Creado en 13 Agosto 2013
Imprimir

 

El escritor salvadoreño Álvaro Rivera reflexiona sobre la tradición literaria y el poeta Roque Dalton

 

Por Álvaro Rivera

El asunto que planteo no es demasiado original. Yo diría que es, incluso, un tema bastante gastado. Se han escrito toneladas y toneladas de palabras al respecto y, si nada lo remedia, se continuarán escribiendo más.

 

A pesar de todo, los términos –la tradición literaria, los poetas jóvenes– son menos evidentes de lo que parecen ¿Qué se entiende por la tradición? ¿Qué es un poeta joven? ¿Cómo se relacionan?

 

Un diccionario especializado podría ser de utilidad, si nos conformamos con la dudosa claridad de las definiciones. Tradición literaria es esto, poeta joven es aquel que reúne tales y tales características, etcétera. Pero si tenemos una picazón filosófica exigente, mas vale empezar reconociendo que aquello que en principio parece tan claro esconde un problema.

 

¿La juventud en el arte es un asunto biológico? ¿Es la tradición, como creen algunos, una mera herencia modélica?

 

Si tenemos una conciencia filológica meticulosa y algo sádica, podemos complacernos en oscurecer un poquito más el cuadro del problema. Y aquí es cuando soltamos un je-je a la hora de preguntar por la tradición literaria salvadoreña ¿Qué diantres es eso?

 

Algunos escritores y estudiosos de la literatura dan por supuesto que existe la tradición literaria salvadoreña; otros niegan su existencia ¿Qué piensan ustedes? ¿Existe o no existe?

 

Hay quien la niega y acto seguido se contradice al afirmar que en la cima de nuestra última poesía ha gobernado como un rey el poeta Dalton. Dicho gobierno solo habría sido posible en el contexto de una tradición.

 

Una de las formas en las que la literatura moderna explica su historia y sus cambios presupone la existencia de un rey viejo y unos jóvenes príncipes que se rebelan contra él. Según esa forma de entender la dinámica literaria, hoy les toca a los poetas jóvenes el turno de decapitar al viejo rey Dalton.

 

Quien ahora es presentado como un rey decrepito que tapona el curso de los nuevos tiempos fue en su día un joven y poco respetuoso pretendiente al trono. La trama cíclica de la modernidad repite la misma historia y ahora la sangre joven cuestiona a quien antaño se rebeló contra el pasado.

 

Pero vayamos más despacio y aclaremos, aunque sea mínimamente, si hay un reino (la tradición literaria salvadoreña). Una vez que hayamos dado este primer paso, abordaremos el problema de si el presunto reino tiene un presunto monarca al que los jóvenes príncipes deben matar.

La literatura de nuestro país, al igual que nuestra selección nacional de futbol, es bastante modesta si la comparamos con la literatura mexicana o la argentina. Su humilde entidad ha llevado a que algunos críticos la consideren una literatura fantasma, inexistente. Pero nadie se atrevería a decir que nuestro futbol no existe solo porque sea un futbol menor.

 

Ni Salarrué ni Claudia Lars ni Hugo Lindo ni Roque Dalton ni Escobar Galindo ni Kijadurías ni René Rodas habrían sido posibles sin ese trasfondo cultural modesto al que llamamos la literatura salvadoreña. Evidentemente, sin Darío y, en general, sin las obras y las corrientes estéticas que articulan “la literatura universal” nuestras “bellas letras” serían inexplicables.

 

Lejos de todo provincianismo cerrado, en nuestra escena literaria hay figuras que, dada su influencia estética e ideológica, se han convertido en polos de irradiación que se aproximan o enfrentan a otros polos dentro de un sistema literario relativamente autónomo. Toda una serie de escritores hicieron su obra bajo la sombra de Salarrué, pero Menendesleal –tomando como referencia a Borges– se opuso al influjo poderoso de los “Cuentos de barro”. Dalton, a su vez, se apartó irónicamente de Gavidia y Masferrer. Escobar Galindo y Kijadurías, de diferente manera, han construido sus reinos sin someterse a la tutela del autor de “Taberna y otros lugares”. Los jóvenes poetas actuales, en busca de su propio camino, afirman o niegan a Dalton.

 

El diálogo y las discrepancias literarias, a lo largo del tiempo, surgen en torno a una serie de problemas: se discrepa en la manera de ver el lenguaje y el oficio literarios, se concuerda o no en la forma de concebir la relación del texto con el mundo, etcétera. La tradición literaria salvadoreña sería algo más que un conjunto de obras altamente valoradas que se difunden de una generación a otra, ese conjunto forma una red de afinidades, excelencias y oposiciones en el cual adquieren lugar y sentido las obras de los poetas vivos y los poetas muertos. El lugar y el sentido que tienen las obras de los vivos y los muertos están en función de los cambios del gusto y la conciencia crítica.

 

He dicho que nuestra tradición literaria es relativamente autónoma. Posee una referencialidad interna, pero, al mismo tiempo, sus mejores obras también se vinculan con Latinoamérica y el mundo. Salarrué, que a menudo pasa por ser un auténtico escritor salvadoreño, se haya inserto dentro de las corrientes nativistas y románticas que recorrieron América Latina en el alba del siglo XX. El talante filosófico de Salarrué (su interés por las raíces y el otro mundo) fue típico de ciertos intelectuales latinoamericanos de su época.

Las ideas que orientaban sus búsquedas tenían fuentes europeas. A través del mexicano José Vasconcelos pudieron llegar a El Salvador algunas visiones de Herder. Salarrué es nativista y cosmopolita, expresa “un adentro” al mismo tiempo que remite a “un afuera”. Por eso hay que abordar con cierta ironía crítica la modernidad de “la generación comprometida”.

 

Nuestra humilde tradición literaria ya era moderna a principios del siglo XX. Las rupturas estéticas que acontecieron después (Dalton y compañía), cabría verlas como choques entre rostros sucesivos y diferentes de nuestra inestable modernidad. Al hablar de las relaciones, jerarquías y naturaleza de nuestra tradición literaria doy por supuesto que existe y que también es susceptible de continuas y enfrentadas interpretaciones.

 

Si las jerarquías literarias son y serán siempre objeto de discusión – ¿Quién es mejor poeta, Roque Dalton o Hugo Lindo? ¿Es tan mal poeta Alfredo Espino?– debe concluirse que la estructura modélica de la tradición estará abierta de modo permanente a las divergencias interpretativas.

 

Algunos escritores maduros al asumir el papel de portavoces de los poetas jóvenes han levantado el acta de que Roque Dalton ha sido hasta hace poco el rey absoluto de nuestra lírica. En mi opinión, este juicio pertenece más bien al terreno de la propaganda cultural que al de la crítica literaria.

 

Se suele confundir la influencia ideológica y ética de Dalton con su influjo poético. Ambos aspectos pueden estar relacionados pero no son iguales. Los poetas más destacados de nuestra literatura en los últimos treinta años (Kijadurías, Escobar Galindo, Huezo Mixco, Rodas, Santos, Galán) han emprendido la búsqueda de sus propias voces sin someterse pasivamente al magisterio de Roque.

 

Generacionalmente, Rodas y Huezo Mixco serían vástagos de la estética daltoniana, pero se apartaron de ella (si es que alguna vez estuvieron dentro) sin necesidad de matar simbólicamente al padre. Han creado sus obras y punto, sin quejarse programáticamente del presunto robo de su libertad por parte de la gran figura del rey Dalton.

 

A pesar de lo que rezan los tópicos, deberían destacarse dos hechos en la historia reciente de nuestra poesía: que la influencia estética de Roque ha sido menor de lo que se afirma y que el concierto de las voces serias en nuestra lírica ha sido menos pobre de lo que se ha supuesto.

 

Los jóvenes poetas suelen embarcarse en la loable tarea de deshacer los prejuicios de sus mayores. Lo que ocurre a menudo es que sustituyen los viejos tópicos por otros nuevos.

 

Para justificar sus búsquedas literarias y ponerlas en alto, los jóvenes poetas de los años 50 del siglo pasado simplificaron maniqueamente el rostro de sus mayores. Hubo que cometer más de alguna injusticia interpretativa para ir abriendo nuevos caminos. Pero lo que los jóvenes de aquel entonces ganaron lo hicieron a costa de simplificar el papel y la entidad de figuras como Alberto Masferrer, Alfredo Espino y Salarrué. Ellos eran los pequeños reyes de nuestro patio a los que había que matar simbólicamente en nombre de los nuevos tiempos y las nuevas letras.

Roque Dalton, por ejemplo, convirtió a Masferrer en un pobre muñeco de trapo y lo quemó. Aceptemos que había que dejar atrás a Masferrer, sobre todo al Masferrer oficializado, pero, había formas y formas de dejarlo atrás y Dalton lo que hizo fue caricaturizarlo. Y una caricatura, por muy útil y atractiva que sea, no puede sustituir al retrato crítico y ponderado.

 

Los jóvenes poetas actuales corren el peligro de cometer con Dalton el mismo error que éste cometió con Alberto Masferrer. Es más fácil deshacerse de un muñeco que de una figura literaria compleja.

 

Hay algo que posiblemente no ha cambiado: Si los jóvenes de 1950 se valieron de la simplificación, lo mismo sucede hoy con el juicio crítico de algunos jóvenes literatos. Quizás el recurso al tópico y a la caricatura sea uno de los rasgos más constantes de “la crítica” salvadoreña.

 

La gran tarea pendiente que tenemos todos es la de mejorar la calidad de nuestras opiniones literarias. Aunque dicha mejora no garantice que vayamos a elevar el nivel de nuestra poesía, de algo servirá, digo yo, que compongamos retratos, y no caricaturas, de las modestas plumas de nuestra humilde tradición.

 

A veces miramos el pasado literario desde la supuesta complejidad de un presente infectado de prejuicios. Por eso, durante mucho tiempo, hemos visto a Espino por encima del hombro ¿Quién no se ha burlado de su bucolismo romanticoide y decimonónico? Y como ahora lo que se lleva son las tramas urbanas y los laberintos del sueño, se ha procedido a expulsar el paisaje de nuestra poesía. No busquen volcanes ni bueyes ni ranchos ni árboles ni luceros en nuestra lírica más reciente, han sido vetados por un cosmopolitismo superficial. Por cierto, Espino, el ingenuo, tiene mejor oído que muchos de esos poetas actuales que lo minusvaloran. Pero no se trata de imitar su música ni de mirar como él miró. Su herencia nos indica la importancia de cuidar literariamente el oído y el ojo. El oído para buscar la frase hipnótica; el ojo para dejar testimonio del asombro ante la naturaleza.

 

La crítica justificada del ruralismo paternalista y casposo nos ha llevado al silenciamiento de lo rural en la literatura. Los excesos panfletarios de Dalton pueden llevarnos al extremo de ignorar aquellos puntos en los que la poesía arroja su extraña luz sobre los problemas del hombre.

 

Todo el conjunto de la tradición literaria es como una biblioteca cuyos libros encierran caídas, elevaciones e intentos. La riqueza y la pobreza de las bellas palabras escritas en El Salvador dependerán también de la penetración de nuestra mirada. Los poetas jóvenes se deben a su tiempo, pero su amor al presente no debe impedir que observen con lucidez al pasado.

 

RDarchivo