes revolucionarios latinoamericanos que residen temporalmente en Cuba) era aún más fuerte. Desde entonces me vi precisado a entrar en discusiones, explicaciones, defensas, inclusive, lo confieso, con respecto a realidades que no me convencían ya, por razones de “espíritu de Casa”, lo cual era ya, objetivamente, un nivel de conflicto. Pronto comenzaron a surgir inquietudes en el seno de los jurados por tomar el contacto más directo posible con la Revolución, con sus problemas y sus logros, pero no en museos simplemente o en visitas programadas a centros de trabajo urbanos, sino por medio de entrevistas con cuadros políticos, con la participación en las labores agrícolas y el contacto con obreros y campesinos. 
Después de unos días fuimos por una semana a Isla de Pinos para resolver en lo fundamental la labor de lectura de manuscritos. En la isla se hizo marginalmente un programa de visitas y paseos, fallidos o insuficientes en su mayoría, con alguna excepción positiva. Sin embargo, es verdad que el objetivo principal de la permanencia allí era el de leer los manuscritos en un hotel apartado. Este hecho sin embargo no pesó mucho en el ánimo de algunos jurados que comenzaron a insistir en mayor medida acerca de sus necesidades de ver y comprender Cuba. Esa insistencia fue muy marcada en los jurados Ernesto Cardenal, Sergio Vilar, doctor Escobar (éste solicitaba sobre todo información estadística educativa, visitas a planteles educativos sobre todo en la isla, etc.) y en otro tono, menos marcado, en la generalidad del jurado. De estas inquietudes yo comencé a informar a los compañeros de Casa de las Américas y del icap; al doctor Galich, a Eddy López, a Chiqui Salsamendi, a Silvia Gil, a los guías del [ilegible], etc.

 

Antes de continuar quiero hacer dos aclaraciones. 1) Por razones de amistad personal con algunos jurados (como en el caso de Washington Delgado, a quien conozco desde 1957, o de Sergio Vilar, a quien conocí en Europa, etc.), a causa de afinidades nacionalgeográficas con otros (Cardenal, etc.) o a causa de que intimamos mucho con los demás allá (Galindo, Pozas, Galeano, Gerardo Fernández, etc.), lo cierto es que sobre mí confluían las quejas confidenciales, las sugerencias, las dudas, en forma por lo demás presionante, de manera que yo me sentía entre varios fuegos, ya que por más que elevaba las informaciones al personal de Casa, las cosas no eran explicadas ni tampoco cambiaban. Esto me obligaba a dar cada día cien explicaciones un poco en el aire por cuanto que eran explicaciones que yo no había recibido. 2) Estoy consciente de las dificultades por las que atraviesa Cuba en estos momentos (políticas, económicas, organizativas, etc.) y estoy claro acerca de la característica de la etapa por la que el país pasaba durante las labores del jurado, o sea: fin de zafra, carnavales, desmovilización del personal en diversas zonas del país, dificultades de transporte, alojamientos, etc., y conozco las limitaciones de un organismo como Casa que no puede simplemente hacer todo lo que se le ocurra a un grupo de jurados ávidos. Incluso yo no reclamé ni reclamo en el sentido de que Casa debió satisfacer las peticiones en niveles que no era posible solucionar. Todas estas explicaciones las daba yo a los compañeros jurados frente a sus críticas y preocupaciones, pero el problema estribaba en que estas explicaciones no se daban a nivel de organismo, ni a los jurados ni a quienes, como yo, transmitíamos las inquietudes. Lo cual fue la causa de tensiones innecesarias y comenzó a dar base, en mi caso personal, a un verdadero desconcierto. 
Así las cosas, regresamos a La Habana. Como los miembros del jurado de poesía habíamos terminado nuestro trabajo por haber llegado tempranamente a un acuerdo sobre el premio y como yo tenía bastante trabajo atrasado decidí no participar en las restantes giras al interior, participando solamente en algunas de las actividades a efectuarse en La Habana. El grupo de los jurados extranjeros partió hacia Pinar del Río, en cuyo recorrido invirtieron unos días.

 

Al regresar de Pinar del Río, la protesta era aún más generalizada y en los casos especiales que ya he citado el ánimo llegaba casi a la exasperación. Walsh y Gerardo Fernández me dijeron que solamente el último día había podido ser aprovechado en firme al visitar una granja. Vilar me dijo que era deplorable que él hubiera venido a hacer turismo con la cantidad de cosas que quería él ver o discutir o conversar. Galeano, otros compañeros y compañeras planteaban en tonos discretos: menos turismo, más contactos políticos. Gunder Frank hacía planteamientos similares en forma dura y directa. Con Cardenal, la cosa fue más lejos aún. Desde el principio, por mi medio y por todos los medios había planteado que lo que más le interesaba era contactos con los campesinos, ya que él trabajando en la ruralidad nicaragüense no podía volver contando de Varadero o del 1830. Se le había dicho que en Pinar del Río visitaría granjas, pequeños campesinos, etc. Al regresar me dijo que había tenido contacto con un campesino cubano y eso que subrepticiamente, cuando con Gunder Frank decidieron no asistir a una excursión turística y se quedaron en el hotel y al marcharse todo el mundo salieron a caminar por los alrededores y fueron a charlar con el primer habitante de bohío que encontraron. 

 

El mismo día de su llegada Cardenal me pidió hablar en privado y entonces me llegó a decir que él estaba convenciéndose de que le estaban ocultando la Revolución de manera consciente y que una de dos, o consideraban que él era un reaccionario o en Casa de las Américas trabajaban personas que estaban saboteando la labor. No hay que decir que me alarmé sumamente, pero traté de restarle importancia a las aparentes aprehensiones de Cardenal, le dije que por qué razón se le iban a ocultar los éxitos revolucionarios cuando no se le impedía que lo visitara y hablara con él cuanto gusano quisiera venir a informarle de todo lo malo, real o inventado (como estaba pasando y a lo cual me referiré en adelante). Rechacé su acusación contra Casa y le dije de nuevo lo de la época difícil, lo del fin de la zafra, lo de los carnavales, etc., aunque tuve que aceptar que también había problemas burocráticos.

 

Desde luego, estas actitudes de Cardenal no las tomaba yo sin reservas. Esas reservas existieron siempre en mí. Independientemente de conceder un crédito de honestidad a una persona mientras no se pruebe lo contrario, Margaret Randall recordará que ya desde la Isla de Pinos, al planificar las formas de la discusión para el premio, partíamos de varias hipótesis, sin descartar las más extremas sobre Cardenal: Cardenal sacerdote honesto, Cardenal místico desaforado, Cardenal reaccionario embozado, Cardenal agente de la CIA, etc.

A estas alturas, la delegación peruana había partido ya, sin pena ni gloria. Escobar y Washington Delgado me dijeron al despedirse que había sido una lástima venir a Cuba como jurados y que querían volver para ver de verdad la Revolución.

 

Antes de continuar con otros problemas, quisiera detenerme un poco en el caso de Ernesto Cardenal. Cardenal es sin duda una figura social muy importante en Nicaragua y en Centroamérica. En su llegada a Cuba estuvieron muy interesados los compañeros del Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua, que contactaron conmigo para plantearme las posibilidades de hacer algún trabajo con él, tener entrevistas, etc. Esto lo planteé al compañero de Relaciones Exteriores de Casa, Luis Lazo, para que entre ambos pudiéramos formarnos un criterio previo sobre Cardenal y así poder aconsejar a los compañeros del FSLN. En esto trabajamos con el compañero Lazo, pero al final, después de los hechos que relataré, no me pareció conveniente que el contacto se realizara. A mí se me recomendó en Casa que, como centroamericano, me acercara mucho a Cardenal. Efectivamente, cuando éste llegó, bien pronto intimamos y para mí fue relativamente fácil hacerme una idea aproximada de su compleja personalidad, de sus intereses posibles, de sus limitaciones, etc. Fue tal la confianza que mostrara conmigo Cardenal en los primeros momentos, que el compañero Benedetti (después de que Cardenal había cenado en casa de Pablo Armando Fernández con Heberto Padilla y otros escritores cubanos que hicieron las consabidas acusaciones contra Casa, Benedetti, etc.) me sugirió la posibilidad de que por mi medio se diera a Cardenal una amplia visión de la problemática cultural cubana de la actualidad (a partir del “caso Padilla”, etc.). 

 

La primera impresión que tuve de Cardenal la pasé a Casa por medio de Fernández Retamar, Lazo, compañera Mariana, Chiqui Salsamendi, etc., etc. Podría resumirse así: Cardenal políticamente, una de dos: o un místico idealista, informalista, semejante a los primeros cristianos (y si es así hay que tratarlo con cuidado porque los errores involuntarios de los místicos suelen ser embrollantes) o un político sumamente hábil, sutil hasta el extremo, que —ésta fue mi expresión— “navega con bandera de bobo”. En todo caso una personalidad compleja y un caso complejo. Discrepé con Cardenal frente a sus concepciones pacifistas en lo tocante a la Revolución Latinoamericana. Y tampoco estuve de acuerdo en deponer los principios de nuestra ideología frente al encanto poético, al misticismo, al idealismo en suma que Ernesto colocó (a la par de expresiones revolucionarias) frente a los nutridos auditorios juveniles que lo escucharon. Creo que había formas adecuadas de respuesta y de diálogo público con él, que no dejaran las posiciones verdaderamente revolucionarias en apariencia de ser groseras ideas materialistas comparadas con la voz del profeta.

 

Un día llegó para Cardenal un telegrama del arzobispo nicaragüense instándole a intervenir frente al Gobierno Revolucionario en favor del preso político nicaragüense y agente de la CIA, Chester Lacayo. Cardenal contestó que así lo haría y le pidió al arzobispo que a su vez se interesara por la suerte de los presos del FSLN en las cárceles somocistas. Estos mensajes se publicaron en la prensa internacional. Cuando Cardenal me contó esto, yo pensé: “Éste es el inicio de una operación de canje. Detrás del arzobispo de Nicaragua está la CIA. ¿Cuál es el papel de Cardenal en esto? ¿Consciente o inconsciente?”. Ese día, y después de informar los hechos a los compañeros del FSLN, fui a casa de Roberto Fernández Retamar, que por sus ocupaciones universitarias no estuvo participando en las actividades del Premio como en otros años, y le planteé mis dudas, pidiéndole una opinión al respecto. Roberto me dijo que se consideraba que Ernesto es un buen compañero, que la respuesta al cable era políticamente muy buena y que inclusive Seguridad había ofrecido un informe sobre Lacayo, para que se le pasara a Cardenal. Esto me tranquilizó en el sentido de que si había un problema de seguridad, éste ya estaba en manos de quien correspondía y nuestras obligaciones seguían limitándose al trabajo normal con Cardenal como invitado de Casa. De manera que el trato debería ser con él inclusive más cuidadoso. Porque inclusive las explicaciones de Roberto no borraban del todo las posibilidades de que hubiera en todo esto un gato conscientemente encerrado.

 

Las críticas de Cardenal frente al “turismo apolítico” siguieron subiendo de tono. Una gran parte de las mismas me las comunicaba a mí, y yo las hacía llegar a Casa a través del primer funcionario que se pusiera a mi alcance. Había otras peticiones de Cardenal de las que no me enteré sino hasta después de que él salió y que más bien emitió en los círculos católicos de La Habana, a los cuales yo no le acompañé en ninguna ocasión. Se referían a la posibilidad de ver a unos seminaristas en Isla de Pinos, visitar una cárcel reeducativa, etc., que eran peticiones desde luego nada normales. Pero había otro problema en el caso de Cardenal. Inmediatamente cayeron sobre él todos los “intelectuales discrepantes” de La Habana, todos los resentidos, y un buen grupo de gusanos, embozados o no. Esto deparó que Cardenal comenzara a plantear (a mí y a otros compañeros) ya no sólo problemas de la programación inconveniente, sino asuntos concretos tales como: “Ayer vino un joven poeta que se llama Joaquín Ordoquí y me contó la tragedia de sus padres. ¿Qué piensas tú de esto?”, “¿Es cierto que la película Z ha estado prohibida en Cuba durante meses por ser antisoviética?”, “¿Es cierto que se sigue persiguiendo a los homosexuales en organismos como el ICR y que a los muchachos de pelo largo se les manda a rapar ahí mismo, etc.?”, “¿No es verdad que hay un plan nacional para impedir que los niños católicos puedan tener acceso a la educación religiosa?”. Desde luego, todas estas preguntas tenían su respuesta y por lo que a mí concierne y de acuerdo con mis conocimientos y mis posibilidades las respuestas adecuadas solían darse. Pero ello daba un aspecto nada positivo. Y no es que yo diga que esto es culpa de Casa, ni que había que ponerle a la par a Cardenal un compañero para que le espantara los gusanos. No estoy en contra de que un extranjero vea que aquí hasta los gusanos dan sus opiniones sin temor. Pero ¿debe una organización revolucionaria que invita a un extranjero ver impasiblemente esta situación sin tratar de ofrecer las opiniones y los puntos de vista de los comunistas? Para mí el colmo fue cuando Cardenal me comenzó a contar una serie de hechos internos y confidenciales del Frente Sandinista de Nicaragua, de los cuales se estaba enterando aquí en La Habana. Yo pude verificar exactamente después qué persona le estaba pasando estas informaciones. Como se trataba de hechos sumamente graves, informé a los compañeros del FSLN y a Seguridad. Esta situación produjo en mí una gran inconformidad. Pues cualquiera que fuera el criterio final sobre Cardenal, lo que estaba pasando era no sólo absurdo sino políticamente muy negativo.

Pero el caso de Cardenal, repito, no era el único. Gunder Frank planteó inclusive en una reunión donde estuvieron presentes por Casa los compañeros Mariano, Fernández Retamar, Eddy López, yo mismo, etc., sus dudas y sus críticas, llegando a recordar que en alguna ocasión había dicho que “Casa de las Américas era una mierda porque no trabajaba en lo político seriamente”. Luego propuso ir al fondo de las posibles reformas al premio sobre la base de saber si efectivamente se quería y se podía hacer un Premio más revolucionario o no. Sin compartir las posiciones de Frank en todos sus niveles y comprendiendo que se trata de un compañero difícil, de concepciones “perfeccionistas”, que busca defectos hasta donde no los hay y que cae en ocasiones en ciertos “antis” que no comparto de ninguna manera, no cabe duda de que sus críticas y la forma agresiva de plantearlas deberían haber hecho pensar a los compañeros de Casa de las Américas que algo andaba realmente mal y que habría sido provechoso que se atendieran las inquietudes, que nos detuviéramos un momento a discutir los problemas. Nada de eso se hizo. ¿Las razones? Creo que conozco algunas. En general creo que en la actualidad, por la ausencia prolongada de la compañera Haydée, los criterios administrativos han llegado a predominar en la conducción de Casa. Pero éste es un problema interno del organismo que no me corresponde desarrollar. Simplemente lo anoto al pasar. Según me contaba la señora de Walsh antes de despedirse, Gunder Frank dejó sus críticas a Casa por escrito. Si ello es verdad, podría ser otro elemento de análisis.

 

Así las cosas, precisamente unos minutos después de que Cardenal había hablado sobre lo que le habían contado del Frente Sandinista, almorzamos juntos con el compañero Mario Benedetti. Ernesto insistió en sus críticas, en su deseo de ver campesinos, etc. y yo apoyé frente al compañero Benedetti las inquietudes de Cardenal. Dije que Cardenal tenía razón en lo que solicitaba y que había que darle respuestas claras y que no era correcta la forma en que se le estaba tratando, al grado de que en sus entrevistas estaba tomando contacto con un ochenta por ciento de personas desafectas a la Revolución y un veinte por ciento de revolucionarios. Me extrañó mucho la indignación del compañero Benedetti cuando me dijo que era sólo mi opinión, etc. Después el compañero Benedetti ha dicho que en esa ocasión yo le falté al respeto por no dejarlo hablar, que me porté de manera insolente y que fue incorrecto que planteara los problemas frente a Cardenal. Yo no estoy de acuerdo con la opinión de Mario. En primer lugar no creo haberle faltado al respeto. Si lo hice no fue esa mi intención, pero en todo caso habría bastado con pedirme explicaciones posteriormente para aclararlo todo: al fin y al cabo hemos sido buenos amigos, no somos señoritas de un colegio de monjas, y yo nunca he sentido por él otra cosa que no sea estimación por sus múltiples cualidades positivas. En segundo lugar no creo que, de acuerdo con las circunstancias que estaban planteadas, haya sido incorrecto plantear aquel nivel de problemas frente a Cardenal. Cardenal me los venía planteando a mí desde hacía varias semanas e inclusive yo tenía la idea de que él creía que simplemente yo no trasladaba sus quejas. Estas quejas se las había planteado además Cardenal a medio mundo, era todo del conocimiento público, no era ningún secreto. ¿Por qué no hablar entonces de ellas en voz alta? ¿O el error consistió no en plantear el problema ante Cardenal sino ante Benedetti, ya que en alguna manera éste quedaba entonces comprometido ante aquél? No lo sé. Lo cierto es que al día siguiente Benedetti me retiró hasta el saludo. Creo que el compañero Benedetti debe tener su punto de vista al respecto y no insisto en que el mío sea el definitivo, pero desde el primer momento yo vi así la situación y pasados ya bastantes días sigo viéndola igual. Pero es que, además, la crítica y las peticiones que hacía Cardenal eran justas objetivamente, independientemente de que se tuvieran sobre él criterios que no se me explicaron nunca y que por lo tanto no podía yo manejar.

 

Dos días después, en casa de un joven poeta cubano, se dio un cocktail para Cardenal. Fue la primera vez que vi a Cardenal en un círculo integrado en su totalidad por revolucionarios, fuera de Casa de las Américas. Fue asimismo una de las pocas ocasiones en que participó el compañero Retamar. En una parte yo lo abordé y le planteé lo que venía ocurriendo y mi inconformidad. Me sorprendí sumamente cuando vi que Roberto estaba sumamente indignado y me dijo que ya sabía que yo andaba hablando basura por todas partes (desde luego, la expresión fue otra). Hay que saber que a ambos nos ha unido la más estrecha amistad, una amistad de más de ocho años, sin la menor diferencia. Insistí en que se trataba de mis opiniones, etc. 
Luego nos enfrascamos en una conversación, que se interrumpía frecuentemente por el lugar en que nos encontrábamos, una discusión que en lo fundamental recayó sobre los mismos puntos que yo venía planteando. Hasta que hubo un momento en que Roberto me dijo algo que a mi modo de ver cerraba toda posibilidad de discusión y, a mi modo de ver, no me dejaba otra alternativa, incluso desde un punto de vista de principios, de retirarme del trabajo de Casa. Me dijo textualmente: “Roque, en último caso, somos nosotros quienes invitamos a los jurados extranjeros y somos nosotros los que sabemos qué hacer con ellos”. Partiendo de Roberto Fernández Retamar, esta expresión adquirió para mí un contenido verdaderamente serio pues no sólo se trata del compañero con el que yo he tratado directamente todos los problemas serios desde que me relacioné con Casa, del compañero por cuya opinión decisiva yo había ingresado al Consejo de la revista, del compañero al cual he otorgado siempre en el seno de Casa las más altas dotes de inteligencia, habilidad diplomática y discreción, sino que además se trata de mi mejor amigo cubano. Yo entendía que se trató de un criterio elaborado como respuesta ante mis críticas y creo que esto se ha comprobado con la forma en que luego fue manejada mi renuncia, las versiones que se dieron de la misma, etc. Deplorablemente, esa misma noche, cuando Roberto se retiraba, yo cometí el error de insultarlo, al decirle que él no tenía coraje para enfrentar los problemas. Desde luego, mi expresión fue también más fuerte. Debo decir que siento profundamente haber cometido ese error.

Después de este incidente dejé pasar aún un día sin tomar ninguna iniciativa. Al tercer día presenté por escrito mi renuncia a mi cargo en Casa y en el Consejo de la revista, en dos notas simplemente declarativas, en las que no constaban mis motivaciones. Yo creí que renunciar era lo mejor que podía hacer en vista de que la discusión de los problemas sólo habría traído disgustos y malos momentos en el interior de Casa y sólo habría empeorado las cosas. La renuncia fue de hecho aceptada inmediatamente, el compañero Retamar hizo retirar mi nombre de la lista del Comité antes de dos horas después de leer mi nota.  La renuncia a mi cargo en Casa fue enviada a la compañera Haydée. Hasta este momento no tengo nada que objetar, el procedimiento era correcto, eso era lo que correspondía hacer, para eso renuncié. Pero posteriormente, en el seno de Casa de las Américas, en forma que ha trascendido públicamente en los medios culturales, se han dado de mi renuncia diversas interpretaciones que trascienden el alcance de mi decisión y que podrían ser fuente de nuevos problemas. 

 

Primeramente se tomó la renuncia como una medida destinada a presionar, a causar daño a Casa o a lograr quién sabe qué fin diverso. Yo renuncié de Casa, repito, porque se me dijo en otras palabras que no siguiera metiéndome en asuntos que no eran de mi incumbencia. Y no renuncié por otro objetivo que no fuera el de quedarme al margen de una responsabilidad que yo había tratado de cubrir con fervor y que de pronto se me había dicho que no me incumbía. Confieso, eso sí, que presenté mi renuncia sin dar las explicaciones, los motivos, etc. en el texto de la misma, con la creencia de que esas explicaciones se me pedirían expresamente. Eso no sucedió y no me toca a mí juzgar las razones, aunque conozco el caso de otros miembros del Comité que antes han puesto a la disposición de la dirección de la revista sus respectivas dimisiones y ante la sola idea de una ocurrencia tal han aparecido las respuestas aclaratorias, las explicaciones, etc. 
Lo que tampoco me parece en manera alguna correcto es que de una situación ya de por sí compleja y confusa se pase a la completa tergiversación de mi propósito y actitud. En el último Consejo de Dirección de la Casa la compañera secretaria ejecutiva, Genoveva Daniel, informó a los miembros de dicho Consejo que yo había renunciado “porque me había solidarizado con las críticas de Ernesto Cardenal contra Casa de las Américas”, que “había renunciado repentinamente, sin ton ni son”, que yo no era un “compañero” sino un “ciudadano” del que “no se sabía si todavía era revolucionario o no”. 

Tomando las cosas como de quien vienen y sin adoptar un tono dramático, aclarando que en ese tono no es posible discutir absolutamente nada, creo que debo declarar aquí que rechazo rotundamente esta interpretación tan simplista, esta manera tan festinada de tratar un problema, típicamente administrativa. Creo que tengo derecho a hacerlo cuando inclusive después de los incidentes he visitado varias veces Casa de las Américas en actitud normal, me he comunicado por razones de trabajo común con Roberto F. Retamar o Mario Benedetti, sin que de mi parte mediara el propósito de llevar el problema a niveles enojosos e inclusive inconvenientes para el trabajo de Casa y, en definitiva, para el trabajo cultural de la Revolución. Vale repetir que estas ocurrencias en el interior del Consejo de Dirección de Casa de las Américas andan de boca en boca en los famosos medios culturales de La Habana.

Desde luego no quiero decir que soy más revolucionario que nadie, que mi razón es la única razón, etc. Conozco mis numerosos defectos y limitaciones y no me extrañaría que ellos —pese a los esfuerzos que vengo haciendo de un tiempo a esta parte para terminar de dejarlos atrás— estén en la base de la actitud expresada por los compañeros Retamar, Benedetti y Daniel. Incluso estoy seguro de que en varios momentos en el trabajo del premio cometí errores de diversa índole, de los cuales puedo responder en cualquier discusión.


Hasta ahí las cosas, los hechos. Después de lo narrado, muchas personas han tratado de obtener la versión mía de los acontecimientos, pero solamente con Depestre, Federico Álvarez y Margaret Randall, compañeros muy cercanos a la Casa, he hablado con cierta amplitud. Por regla general me abstengo de hacer comentarios o minimizo la importancia del problema a las necesidades de mi trabajo personal. Sin embargo, el problema ha trascendido en forma mayor de lo que esperaba. Inclusive ya he recibido preguntas directas de la prensa extranjera (por ejemplo, de parte de la corresponsal viajera de L’Unitá Rinascita, del PC italiano), etc.

Por medio del compañero Arqueles Morales, yo propuse al compañero Retamar que si bien yo creo que la renuncia era un hecho consumado, tal vez sería conveniente sentarnos brevemente y elaborar un método para reducir la trascendencia del incidente y para lograr una versión coherente que impida a los enemigos de la Revolución aprovecharse de nuestros problemas. No hubo respuesta. Podría decir, pues, que en adelante “declino responsabilidades”. Pero ésa sería una actitud de avestruz. Por eso digo que, por mi parte, tanto Casa de las Américas como los organismos responsables de la Revolución encontrarán en mí siempre un compañero dispuesto a poner de su parte lo que sea necesario para enfrentar cualquier problema en nombre de las posiciones revolucionarias y en provecho de la Revolución. Si algo puedo hacer en ese sentido, puede contarse sin duda conmigo.

 

Si me he extendido tanto en este informe ha sido precisamente porque hasta ahora había silenciado mi versión de los hechos y había callado inclusive ante las tergiversaciones a que he hecho alusión.
En cuanto a Casa de las Américas, creo que hay en su seno compañeros capaces de desentrañar la naturaleza de fondo de estos conflictos. Así se sabrá si se trata simplemente de conflictos personales, de problemas de métodos de trabajo, de problemas de la estructura de la organización, etc. No creo que sea yo el más indicado para dar opiniones en este sentido, aunque, desde luego, las tengo. Los compañeros de Casa de las Américas, estoy seguro de eso, bajo la dirección de la compañera Haydée y la dirección revolucionaria, podrán tomar las medidas necesarias para salir adelante.

 

Revolucionariamente,
Roque Dalton

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