Creado en 05 Enero 2010
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Por José Luis Escamilla*

Se desarrollan tres puntos fundamentales: 1. Contexto de la emergencia del libro El intelectual y la sociedad (1969); 2. Ubicación del texto en el debate epistemológico cultural: Conflicto ofensiva del imperialismo en la cultura latinoamericana; 3. El problema del intelectual en el nuevo esquema: ¿el oficio de escritor ha sido un oficio burgués o proburgués?

Huelo a animal que sólo yo conozco

Desfallecido sobre el terciopelo

Huelo a dibujo de niño fatal

A eternidad que nadie buscaría.

Huelo a cuando es ya tarde para todo.

Roque Dalton

1. Contexto en que emerge el libro

Los temas y problemas que protagonizaron y protagonizan las sociedades en América Latina han sido diagnosticados, caracterizados y convertidos en teoría desde la visión de los centros hegemónicos. En este trabajo se expone uno de los momentos más importantes de nuestra historia; pero esta vez no se trata de hechos sangrientos, ni de grandes acontecimientos, sino más bien de uno de los actos que quedan arrinconados en las márgenes de “los grandes libros”; se trata de una serie de valiosas respuestas teórico-filosóficas sobre la práctica social que intelectuales latinoamericanos vivieron en el lugar de los hechos y luego, como revolucionarios de oficio regresaron a la teoría.

Se registran hechos en la historia moderna del continente americano; sin embargo, la revolución cubana fue uno de los que impactó de forma trascendente la vida de todos los países. No sólo porque trastocó la implementación del modelo capitalista impulsado desde Estados Unidos, sino porque significó un punto de partida más consistente en la producción de pensamiento sistemático desde América Latina. La teoría, a su modo, se convirtió a través del ejercicio práctico en la implementación de un proyecto político. La revolución cubana pasó a ser el paradigma a seguir, también el espacio desde donde se defendía la dignidad de los pueblos; al mismo tiempo fue la casa que resguardó a intelectuales y artistas progresistas de todas las latitudes y se volvió el espacio donde se podía “repensar” la “latinoamericanidad” desde todas las perspectivas, y la cultural cobró preponderancia.

En un inicio se identificarán algunos aspectos relevantes del libro EL INTELECTUAL Y LA SOCIEDAD; publicado en 1969, diez años después del triunfo de la revolución cubana. Resultando paradójico que el lugar de la edición no es Cuba, sino México. En la contraportada se aclara que “Este libro es el resultado de un intercambio de ideas sobre hechos recientes en el campo de la cultura y de la política, en América Latina, que se realizó entre varios intelectuales latinoamericanos.” Se refiere a Roque Dalton, René Depestre, Edmundo Desnoes, Roberto Fernández Retamar, Ambrosio Fornet y Carlos María Gutiérrez. Todos abordan el mismo tema; pero desde visiones diferentes. En este caso operaremos el análisis sobre la propuesta de Roque Dalton García, que se convierte en el objeto específico, para finalizar con una valoración expuesta por el mismo Dalton en su novela póstuma Pobrecito poeta que era yo.

  1. Ubicación del texto en el debate epistemológico cultural: Conflicto ofensiva del imperialismo en la cultura latinoamericana.

El año 1969 forma parte de un período en el que la tensión bipolar de la guerra fría era una amenaza latente y en América Latina se asume un papel protagónico en el debate sobre los desafíos que presenta la realidad y la discusión sobre teorías que pretenden explicar la diferenciación social del trabajo y, proponer una solución a la resultante de la fórmula: distribución social del trabajo, igual división en clases. El socialismo utópico propone que en la medida que se implemente y se construya el socialismo real, esta frontera entre el trabajo físico y el intelectual se eliminarán. En un nivel más amplio, también surge la necesidad de explicarse la condición que viven las sociedades latinoamericanas. De tal forma se establecen dos teorías: 1. la determinada por las condiciones internas de las formaciones sociales de cada sociedad y 2. la explicación de que las condiciones de cada sociedad son el resultado de las relaciones de dependencia con el imperio.

Desde la perspectiva marxista se sostiene que la intelectualidad surgió en el esclavismo. En una interpretación que hace Portelli sobre Gramsci y el bloque histórico sostiene que el intelectual no es el agente pasivo de la clase que representa, así como la superestructura no es el reflejo puro y simple de la estructura (1978: 99). En ese sentido la problematización se complejiza cuando en América Latina hay una revolución consumada (la cubana) y una serie de movimientos revolucionarios en proceso. Es probable que el problema que se menciona sea un dato irrelevante; pero adquiere notabilidad cuando el mismo Portelli al referirse al intelectual explicita que la autonomía es, por otra parte, indispensable para el ejercicio total de la dirección cultural y política: porque esta unión cultural debe ser completa, debe representar la autoconciencia cultural –nos dice– la autocrítica de la clase dominante (Ibídem).

Sería aventurado encasillar el debate que sugiere Roque Dalton en una perspectiva teórica pura, no se puede afirmar que sea marxista, gramsciano o leninista, de lo que sí se puede estar seguro es que a partir de la propuesta de Marx, Lenin y Gramsci se construye una discusión latinoamericanizada, con una proporción considerable de autonomía.

En esa dirección Vasconi señala que en la elaboración teórica desde América Latina

quienes han estudiado la expansión imperialista del capitalismo occidental, haciendo de ella causa originaria y principio explicativo de multitud de procesos observables en vastas regiones del mundo, señalaron sin duda un hecho histórico (...) Aquellos estudios contemplan una sola de las perspectivas desde las cuales es posible analizar el fenómeno, la expansión imperialista desde los países capitalistas desarrollados; se carece hasta aquí del estudio de ese proceso desde la perspectiva de los países subdesarrollados (1975: 64).

La lectura que hace Vasconi de la realidad latinoamericana, desde una perspectiva académica, sobre la dependencia y los procesos sociales; Dalton la señala como poeta-ensayista y como militante seis años antes, al expresar que las relaciones de poder del intelectual latinoamericano están condicionadas por la ofensiva del imperialismo en la cultura a nivel mundial y, el planteamiento de las necesidades específicamente culturales de la Revolución latinoamericana. En ese sentido sostiene que

lo menos que podemos hacer, al aceptar hablar sobre estos temas, es confesarnos concientes de nuestras limitaciones: (...) Es decir: hablamos desde y para Cuba, desde y para América Latina. Y no hablamos por cierto para un continente abstracto, hijo de alguna de esas cartografías culturales tan adentradas en el espíritu europeo; lo hacemos para una América Latina preñada de revolución hasta los huesos. Todo, aquí tiene sentido. Incluidas nuestras limitaciones (1969: 11).

Dejando al descubierto que su posición va más allá del poeta que entinta versos, se refiere a una posición intelectual que pretende permear el ámbito de la burocracia acomodada en los partidos comunistas. A partir de lo anterior reivindica la posibilidad de la autodeterminación no sólo política, sino de producción de conocimiento y creación estética de calidad, como veremos más adelante.

Vasconi reconoce que “las explicaciones sobre la dependencia y el subdesarrollo a partir de los factores internos y externos son excluyentes, en tal sentido es importante reconocer las especificidades de cada formación social, que también condiciona el tipo de rol que ha de jugar en el contexto del sistema” (1975: 49). Por su parte Dalton puntualiza la preocupación hacia lo que le servirá para argumentar su tesis sobre la condición del intelectual, cuando se aparta de la teorización académica y entremezcla juicios muy precisos sobre su preocupación al proponer que “culturalmente, superestructuralmente, vivimos aún, a nivel mundial, la era del capitalismo, aunque histórica, económica y socialmente lo exacto sea decir que nos remontamos a la etapa de tránsito del capitalismo al socialismo” (1969: 15). Dejando al descubierto su fe ciega en el designio teleológico marxista.

Este apartado lo cerramos con la convicción científica que Dalton sugiere como única vía epistemológica ante el problema teórico que conflictúa a la intelectualidad de izquierda:

el método de analizar marxistamente nuestra realidad, por otra parte, es el único que sirve para nuestros problemas, y hará de la revolución cultural de los primeros años de la URSS, de la reciente Revolución Cultural China (en los aspectos estrictamente culturales que nos interesan aquí), fenómenos dignos del nivel comparativo, pero nunca puntos de partida, modelos para la imitación (Dalton, 1969: 18).

Valoración que expone con claridad su comprensión sobre las diferencias entre los dos campos de acción: una cosa es estudiar y comprender las experiencias de otras latitudes inspiradas en los principios marxistas-leninistas; y otra cosa es la interpretación desde Latinoamérica, que a juicio de Dalton debe experimentar una nueva forma de construir e implementar la revolución.

  1. El problema del intelectual en el nuevo esquema: ¿el oficio de escritor y de artista ha sido un oficio burgués o proburgués?

En lo referido a Dependencia y superestructura, Vasconi señala que un enfoque dialéctico no puede reducirse a un materialismo mecanicista, y además, en el comunismo desaparecerá el fetichismo de la economía y el carácter sofisticado del trabajo; serán eliminados así mismo los trabajos físicos pesados (...) pero la estructura económica como fundamento de las relaciones sociales seguirá conservando su primacía (1975: 54). Mientras Vasconi describe las relaciones de dependencia y subdesarrollo desde la panóptica del científico, Dalton ejercita desde ejemplos concretos y desde donde se implementan las medidas

cuando la Revolución cubana puso la industria editorial en manos del pueblo, y liquidó el pago de los derechos de autor, hizo desaparecer las bases reales que hacían del producto intelectual una mercancía, sentó las bases de algo que algunos escritores cubanos no comprenden del todo todavía: el tipo especial de dignificación de la tarea creadora de bienes espirituales que la Revolución cubana propone (Dalton, 1969: 12).

La problematización desciende hacia aspectos más concretos. En lo referido a la organicidad y función del intelectual, más que de continuar hablando sobre la relación imperialismo-dependencia-subdesarrollo. Para Portelli las capas medias e inferiores especialmente, el origen social es secundario y el vínculo orgánico depende de la estrictez de la relación entre el intelectual y la clase que representa: se podría medir la ‘organicidad’ de los diversos estratos intelectuales y su conexión con un grupo social fundamental, fijando una gradación de las funciones y de las superestructuras de abajo hacia arriba (1978: 96).

 En teoría, la emergencia de la intelectualidad en América Latina del Siglo XX se enmarca en esta lógica. El hecho de contraponerse al poder de una burguesía local y de establecerse una lucha de clases, que en teoría es burguesía-proletariado, las dirigencias generalmente era comandada por cuadros de intelectuales provenientes de las universidades o profesionales. Como bien reconoce Vasconi esta dinámica en el caso latinoamericano, cuando al analizar las transformaciones operadas en el ámbito interno de las sociedades dependientes el conjunto de estas transformaciones estructurales fue provocando la emergencia de sectores medios relativamente numerosos y crecientes (...) y es de esta fuerza política de donde va a surgir la primera impugnación a la legitimidad del orden ‘oligárquico-tradicional-liberal (1975: 72).

Este problema Dalton lo enfoca en dos ámbitos específicos, el primero se basa en el caso comparativo de la revolución cubana y los intelectuales latinoamericanos residentes en la isla agravado porque nosotros mismos, los escritores y artistas (...) somos producto de la sociedad burguesa. Hablo de los escritores latinoamericanos y de los cubanos de mi edad (...) hemos gastado abundante saliva y papel en declarar que escribimos para el pueblo. Esa aclaración en nuestros países ya habla por nuestra ubicación clasista (1969: 15).

Es clara la dualidad que encara en relación al “ser intelectual” y “al deber ser” que la condición de revolucionario le exige. De esta realidad concreta que se vive en la revolución consumada, traspola el conflicto a un nivel donde simplemente se gesta un movimiento, “el cual se tiñe de retórica en el resto de países, porque hasta la fecha, la inmensa mayoría, la casi totalidad de nosotros hemos sido burgueses y hemos escrito para la burguesía. Cuando hemos llegado a sectores amplios del pueblo ha sido generalmente por medio  del populismo, o sea, que hemos llegado al pueblo, históricamente, mal” (Dalton, 1969: 16).

De la misma forma construye un contrapunto entre los casos de la revolución real, cuando considera que “aceptar el origen clasista no revolucionario del escritor, del artista cubano promedio, el carácter eminentemente burgués de sus actuales instrumentos expresivos, nos evita muchos eufemismos” (Ibíd.: 18), e inmediatamente rescata de la debilidad señalada una idea optimista que incita a establecer una ruptura con las amarras, que heredaron algunos intelectuales, de privilegios anteriores y que se refugian en un discurso que les posibilita continuar sosteniendo el statu quo para la revolución en proceso, porque  “las proposiciones de la revolución están embarazadas de futuro y muchos de nosotros seguimos ostentando patéticamente demasiadas fidelidades al pasado, nuestro peor enemigo en el fondo” (Ibíd.: 14).

En una palabra, la condición del intelectual desde la perspectiva de Dalton no debe limitarse a dirigir el proceso, ni tampoco a administrar los bienes simbólicos y políticos, la razón de ser de este segmento de la sociedad debe asumir desde ‘la praxis’ en el trabajo y en las labores que exige la revolución el proceso de reelaboración artística y sobre todo de teorización que exige la realidad porque

la inserción lógica del intelectual de la revolución está dentro de esa labor que hay que cubrir para hacer aprensible el paso de la actividad del constructor del socialismo en la conciencia lúcida de sí mismo. Se trata de “una labor elaborativa”, básica para que el proceso actividad-conciencia tenga una continuidad siempre ascendente en la confrontación con la realidad en transformación (Dalton, 1969: 20).

En el punto de llegada expone dos posiciones que transitan del compromiso revolucionario a la ética. En un primer plano propone que “el intelectual sobre la base de una experiencia muy bien asimilada en Cuba que tuvo como propósito fundamental el evitamiento-desde-el-primer-momento de la aparición del burocratismo, la Revolución aquí propuso y propone a sus escritores “el baño social”, el sumergimiento en el trabajo y en la vida (Dalton, 1969: 13).

En la misma tónica refuerza su propuesta cuando a pesar de ser un intelectual asume el discurso desde la visión de sujeto y  formula como intelectual asumir el compromiso de llevar la teoría y la conciencia revolucionarias al seno  de las clases explotadas. En síntesis: “en la praxis revolucionaria, el intelectual, como categoría histórica incompleta ante el progreso y el ahondamiento de la complejidad social, se realiza como hombre nuevo, como hombre integral: unidad de teoría y de práctica revolucionaria” (Dalton, 1969: 23).

Después de este manifiesto ensayístico de Dalton, valoraré otro manifiesto Daltoniano pero en el campo de la narrativa, específicamente en su novela póstuma Pobrecito poeta que era yo. Es harto conocido que el realismo social encontró su futuro en el neorrealismo y en el caso centroamericano en lo que conocemos como literatura testimonial; en el que los autores afirman que sus relatos son el reflejo vivo de la realidad. Este cruce, en el caso centroamericano, desencadena una serie de reacciones estéticas, cuya hibridación arquitectónica  quizás sea inédita; por eso Magda Zavala cree que

En la novela testimonial asistimos a un juicio y los testigos aseguran que su declaración es la versión verdadera y subterránea de los hechos. Se cuenta el dolor y la represión en sus detalles más violentos. Los personajes tienen calidad de víctimas y testigos a la vez; el lector no está a salvo. Los personajes nada tienen de <<novelesco>>; son gentes comunes en la vida de todos los días (Ibíd.: 98).

Por tanto resulta imposible desvincularlos de la realidad política, la militancia ideológica y sus respectivos componentes denunciadores y comprometidos; los cuales generan dos reacciones hacia ellos, por un lado la persecución y las nulas posibilidades de circulación; por otro una producción y lectura clandestina de los textos, que de manera inmediata resultan consagrados por  instituciones y comunidades académicas de reconocido prestigio, representantes del canon del momento.

Los acontecimientos tienen una ubicación temporal precisa; sin embargo el hecho literario es el resultado del cruce entre los extensos antecedentes y el presente de la producción literaria. Magda Zavala cierra su estudio  y expone que la novela posmodernista, testimonial y carnavalesca que aparece simultáneamente en El Salvador y Guatemala entre 1976 y 1979 mezcla intenciones estéticas e ideológicas que aprovechan al mismo tiempo las experiencias mundial, latinoamericana y centroamericana contemporáneas. Del posmodernismo se asumen sus ideologías estéticas y valores relativizadores y críticos; del testimonio la necesidad de documentar la historia subterránea de miseria, guerra y muerte de la región y del carnaval su poder estético e ideológico para conjurar la muerte y la noche y dar un sitio a las esperanzas de vida jubilosa. Se reconoce en Pobrecito poeta que era yo de Roque Dalton la novela más representativa de esta tendencia (Ibíd.: 381).

La novela de Dalton simboliza uno de los orígenes de la producción novelesca que, paradójicamente,  resiste (como propuesta de corte ficcional) a la preeminencia de la narrativa testimonial, además su distanciamiento con el hiperrealismo recobra vigencia en el periodo posterior al de la pujanza del testimonio, es decir el presente de posguerra civil centroamericana.

            Para Héctor Leyva, otro estudioso de la narrativa de los procesos revolucionarios, la premisa inicial es que a pesar de la diversidad en la producción novelística centroamericana, la narrativa revolucionaria muestra haber sido una de las más significativas dentro de este contexto latinoamericano,  por lo tanto, coinciden, histórica y en muchos aspectos literariamente con las características del post-boom y tendencias de la literatura del momento (Ibíd.: 76); pero, como ya ha sido señalado, en Centroamérica esta constante (coincidencia) se fragmenta producto de la perturbación que causa la violencia de la represión en la vida de los jóvenes, quienes utilizan la creación narrativa para denunciar el asunto. Este planteamiento ofrece algunas “claves” para entender que durante el periodo de guerra civil centroamericana, en el que la narrativa testimonial alcanzó un auge sin precedentes, también se registran otras expresiones narrativas.

         Héctor Leyva identifica en la narrativa de este periodo la existencia de una digresión significativa a la que denomina novela disidente centroamericana, la cual produjo un giro ideológico que transformó el optimismo revolucionario en frustración y desesperanza; sin embargo, aunque compartían un espacio cultural y procedían de orígenes comunes,

estas novelas surgieron del meollo de los conflictos de esta narrativa: de las fricciones entre los individuos y su inmediata circunstancia histórica. Si en las novelas de guerrilleros los problemas surgen de la participación de los personajes en los acontecimientos de la lucha revolucionaria, en las novelas disidentes surgirán de su ruptura con esa lucha (Ibíd.: 79).

Relatos que presentan de forma más franca las tensiones que se producían entre la realidad y las ideas. Dicho sea de paso, no se puede aseverar que esta serie novelística pretendiera abjurar contra el movimiento revolucionario; pero dejaba al descubierto conflictos y desafíos, tanto ideológicos como de implementación del proyecto revolucionario.

         En la década de los ochenta las novelas de guerrilleros comenzaron a disminuir, ante la expansión de las narraciones testimoniales; es decir que el discurso comprometido es sustituido por la narración de la militancia activa, convirtiéndose en un desplazamiento más allá de lo formal, en reivindicación de lo ideológico. Por eso no resulta casual que en esta misma década la narrativa testimonial centroamericana alcance un apogeo de excepcionales proporciones, conquistando de nueva cuenta un espacio entre la literatura latinoamericana y los más altos reconocimientos que esta expresión literaria y cultural pueda merecer, al ser consagrada en repetidas ocasiones con el premio Casa de las Américas.

            El encuentro de sujetos sociales diferentes en una lucha común propició la articulación de estos elementos en los relatos. No es resultado de la casualidad que en el testimonio la voz del intelectual sea la que medie las experiencias de los marginados en los frentes de guerra, la vida clandestina y las grandes gestas de la lucha social anónima; de ahí que –nos dice leyva- junto a los testimonios de campesinos, obreros y combatientes, aparecieron novelas testimonios como las de Manlio Argueta, sobre la participación popular en la lucha revolucionaria (1995: 228). Originando otra forma de relato más híbrida y más libre.

En años muy tempranos para ese tipo de discusión, en Centroamérica aparecieron voces disonantes, aún formando parte del mismo proyecto político y estando en sintonía con la temática testimonial; unos seis años antes de que iniciara la guerra en El Salvador, Roque Dalton incluyó en su primera novela una voz extrañamente reveladora, que en buena medida clarifica el dilema por el que atravesaban los escritores comprometidos tanto con la revolución social, como con la revolución estética.

A pesar de que se trataba de un asunto político y “debiera” deliberarlo en círculos restringidos, el poeta lleva el conflicto al campo de la narrativa, a tal grado que en Pobrecito poeta que era yo, uno de sus personajes argumenta que

La esencia del realismo es melodramática. Eso es lo que me aterra del marxismo y los marxistas: no son la unidad del talento y doctrina en que yo había pensado. Una de dos: o dejan muchas cosas en el tintero por razones de conveniencia o sobre llevan el contrasentido de ser los ciegos que hablan siempre en nombre de la lucidez. Aferrarse al realismo, jugarse la literatura a la carta del realismo me parece a mí de una torpeza excesiva. Comprendo el acto absolutamente político de incorporar a mi equipo al deportista que de estar en el otro sería la causa de nuestra derrota (1976: 294).

Y abre así una fisura en pleno renacimiento “interesado” del realismo centroamericano. El escritor salvadoreño que se había movido en los dos terrenos (la lucha armada y el trabajo intelectual) se desmarca, desde la militancia estética, del uso utilitario de la literatura y sobre todo, de las coerciones hacia la libre utilización de la palabra en el proceso creativo, trayéndole las consecuencias ya conocida por todos.

A manera de conclusión

La formación discursiva donde se ubica la propuesta de Roque Dalton se enmarca en la reivindicación del compromiso político a ultranza, que simultáneamente reclama la producción estética de calidad;  porque si bien es cierto toma como fundamento epistemológico el materialismo histórico y el leninismo, también incluye las particularidades de la diversidad e “identidad” del ser latinoamericano –hombre nuevo– que se edifica a partir de la revolución cubana y, la voz latente del poeta, articula un manifiesto que reivindica el compromiso, sí y sólo sí, la producción estética sea el resultado del trabajo estético, ético y hermenéutico del sujeto.

También subyace un ejercicio para establecer la relación sujeto-superestructura y al mismo tiempo, sujeto como producto cultural: de clase. En esa misma dirección opera la categoría cultura vinculada al proyecto político revolucionario, a tal grado que sugiere al intelectual convertirse en “constructor creativo” de la cultura. Es claro que no perfila el análisis a partir de estudios de la cultura, ni mucho menos desde los muy de moda estudios culturales. Sino que se enmarca en la concepción moderna de la cultura: emparentada con el proyecto político revolucionario socialista; utilizada como instrumento ideológico desde la transformación estructural de las sociedades y no como un simulacro provinciano de mal gusto.



* Ponencia 34º aniversario Roque Dalton

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