Creado en 22 Marzo 2010
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Por Aurelio Alonso*

Prólogo al primer volumen de “Imperialismo y revolución en Centroamérica”.

 

El texto que el lector tendrá ante su vista tras estas líneas introductorias constituye el primer volumen de las notas que Roque Dalton dejó redactadas en 1973 para un ensayo cuyo título había decidido ya: Imperialismo y revolución en Centroamérica. Esta primera parte, El aparato imperialista en Centroamérica, se refiere, como su nombre lo indica, a las estrategias de dominación neocolonial en la región en su conjunto, y por su carácter más general, tal vez el autor la dejó ordenada en notas —cincuenta y cuatro en total— con vistas a regresar sobre ellas antes de publicarlas. La segunda parte, El Salvador en la revolución centroamericana, se concentra en la experiencia de su país, vivida por él con intensidad y sentido genuino de la militancia.
El lector puede preguntarse con toda legitimidad por qué publicar ahora un análisis del imperialismo escrito hace ya más de un cuarto de siglo, o hallar razón suficiente en el propósito de completar la edición de los ensayos políticos de Roque, posiblemente tan relevantes como su poesía. Sin embargo este texto, que podría caracterizarse como un estudio de coyuntura, contiene valoraciones ante las que llama la atención que hayan sido formuladas tantos años atrás, pues muchas de ellas preservan una actualidad impresionante, y son indispensables para la comprensión de los resortes contemporáneos de la dominación y la búsqueda de horizontes alternativos.
La experiencia guerrillera se expandió después del triunfo de la Revolución cubana, y parejamente a ella, la ingeniería contrainsurgente del imperio como poder de contención represiva, probado ya a escala local contra los movimientos liderados por Augusto C. Sandino, Farabundo Martí, Jacobo Arbenz, y otras expresiones de rebeldía en Centroamérica, región que ha permanecido como su más cercana esfera de influencia dentro de una periferia en plena formación.
El asesinato del Che en Bolivia en 1967 se convirtió en un signo de la imposibilidad de reproducir la experiencia guerrillera con éxito en el sur del continente. Que fuese precisamente el Che quien sufriera ese revés devino argumento para aceptar que el camino se había cerrado, aunque el largo plazo demostraría que lo que se daba por cerrado con él, mucho más allá del uso del fusil, su muerte acabaría por abrirlo. También el inesperado movimiento revolucionario de los militares peruanos encabezados por Velasco Alvarado en 1968 se apagaría pocos años después bajo la conducción de su sucesor, Morales Bermúdez; y el Gobierno de Unidad Popular que Salvador Allende trató de encauzar desde la presidencia ganada en las urnas fue brutalmente aplastado por el golpe de Pinochet, devenido paradigma de fascismo neocolonial bajo la sombrilla de Washington. En el resto del cono sur las dictaduras militares hicieron pagar con sangre, desde entonces, cualquier sospecha de oposición.
Quedó demostrado que no se trataba de un problema de inviabilidad de la lucha armada, sino de que la violencia imperialista se iba a interponer ante cualquier camino alternativo, partiera de las armas, de la resistencia pacífica, del interior de las fuerzas armadas, o de la vía electoral.
En la década de 1970 el escenario de la confrontación armada antiimperialista se logró sostener solamente en la América Central, donde la victoria alcanzada en 1979 coronaría la larga lucha librada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua, al tiempo que en Guatemala y en El Salvador se mantuvo con intensidad la contienda durante los años setenta y ochenta. Mientras tanto, Omar Torrijos hacía emblemática la defensa de la soberanía panameña al lograr la firma de los acuerdos de devolución del Canal, y también moriría poco tiempo después en un sospechoso accidente aéreo.
Roque Dalton, que encontró la muerte, como muchos esclarecidos luchadores de la izquierda latinoamericana de entonces, en el camino de las armas, asesinado, como lo fue el Che, dejó en esta obra inconclusa una reflexión certera, articulada y enjundiosa de aquella etapa en la región centroamericana. Roque fue sin duda uno de los grandes intelectuales de su generación, poeta y narrador, premio Casa de las Américas de poesía de 1969 con Taberna y otros lugares, autor de, entre muchos otros libros, El turno del ofendido y Las historias prohibidas del Pulgarcito, y maestro, como pocos, en el uso de una sutil ironía como arma para desnudar la injusticia, la opresión, la maldad y el error.
Miembro del partido comunista de su país desde los veintidós años de edad, conoció desde dentro las vacilaciones, los dogmas y el sectarismo que padecieron todos los partidos comunistas del continente, y los enfrentó, como militante, sin claudicar nunca de los objetivos revolucionarios. Roque Dalton, como es sabido, no se limitó a la poesía y la narración literaria, sino plasmó su reflexión revolucionaria en la ensayística que una muerte temprana interrumpió. Sus últimos libros están atravesados por una lectura de la realidad fuertemente arraigada a la línea de pensamiento que vincula a Lenin con el Che Guevara y con Fidel Castro, más que a un modelo definido en el plano doctrinal, al pensamiento que se plantea como inseparables la confrontación con el dominio imperialista y la lógica del capital, y una crítica consistente del reformismo en el seno del pensamiento comunista. «Excluimos también la visión exclusivamente tacticista, es decir, politiquera, que en nombre del “marxismo prudente” pretende enfrentarse a los hechos dejando fuera a la revolución» nos dice sin matices.
Roque recorre la aventura de dominación norteamericana desde las campañas de William Walker, que es sabido que gozaron del patrocinio imperial hasta que se mostraron insostenibles y el imperio giró hacia la política de manejo del traspatio de corte neocolonial, hechura de Washington, en la cual las oligarquías locales aliadas sirven de enmascaramiento al sistema de dominación foránea. Descarta así del todo el intento de identificar una burguesía nacional con intereses propios, diferenciados del capital transnacional, con la cual se pudieran establecer alianzas en busca de soberanía económica. Como única diferencia señala Roque la que observa en torno a la distinción del partner indígena. «Para las burguesías nacionales –nos dice– los indígenas son los indígenas reales, pero para el capital transnacional los indígenas son las burguesías locales, aunque de indígenas no tengan nada. Y los indígenas reales ni existen».
Diferente de su modelo en Puerto Rico o en Filipinas, estas relaciones de poder harían de la intervención militar un hecho casuístico, supuestamente anómico, forzado por las circunstancias. En efecto, la intervención solo se utiliza en esta modalidad de dominación cuando las relaciones de poder se ven en peligro o cuando los dominadores sienten la necesidad de recordar quién manda, pero no cabe duda de que, como toda relación de poder, se da siempre en la misma dirección.
No corresponde al prólogo recorrer todos los vericuetos de un libro que, sin ser extenso, es rico en aristas. Después de acudir a glosas extensas, valiosos testimonios y artículos especializados, Roque se concentra en el tratamiento de aspectos económicos, políticos, militares e ideológicos de la dominación, característicos para la región en su totalidad. Me voy a detener en el tema de la guerra, al cual se dedican muchas páginas en este libro.
Roque caracteriza la guerra como un conflicto derivado de la lógica del propio sistema capitalista centroamericano, desarticulado e incapaz de unirse frente a la dominación imperial. Desde los Estados Unidos había cobrado fuerza, después de la victoria de la Revolución cubana y de la impotencia para revertirla por vías convencionales, el concepto de «guerra especial». Roque la analizó en el contexto centroamericano y también tuvo ocasión en otros textos de valorarla en algunas experiencias del sur del continente. No vivió para ver la derrota completa del imperialismo en Vietnam, pero logró reconocer su fracaso y las señas de atascamiento que allí sufrió la «guerra especial». Años después, en la Guerra del Golfo, quizás por vez primera, con el uso de «armas inteligentes» aparecía la variante de «guerra sin pérdidas» para la parte del león en el conflicto.
Para la teoría de la revolución la guerra no era un objetivo en sí misma. Se planteaba en los sesenta y los setenta la inexistencia de vías legales para el acceso del pueblo al poder en la América Latina. Era cierto, no las había entonces, y lo demostraba la vulnerabilidad de cualquier Gobierno que no se sometiera al diseño de dominación marcado por los intereses asociados del imperio y los oligarcas locales. Difícilmente se pueda citar uno solo que no haya sido desmontado por medio del golpe militar. Roque lo analiza con claridad.
Hoy, en un escenario distinto, en el cual el auge democratizador ha demostrado la posibilidad para los pueblos de imponer a sus mandatarios, también se ha creado un clima de contención de los militares. Por tal motivo el curso que tome el conflicto hondureño generado por el derrocamiento militar del presidente Zelaya conduciría, en el peor de los casos, a un retroceso estratégico a nivel continental. Es interesante que el autor haya glosado un artículo de Susanne Jonas publicado en Nacla Newsletter, en el cual recuerda cómo en 1963, cuando el golpe militar al Gobierno legalmente electo de Villeda Morales en Honduras, Kennedy decretó la suspensión de los programas de ayuda al Gobierno golpista que después logró establecerse.
Roque deja en estas líneas un análisis excepcional del conflicto armado de 1970 entre Honduras y El Salvador que la prensa bautizó, despectivamente tal vez, como «guerra del football». Advierte que si atendemos a las versiones oficiales de los Gobiernos, en esta guerra, que duró seis días, no hubo perdedor: «Los Ejércitos ganaron la guerra, ambos tenían que ganar la guerra para poder seguir planteando la guerra contra los pueblos», aun si los intereses zonales del imperialismo necesitaban, y obtuvieron, la victoria de El Salvador. Lo necesitaban para prestigiar al Ejército local, ya en conflicto con un movimiento guerrillero que ganaba fuerza. En tanto, analiza Roque, Honduras traducía su debilidad estructural económica en la debilidad de sus fuerzas armadas (país poco poblado, de acentuada pobreza, mal controlado militarmente, montañoso, desintegrado en zonas económicas dispersas, ubicado entre los dos países donde el conflicto revolucionario había alcanzado los niveles más altos: Guatemala y Nicaragua): «una montaña entre dos movimientos guerrilleros» la llamaría entonces Roque. De aquel conflicto surge precisamente la coartada del «peligro salvadoreño» para justificar la modernización del aparato militar en Honduras de cara al avance del sandinismo.
La pobreza en Honduras no ha sido resuelta ni mitigada, pero la oligarquía hondureña se afianzó y las fuerzas armadas del país, sostenidas con el apoyo de los Estados Unidos, son más organizadas, entrenadas y eficaces en la represión que en los tiempos en que Roque escribió.
otro tema que merece atención es el de la integración económica, que recuerda ha sido impuesta como lo que llama «armazón de explotación diferenciada». Vista desde finales de la Segunda Guerra Mundial como un esquema subalterno a los intereses imperialistas, reporta una larga cadena de frustraciones, que aborda a través de la crítica del Mercomún como instrumento del imperialismo. La obligación de las organizaciones revolucionarias centroamericanas «[…] es plantear a las masas un programa que signifique una alternativa de desarrollo, contra la dependencia y la actual explotación clasista […] En definitiva será el socialismo el sistema que hará posible una integración auténticamente popular». Roque pudo observar los primeros signos de pérdida de operatividad del proyecto del Mercomún con la complementación por otros supuestos instrumentos de integración, todos los cuales con posterioridad se desvanecieron progresivamente en el curso de la implantación de los esquemas del nuevo pacto del capital impuesto dentro del modelo neoliberal. Previó, a pesar de no llegar a vivirla, la involución de las economías subalternas en el pacto comercial neoliberal cuando intuyó: «[…] ni siquiera desarrollo dependiente sino enclave: América Central como zona franca», y le opuso, como propuesta, «una integración basada en la liberación nacional y la perspectiva socialista».
Debemos recordar también que en su tiempo son las inversiones y los movimientos de capital que se presentaban en la fase de la dominación monopolista, constituían el elemento central de la articulación de las economías periféricas con el centro imperialista, en tanto la deuda externa no se ha convertido en lo que hoy es. De modo que el análisis de la realidad de la época hace que se caracterice el nivel de dependencia a partir de las inversiones, y esto es correcto en la relación que prevalecía: no había llegado todavía la época de la burbuja financiera y los paraísos fiscales, la época en que se hizo posible mover grandes masas de capital sin producir un alfiler, pero no escapaba a su vista lo que tocaría a la América Central en ese mundo por venir.
No es posible detenerse, en el prólogo, en la totalidad del recorrido realizado por el autor, que atiende cuidadosamente también el control de los medios masivos de comunicación como instrumento de dominación por parte del imperio y de las oligarquías subalternas. Sobre la prensa plana glosa un estudio de Leonardo Acosta, y sobre la televisión otro de Armand Mattelart, así como se refiere especialmente a la radio como medio de «imposición hegemónica», ya que «no todos pueden leer pero todos pueden oír».
Observa también desde entonces, en el campo religioso, la división dentro del catolicismo y la influencia positiva de «un clero progresista nacional y extranjero», al tiempo que constata la influencia norteamericana por la vía del crecimiento de mormones y testigos de Jehová: en otras palabras, la religiosidad manipulada, , con propósitos hegemónicos desde los centros imperialistas, en confrontación con el mensaje de rebeldía del evangelio que había comenzado a expandirse en el continente y en particular en el contexto centroamericano.
En las líneas finales subraya que ha intentado «[…] una visión [que sabe limitada y parcial] del aparato de dominación y explotación del imperialismo en Centroamérica, y de la propuesta nacional que el imperialismo hace a los pueblos centroamericanos en forma tan instrumentadamente coercitiva». El subrayado de la propuesta nacional es suyo y con ello advierte al lector contra un relato meramente descriptivo.
La visión de la región como un todo prevalece en el análisis de las estrategias del imperio, aunque en una de sus notas finales aclara que el manejo de la situación en Panamá y Costa Rica no lo ha podido abordar aún y queda pendiente, junto a otras profundizaciones necesarias en aspectos económicos, jurídicos y otros. Estas lagunas, aunque dan cuenta de que estamos ante una obra inconclusa, no afectan, sin embargo, el alcance de su perspectiva integral.

 

*La habana, 2009

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