Creado en 20 Diciembre 2010
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Por Álvaro Rivera Larios

A los admiradores de Roque Dalton se nos suele encasillar como lectores de un solo poeta o como jueces que utilizan la voz de Roque para medir de forma inflexible lo que hacen los demás escritores. Déjenme decirles que esa imagen, al menos en mi caso, es falsa. A mi me gustan varios poetas y en consonancia con ese gusto, aprecio la diversidad de estilos y propuestas creativas.
 
No quiero para nuestra cultura literaria el dominio vertical y autoritario de una sola poética, sea cual sea. Que haya diversidad y libertad para que cada creador literario tiente, busque y construya poco a poco su propia voz. Si en dicha empresa maneja el oficio y trata con mimo al lenguaje ¡ magnífico¡
 
Que más o menos exista  la pluralidad de estilos entre nosotros no implica que algunos problemas en torno a la concepción del lenguaje literario  no puedan dividirnos. Hay problemas, como el de la relación entre la ética y la estética, a los que posiblemente nunca les daremos una respuesta satisfactoria. Lo importante es que exista un marco donde las diferencias convivan y donde nadie le imponga por la fuerza su propia visión a los demás. En una cultura artística plural es importante que sepamos razonar y dialogar con inteligencia acerca de nuestros desacuerdos.
 
La mejor manera de dificultar el abordaje de un problema es plantearlo mal. Si ya de entrada un asunto complejo es reducido a dos magnitudes básicas (el blanco y el negro, lo bueno y lo malo, los jóvenes creadores y los escritores viejos y reaccionarios) lo más probable es que acabemos metiendo todos los hechos en un esquema explicativo simple donde los matices desaparezcan y donde se tornen invisibles otras fuerzas y otros fenómenos que intervienen en el problema. Estos esquemas binarios cumplen una función didáctica y son útiles en la propaganda, pero también son típicos del peor pensamiento salvadoreño.
 
El “modelo” de los enfrentamientos generacionales, utilizado de forma tosca y torticera, puede impedir que alcancemos una mejor comprensión de lo que está pasando ahora en el panorama de nuestras letras. Al usar el concepto de “generación”, por ejemplo, solemos excluir a los autores marginales, a los que no salen en la foto de grupo, a los que por tener una evolución más lenta acaban eclosionando veinte o treinta años después (el caso de Antonio Gamoneda en España, a quien casi nadie identifica con los poetas de “su generación”). El planteamiento en sí, con todas sus deficiencias, puede ser útil para ordenar obras y autores y para darle un posible sentido a sus acuerdos y desavenencias estéticas. El peligro del modelo de “la dialéctica generacional”, si es utilizado de forma torpe, es que simplifica ambas posturas y pervierte los matices al atribuirles de entrada  el sentido de una oposición intransigente. Quien enfatiza las rupturas generacionales como si fuesen el corte limpio de un cuchillo, a menudo comete dos errores: caricaturiza aquello con lo que presuntamente se rompe y soslaya las líneas de continuidad entre una “generación” y “otra”. Mal se defiende lo nuevo recurriendo a visiones esquemáticas y empobrecedoras. La defensa de la nueva poesía pide también marcos de interpretación más complejos.
 
Al hablar de Roque y los poetas jóvenes hablamos de cómo se gradúa nuestra perspectiva de Dalton en una nueva circunstancia. Aquí se nos vienen encima preguntas acerca de la vigencia del pasado y la connotación del presente. Las respuestas que demos serán  una valoración de Dalton y una valoración de los nuevos creadores. El problema no es tan simple, involucra dimensiones relacionadas que no deberían confundirse: a) está la estructura y la naturaleza de la nueva circunstancia que vive nuestro campo literario b) está el asunto de la calidad de las nuevas voces c) tenemos que preguntarnos si las nuevas voces representan un cambio y si ese cambio puede ser definido como una revolución estilística. En esta última dimensión del problema se definirá si Dalton está atrás, al lado o delante de los poetas actuales.
 
Creo que la etapa actual de nuestro panorama literario muestra un “mayor desarrollo” que otras fases precedentes y que ese “desarrollo” es tal que permite hablar de “un cambio”. Hay más voces, más diversidad estética y, sobre todo, el promedio de la calidad de los nuevos poetas es alto. Ahora bien, podemos discutir sin acritud, y sin echarnos en cara malas intenciones, sobre si ahora estamos presenciando  una “renovación” o una “revolución estilística”. Tengamos en mente que los sentidos de desarrollo, cambio, renovación y revolución se cruzan pero no son idénticos.
 
Acercándome al “problema” Dalton, intento responder a la pregunta de si las nuevas voces representan un cambio (en tanto que son voces distintas) o si van más allá y suponen una revolución estilística. Mi respuesta será provisional.
 
Lo primero y obvio, Dalton no es la única medida de la poesía. Segundo, Dalton no puede imponerse ni prohibirse. Que cada persona decida libremente cuál va a ser su trato con el poeta. Más allá de la visión que se defienda, siempre podemos dialogar con Roque. Lo importante es que nuestro diálogo con él sea inteligente. Ya sabrá cada quien, qué toma y qué deja.
 
La trágica historia de nuestra sociedad nos clava interrogantes sobre la relación entre la lengua literaria y la vida ciudadana. Nuestra permanente y agobiada reflexión en torno a los vínculos de la ética y la estética no procede únicamente de Roque, también procede de la sociedad violenta en la cual vivimos. La violencia de nuestro mundo desafía siempre a nuestra forma de relacionarnos con la belleza literaria. Con Dalton, y a pesar de las distancias históricas, compartimos el hecho de que somos escritores en un mundo convulso. Pero que pueda interesarnos la relación entre ética y literatura, no implica que debamos aceptar dócilmente todo lo que el poeta opinó al respecto.
 
A los jóvenes les convendría mantener una intensa plática, de iguales a iguales, con Roque, pero no para  escribir como él ni para reproducir mecánicamente sus ideas. No se dialoga con Dalton para escribir como Dalton, se dialoga con él para que cada persona aproveche lo mejor del poeta (en todos los sentidos). Dialogamos con Dalton para llevarlo, si se puede, al terreno de nuestras propias búsquedas intelectuales y literarias. Más vale ser una voz lírica modesta, pero con algunos rasgos propios,  que ser otra réplica mala de un gran creador.
 
El Dalton romo que a muchos disgusta, en cierta medida, es una creación nuestra: de nuestras malas lecturas, de nuestras visiones mecanicistas del lugar de “las bellas letras” en la sociedad, de las urgencias políticas que ocuparon el alma de toda una generación, de las inercias mentales que han mantenido viva una imagen empobrecida del autor de “Taberna y otros lugares”.
 
Malos mineros que somos, aún no hemos llegado hasta las vetas más profundas del legado de Roque. Dalton era complejo y seguirá sin descifrar en la medida en que nosotros seamos malos lectores y no sepamos discutir de forma inteligente con su obra.
 
Lo de su gran influencia entre nosotros es una más de las muchas leyendas que nos hemos creído. El Roque Dalton complejo ha influido menos de lo que se dice en nuestras letras.
 
Cierto Roque ha sido una voz dominante en nuestro panorama literario, pero jamás ha sido la única. En vida suya, hubo gente que no escribía como él (Kijadurías, David Escobar Galindo y otros). Entre los poetas jóvenes de los años 80/90 del siglo pasado también hubo creadores que caminaron siempre en busca de su propio perfil (Carlos Santos, Miguel Huezo Mixco, Rene Rodas). La pobre pluralidad de aquel entonces lo que ha hecho es mostrarse de una forma más plena, fortalecida y clara en los últimos años. Lo más correcto sería hablar del “desarrollo” de nuestras letras actuales, más que de una “ruptura” en el plano del lenguaje literario. El horizonte estilístico de los jóvenes de ahora continúa siendo el del lenguaje “ya clásico” de las vanguardias  y  de las otras poéticas de la primera mitad del siglo XX. Lo que ahora ocurre es que se ha ensanchado el abanico de las variaciones expresivas y de los modelos que sirven de referencia a los nuevos poetas. Hay que dar la bienvenida a estos cambios, pero debemos valorarlos en su justa medida y no convertir esta reflexión en un debate burdo y mal planteado.
 
La pregunta no es si Dalton está presente en las letras actuales. La pregunta es a cuál Dalton podemos hacerle un lugar en nuestro viaje hacia el futuro. Siempre estará y no estará y lo que debemos procurar es que su permanencia sea fértil y no una influencia roma que paraliza el desarrollo de las otras voces. Que su influencia sea fértil, dependerá de que nosotros entablemos un dialogo inteligente, de iguales a iguales, con él.

Diferenciarnos de Roque no es un problema. Nunca hemos sido semejantes al Dalton complejo.

El poeta va a seguir influyendo en las nuevas circunstancias. Será un modelo importante, pero no único ni obligatorio. El destino de su influencia dependerá de cómo lo leamos. Las influencias no son buenas ni malas, dependen de cómo las resuelva un poeta en su propia obra. A Dalton lo influyeron Breton, Apollinaire, Vallejo, Neruda, etcétera. Sin embargo, su voz tan personal no es la suma de todas esas influencias. No hay que tenerle miedo a Roque, él no tenía la capacidad de ser todos los rostros. Si cada poeta lucha por hacerse una cara, la suya, se alcanzará una variación inédita en el universo de posibilidades que abre esa literatura vanguardista de la que Roque también se alimentó.
 
Hay lugar para todos, pues, incluso para este o aquel Dalton e incluso para quienes afirman que Dalton ya se quedó atrás. ¿A cuál Roque dejaron atrás? ese es otro problema. Todas estas diferencias podemos razonarlas y en la medida en que lo hagamos con sensatez pueden servirnos a todos, con independencia de cómo veamos la literatura y su compleja relación con el mundo. Que no les quepa duda: los buenos poetas viejos estimulan a los poetas jóvenes, los buenos poetas jóvenes estimulan a los malos poetas viejos. Lo bueno estimula en muchas direcciones.
 
Álvaro Rivera Larios es poeta, académico salvadoreño radicado en Madrid, España.

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