Creado en 10 Junio 2010
Críticas - RDalton Archivo
Publicado el 10 Junio 2010
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Por José Luis Escamilla

El catedrático José Luis Escamilla nos ofrece un texto "incendiario" sobre Roque Dalton, sin dejar fuera de su perspectiva, el papel del intelectual a la luz del trabajo, creación y pensamiento del poeta Dalton. Un texto que indaga en el ayer para fustigar el hoy.

 

 

Toda piedad aquí es cruel si no incendia algo

Roque Dalton

El intelectual y la sociedad (1969), es un diálogo genuino entre intelectuales de izquierda preocupados por los desafíos de este oficio en Latinoamérica, posterior al triunfo de la revolución cubana. Las voces que se entrecruzan son las de Roque Dalton, René Depestre, Edmundo Desnoes, Roberto Fernández Retamar, Ambrosio Fornet y Carlos María Gutiérrez; todos vinculados con el proceso revolucionario y comprometidos con su función en los procesos de transformación en el continente americano.

 

 

 

Este diálogo-ensayo fue publicado en México por Siglo XXI Editores el año 1969, diez años después del triunfo de la revolución cubana. Es un texto de poca difusión y, en el caso de Dalton, ha sido invisibilizado por las apologías fabulosas de sus contemporáneos, el heroísmo guerrillerista y los panegíricos estéticos.

 

En este treinta y cinco aniversario del asesinato de Roque Dalton es más trascendente problematizar sus ideas y ponerlas a dialogar con las realidades del presente, que continuar escribiendo sendas disertaciones, seguir recordándoles a sus asesinos que su esencia de canallas es indiscutible y que nos encargaremos de recordarle a las nuevas generaciones su condición histórica de gente ruin. En esta oportunidad regreso a la discusión postergada sobre el intelectual y la sociedad, específicamente a la del intelectual comprometido con la construcción de un proyecto político, la transformación social, la autoformación y la lucha por la libertad en el sentido más humano y revolucionario; relacionado con las ideas y la cultura.

 

El texto que sirve de base para este nuevo ejercicio fue creado como resultado de una serie de inquietudes planteadas por este grupo de intelectuales latinoamericanos. Todos creían en la sana discusión y tenían la certeza que el problema al que se enfrentaban era amplio, complejo e incómodo; además sabían que era un material útil para interpretar realidades ulteriores. Según Fernández Retamar, la disyuntiva era resolver dos inculpaciones contradictorias que se anulan mutuamente.

Una es que existe, en el orden intelectual, un exceso de teorización sobre las relaciones entre la Revolución y la cultura; la otra, en el extremo opuesto, no afecta solamente a la vida intelectual, sino a la Revolución toda: es la de quienes dicen que ésta es una revolución pragmática, que carece de teoría (1969: 8).

Problema que marca una ruta de discusión en algunos miembros de los emergentes movimientos revolucionarios del continente americano, que en ese periodo, creyeron que la garantía de la revolución pasaba por un proceso de transformación del pensamiento.

 

            Para muchos académicos Roque Dalton es un tema literario interesante, para los políticos un pretexto y, para los novísimos políticos de oficio un apetitoso cadáver. En esta oportunidad me detendré a reflexionar sobre el intelectual desde la perspectiva de Dalton. Tema que desde hace varias décadas ha provocado muchos erizamientos en los diversos circuitos de poder político; a tal grado que la realidad de nuestros días se encarga de preguntarnos cómo resolver la diferencia entre trabajo intelectual y militancia política.

 

Según Portelli, al interpretar a Gramsci,

El intelectual no es el agente pasivo de la clase que representa, así como la superestructura no es el reflejo puro y simple de la estructura. La autonomía es, por otra parte, indispensable para el ejercicio total de la dirección cultural y política: esta función cultural debe ser completa, debe representar “la autoconciencia cultural, la autocrítica de la clase dominante” (1978: 99).

Problema que ha producido serias contradicciones cuando se reflexiona sobre la responsabilidad y distribución social del trabajo, pues por su naturaleza el sujeto entra en un espacio en el que no logra conciliar su interpretación individual de la realidad, con la totalización colectiva que establece la política institucional.

 

            La condición dinámica del sujeto creador, la sociedad y la cultura con frecuencia entra en contradicción con el inmovilismo de la política institucionalizada; así como el desconocimiento de la diferencia entre “política cultural” y “militancia cultural”, ha establecido que el esfuerzo por crear condiciones subjetivas para la transformación social y la revolución cultural es “para después”; dejando en las márgenes el tema de la cultura como espacio de reproducción ideológica, mientras los políticos le apuestan al consumo de signos y símbolos limitados por la falta de actualización, como producto del escaso espacio de los académicos especializados en lo político partidista.

 

            El problema del trabajo y la función de la actividad intelectual en nuestro presente además de problemático, se ha vuelto secundario. Los aparatos de reproducción ideológica han quedado bajo la responsabilidad de técnicos en asuntos comunicacionales, en detrimento de la gnoseología, la filosofía y la creación. Los ejercicios deliberativos sobre ideas y realidades es asunto de marketing y publicidad; por tanto, la relación teoría-práctica y práctica-teoría se ha vuelto un arcaísmo metodológico, así como la ética como valor humanista y revolucionario es sustituido por palabras como transparencia y eficacia, como que si la reflexión científica y filosófica debe limitarse al campo de la administración y el servilismo de los grupos dominantes. En tal sentido, se ha caído en la vieja trampa de las disposiciones de los poderes económicos transnacionales.

 

En el periodo socio-histórico de las décadas 1960-1970 todo el segmento de la población salvadoreña que tuvo acceso a la educación superior se encuentra en las posibilidades de optar por un proyecto político: uno, el que resulta del encuentro entre la oligarquía terrateniente y los incipientes grupos industriales capitalistas y, dos, el emergente movimiento social que representa el encuentro de los preceptos comunistas de los primeros treinta años del siglo XX, la acumulación de fuerzas post derrocamiento de Martínez y la influencia de las ideas de las revoluciones mexicana, rusa, china, guatemalteca y cubana.

 

Roque Dalton asume el segundo proyecto y trabaja en la construcción de un ideal común, frente a la diversidad de expresiones político-ideológicas que se configuraban en aquellos años. Sin embargo, en este escrito no se trata de valorar las ideas políticas de las emergentes agrupaciones; sino más bien visibilizar al sujeto que problematiza su condición de intelectual en el proceso de construcción del proyecto revolucionario. En ese sentido, Dalton expone que

Lo menos que podemos hacer, pues, al aceptar hablar sobre estos temas, es confesarnos conscientes de nuestras limitaciones: a cada paso corremos el riesgo de estar haciendo llover sobre mojado, de no ser capaces de vencer las contradicciones que impone la necesidad de examinar problemas a la vez particulares y generales (Dalton, 1969: 11),

porque en el vaivén que se establece entre la realidad de las revoluciones consumadas y la teorización en los emergentes procesos revolucionarios, se produce un ejercicio reflexivo que trae como resultado resolver si se copiarán modelos en ejecución o, se construirán nuevas posibilidades desde la realidad de los países latinoamericanos.

 

            El desafío anterior pone en el centro de la discusión “pensar” una posibilidad explicativa “desde” Latinoamérica. En la vida cotidiana las sociedades latinoamericanas se debatían entre la sobrevivencia económica y la represión militar; pero en el espacio que generó la Revolución cubana muy pronto el debate fue resolver cómo resistir, cómo avanzar y cómo consolidar el sueño del socialismo y, el tema cultural generó en esos años un debate que puso en perspectiva la función social del arte y el arte como arma ideológica; pero la teoría de la cultura y los procesos de teorización sobre las expresiones culturales latinoamericanas eran incipientes.

 

            Esa realidad desde la perspectiva de Dalton, pasaba por tomar conciencia de la diferencia entre creador militante y teórico elaborativo, que debe reconocer el entorno desde el que se expresa. Al respecto, muestra una claridad en su condición, porque en sus propias palabras dice

Hablamos desde y para Cuba, desde y para América Latina. Y no hablamos para un continente abstracto, hijo de alguna de esas cartografías culturales tan adentradas en el espíritu europeo; lo hacemos para una América Latina preñada de revolución hasta los huesos. Todo, pues, aquí, tiene otro sentido. Incluidas nuestras limitaciones (Dalton, 1969: 11).

El reconocimiento de las limitantes teórico-interpretativas se convierte en un signo que muestra su toma de conciencia, además cree que la transformación de las realidades latinoamericanas debe ser el resultado de la creación de herramientas teóricas inventadas y producidas como resultado de un proceso de concienciación propio. Distanciarse del eurocentrismo y la importación de modelos, para construir un proyecto desde “nosotros” a pesar de las limitaciones, es lo que permitiría a su juicio consolidar nuestro propio descubrimiento.

 

            Según su análisis debería romperse de una vez por todas con el pensamiento colonialista de todo tipo, ya que en las prácticas políticas tradicionales y en las formas de administrar el poder, se continuaba reproduciendo formas arcaicas de colonialismo, además, perturbaba la imaginación para avanzar en la explicación de los desafíos posteriores. Desde su interpretación de la realidad, las proposiciones de la revolución están embarazadas de futuro y muchos de nosotros seguimos ostentando patéticamente demasiadas fidelidades al pasado, nuestro peor enemigo en el fondo (Dalton, 1969: 13). Focalizando su lectura interpretativa desde la lógica de resistir y avanzar, no sólo limitarse a resistir.

 

            La reflexión de Dalton sobre las realidades que entrecruzan su actividad y la construcción del proyecto político que diseña, pasa por una autocrítica inesperada; pues considera que

Hasta ahora, el oficio de escritor y de artista ha sido, fundamentalmente, un oficio burgués o proburgués (hablamos aquí en términos de “clases fundamentales” y no nos hacemos cargo por ahora de la necesaria distinción con respecto a la pequeña burguesía, capa a la cual pertenece corrientemente el creador artístico y que tiene características específicas en estos momentos y en este continente) (1969: 14).

Deliberación que expresa la conciencia de clase del poeta intelectual y los desafíos que representa asumir el discurso en la práctica. De inmediato retoma el entorno mundial, en el que dimensiona la trascendencia del proyecto cultural como elemento clave en la transformación de las subjetividades y luego traza la trayectoria para construir el movimiento inicial

Culturalmente, superestructuralmente, vivimos aún, a nivel mundial, la era del capitalismo, aunque histórica, económica y socialmente lo exacto sea decir que nos remontamos en la etapa de tránsito del capitalismo al socialismo. Se sabe que la desaparición de la base material no supone la inmediata desaparición de la superestructura por ella originada. Independientemente de nuestras intenciones, escribimos para quien sabe leer (Dalton, 1969: 14).

Ideas escritas hace más de veinte años, que parecieran escritas para que las comprendiéramos los diletantes del presente; porque por los datos que arroja la realidad, la mayoría de entusiastas nostálgicos no han terminado de entender que la realidad de las subjetividades del sujeto histórico salvadoreño se transformó hace ya varios años.

 

            La autocrítica en Roque Dalton es un ejercicio hermenéutico constante en su edificación como poeta intelectual. Valor muy escaso en la práctica de los protagonistas de nuestros días. Para Dalton la función del intelectual creador en el proceso revolucionario tiene varias implicaciones, agravado –nos dice– porque nosotros mismos, los escritores y artistas (…), somos producto de la sociedad burguesa. Hablo de los escritores latinoamericanos, desde luego, y, en el caso de los escritores cubanos, de quienes tienen por lo menos mi edad. Buenas personas como solemos ser, hemos gastado abundante saliva y papel en declarar que escribimos para el pueblo. Esa aclaración en nuestros países ya habla por nuestra ubicación clasista (1969: 15).

 

Su conciencia de clase se convierte en un dispositivo metodológico que le permite interpretar la relación sujeto-sociedad, proyecto político-realidad y estrategia-eficacia. En este marco, Dalton reitera que hasta la fecha, la inmensa mayoría, la casi totalidad de nosotros hemos sido burgueses y hemos escrito para la burguesía. Cuando hemos llegado a sectores amplios del pueblo ha sido generalmente por medio del populismo, o sea, que hemos llegado al pueblo, históricamente, mal (1969: 16). Entonces reitera que previo a hacer cualquier conjetura empirista o, acercamientos sin herramientas teóricas genuinas, el método de analizar marxistamente nuestra realidad es el único que sirve para nuestros problemas, y hará de la revolución cultural de los primeros años de la URSS, de la reciente Revolución Cultural china (en los aspectos estrictamente culturales que interesan aquí), fenómenos dignos del nivel comparativo, pero nunca puntos de partida, modelos para la imitación (Dalton, 1969: 18). Alejándose del agotado procedimiento del esquematismo ciego e improductivo que se limita a remedar experimentos diseñados para otras realidades y, en lo no dicho, propone la elaboración de nuestros propios instrumentos para producir un diagnóstico y un proyecto edificado desde Latinoamérica.

 

En una especie de contrapunto discursivo, en el que dialoga sujeto, sociedad y cultura como espacio de producción ideológica; Dalton sugiere el siguiente trayecto:

Para comenzar a dilucidar la problemática de las relaciones entre la revolución y los creadores de cultura, es prudente enfrentarnos con la categoría de lo burgués que nos condiciona y nos motiva en medida importante, con la realidad social concreta en que se dará la operatividad de nuestra obra, con el grado de tendencia, simpatía, integración o militancia revolucionaria que hay en nuestro trabajo creador y en nosotros mismos como ciudadanos y trabajadores (Dalton, 1969: 18).

Sin perder de vista que el punto inicial de la revolución genuina pasa por la construcción de “uno mismo”, porque el desafío de aquellos años y, paradójicamente en la perturbación de hoy, según Dalton pasa por el estudio sistemático, ya que la teorización es la conciencia elaborada teóricamente. –y reitera– Creo que esto es básico para la formulación de mi criterio sobre la tarea fundamental que al intelectual cubano le deparan los tiempos inmediatos y que al intelectual latinoamericano le deparan (aunque en otros niveles y con otras características) las necesidades reales de la Revolución latinoamericana (1969: 19).

 

            Y como si tuviese la certeza que en estas horas estaríamos problematizando sobre sus ideas, Dalton sentencia que:

Si estas palabras van a aparecer impresas alguna vez yo pediría que se subrayaran suficientemente, que la inserción lógica del intelectual de la revolución está dentro de esa labor que hay que cubrir para hacer aprehensible el paso de la actividad del constructor del socialismo a la conciencia lúcida sobre sí mismo. Se trata (perdón por la redundancia) de una “labor elaborativa”, básica para que el proceso actividad-conciencia tenga una continuidad siempre ascendente en la confrontación con la realidad en transformación. –y reitera que– Las necesidades de fundamentar realmente esa labor específica son las que imponen al intelectual la obligación de sumirse en la más intensa práctica social que le sea posible, incluida la guerra de guerrillas, la cátedra universitaria, el trabajo agrícola (Sic.) (1969: 19).

Esa relación entre conciencia y formas prácticas de ejercerla es la disyuntiva que quedó planteada en los años de preguerra civil salvadoreña. Muchos se rehusaron a entender que la lucha social en la práctica, debe ser el resultado de la conciencia ideológica y la interpretación científica de la realidad, a tal extremo que en los primeros años de la posguerra se consideró que el oficio de intelectual estaba devaluado, razones por la cual también debemos entender que nuestra universidad no aparece en el listado de prioridades en los días que transcurren.

 

            Dalton sabía sobre los erizamientos que causaba este tema. Su posición de militante siempre estuvo condicionada por el proceso de “pensar para actuar”. Lógica que incomodó con frecuencia las frenéticas obsesiones de los autómatas. Frente a esas circunstancias expone lo siguiente: Sé que hablamos de una materia compleja en que los problemas individuales, los puntos de vista, los nuevos errores, harán difícil la tarea. (…) La discusión seria y la profundización en torno a todos estos aspectos deben sustituir de una vez por todas a esa “coexistencia pacífica” en lo ideológico en lo que prácticamente hemos vivido, a esa promiscuidad ideológica que hemos aceptado (1969: 20), y deja expuesto que una de las esencias de la dialéctica es entender que las diversidad genera contradicciones, que sólo pueden ser superadas luego de pasar por un proceso de interpretación, ya que la aniquilación de una idea que nace de un mismo planteamiento filosófico, a la larga trae como consecuencia la muerte de la totalidad por volverse antidialéctica.

 

            En el retorno a sí mismo, Dalton vuelve a exponer el conflicto personal que lo atormenta y, contrasta las implicaciones que tiene esta perturbación individual con la contradicción estructural, sabemos –nos dice– que una revolución no es un juego de muchachos: es un cataclismo social que opera tanto en las grandes estructuras económicas y políticas como en el terreno de la individualidad, de la intimidad personal. Cuando nos referimos al desgarramiento del intelectual, nos referimos a un problema ideológico y no a un conflicto de tipo sentimental (1969: 93). Y se configura la exposición de las diferencias entre la contradicción entre las libertades individuales y la homogenización de la disciplina institucional, que a la larga asume pagar con su vida.

 

El poeta argumenta que sustituir la lucha ideológica por el ataque o la defensa de conductas personales es una inversión de términos que siempre ha resultado costosa para las posiciones revolucionarias (1969: 95). Arguyendo que la relación entre libertad, revolución y autodeterminación del sujeto más que un problema, debe convertirse en un potencial que sume individuos creativos que aporten de acuerdo con sus posibilidades. Por eso es urgente, según Dalton, entender que las necesidades de luchar contra las supervivencias de la enajenación, de adoptar con lucidez para la formación del hombre nuevo, de ser un instrumento consciente de la elaboración conceptual de la praxis al servicio del avance constante de la Revolución (…) requieren dejar atrás el romanticismo exacerbado, que es el oscurantismo de los intelectuales, las falsas concepciones del mundo, y enfrenarse racionalmente a la tarea concreta que surge al paso diariamente (1969: 100).

 

Para Roque Dalton sugerir planteamientos personales debe ser el resultado de asumir compromisos colectivos. Desde su perspectiva, es indispensable conciliar la relación “sujeto individual–proyecto colectivo” y, en la medida que se asume esta dicotomía, posibilitará un cambio cualitativo en la edificación cotidiana de la lucha social y la resistencia revolucionaria frente a la avalancha de discursos demoledores atrapados en la modernidad. Si pedimos a la Revolución que tome en cuenta toda esta sucesión de matices, –dice Dalton– no podemos menos que exigirnos a nosotros mismos una profunda autocrítica y una nueva responsabilidad. Ninguno de nosotros está limpio de culpas. Y, repito, estamos obligados por la vida a avanzar (1969: 100). Es decir, que era necesario trascender hacia la codificación de los signos de la individualidad ideológica, que participa en el sistema de formación de un nuevo proyecto político que nacía en Latinoamérica para Latinoamérica, tomando en consideración las diferencias tangibles con modelos más rígidos, más disciplinados, atrapados en una suerte de modernidad medieval.

 

            Así se va cerrando el manifiesto de un intelectual salvadoreño que tuvo la posibilidad de exponer, discutir y dialogar en un espacio en el que las armas eran las ideas. Ideas que eran el resultado de un proceso de formación filosófica, política e ideológica y no un simple repetidor de manuales o especialista en temas de teoría de la comunicación. Se trata de la palabra como proceso de elaboración gnoseológica, dialéctica, conflictiva, destructora y revolucionaria en el sentido más puro. Por eso dice Dalton al final de su exposición: No estamos aquí en un seminario sobre problemas estéticos sino en una discusión sobre responsabilidades revolucionarias, sobre las responsabilidades revolucionarias del escritor (1969: 101).

 

            En el proceso de formación que asume Dalton, transita de la ética hacia la estética. El poeta sabe que está en juego la definición de la estrategia para la consolidación de un proyecto político que tiene a la base un modelo cultural. Crear las condiciones subjetivas óptimas para propiciar una situación revolucionaria era la idea central de su propuesta. No obstante, los poderes y los pensadores que tomaban las decisiones continuaban atrapados en un modelo político moderno, férreo y anacrónico. Desde la perspectiva de Michel Foucault, si las sociedades se mantienen y viven, es decir, si los poderes no son en ellas “absolutamente absolutos”, es porque, tras todas las aceptaciones y coerciones, más allá de las amenazas, de las violencias y de las persuasiones, cabe la posibilidad de ese movimiento en el que la vida ya no se canjea, en el que los poderes no pueden ya nada y en el que, ante las horcas y las ametralladoras, los hombres se sublevan (1999: 203).

 

            En cada periodo histórico se constituyen formaciones discursivas específicas; sin embargo existen ideas que trascienden su especificidad a lo largo del tiempo, porque son capaces de adelantarse a los hechos por venir. Algunas ideas de Dalton se caracterizan porque su vanguardia no se reduce a la estética, sino porque sus pensamientos fueron entendidos como trasgresiones precoces.

 

            Por esa razón a aquellos que dicen que el tema Roque Dalton está agotado, en principio les aceptaría su apreciación; pero como contestación definitiva, y apoyado en Foucault, les digo que nadie está obligado a encontrar que esas voces confusas cantan mejor que las otras y dicen el fondo último de lo verdadero. Basta que existan y que tengan contra ellas todo lo que se empeña en hacerlas callar, para que tenga sentido escucharlas y buscar lo que quieren decir. (…) porque hay tales voces, es por lo que justamente el tiempo de los hombres no tiene la forma de la evolución, sino la de la “historia” (1999: 203). Y, –reitera Foucault– ocuparse de sí no es, pues, una simple preparación momentánea para la vida; es una forma de vida (Ibíd.: 278).

 

            Ahora bien, el ejemplo que pervive por encima de las perturbaciones discursivas y los escándalos políticos del presente, en las ideas de Roque Dalton es que demuestra que –en palabras de Foucault– la escritura como elemento del entrenamiento de sí, tiene una función ethopoética: es un operador de la transformación de la verdad en éthos (1999: 292). De ahí que continuamos hablando de estos temas y, lo continuaremos haciendo mientras no descubramos que muchas ideas de Dalton continúan siendo productivas y explican que la verdadera revolución se consolidará hasta que la cultura sea la fuerza de la idea que transforma la cotidianidad del pueblo.

 

Hacia la libertad por la cultura

 

San Salvador, jueves 13 de mayo de 2010.

 

Bibliografía

Dalton Roque y otros (1969). El intelectual y la sociedad. Siglo XXI Editores. México.

Foucault Michael (1999). Estética, ética y hermenéutica. (Obras esenciales Volumen III. Introducción, traducción y edición a cargo de Ángel Gabilondo). Paidós. Barcelona.

Portelli Hugues (1978). Gramsci y el bloque histórico. Siglo XXI Editores. México.

 

*José Luis Escamilla es catedrático de la Universidad de El Salvador (UES) y labora en el Departamento de Letras de la Facultad de Ciencias y Humanidades. Es estudioso de la obra de Roque Dalton y ha publicado un libro sobre el poeta titulado “Intersticios en Roque Dalton”.

 

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