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Creado en 14 Febrero 2015
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Dalton y la reescritura de la historia de la independencia (Parte II) - Tesis Dr. Rafael Dueñas Universidad Estatal de Nueva York

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Creado en 22 Enero 2015
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Por: Dr. Rafael Dueñas

Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook

 

 

Dalton y la reescritura de la historia de la independencia

 

No es necesario jurar que lo que narré

es un hecho realmente ocurrido…

“Dos retratos de la patria”

 

 

 

            Debido a la canonización de ciertos moldes epistemológicos, uno de los problemas más atacados por la crítica contemporánea es hablar directamente sobre la construcción de una nación a través de los presupuestos ofrecidos por la historia. De hecho, casi siempre cuando se hace un análisis crítico los términos “nación” e “historia” parecen luchar entre sí para luego pasar a ser parte de aquellos vocablos que son substituidos y referidos únicamente de forma indirecta.             De antemano hay que decir que, de acuerdo con lo dicho, este ensayo es una paradoja. Primero, con él se desmonta la idea de que ésta es la historia salvadoreña; la historia “oficial” como luego veremos. Segundo, contradice algunos presupuestos del autor que busco analizar: Roque Dalton y la reescritura de la historia salvadoreña. A medida se vaya desarrollando el tema se harán obvias las contradicciones que nacen sin que casi siempre se tenga una respuesta satisfactoria a las circunstancias propuestas por Dalton.             La re-escritura de la historia salvadoreña por parte de Dalton está proyectada en dos planos que por lo general se confunden: el historiográfico y el estético. El primero se refiere a los eventos ocurridos y que son trascritos como historia; donde el mito, siempre entendido como contrario a la historia, forma parte de todo el sistema epistemológico. El segundo toma matices no solamente ideológicos sino también creativos debido a que dentro de éste la historia se convierte en un juego que tiene que descifrar el sujeto histórico: el lector, individuo que como veremos luego es un “sujeto imaginado” que funciona como un lector potencial (normalizado) para la desvelada nación.             ¿Por qué re-escritura? Prefiero utilizar este término debido a que éste implica la exposición de un doble plano de representación. El prefijo revela una suerte de “restitución” de la base, en este caso la ya escrita historia salvadoreña. Además, implícita está la negación de la base sobre la cual se ha escrito la historia salvadoreña. Por otra parte, también implica estar consciente de ella para poder derivar “Otra” historia: aquélla no dicha por miedo a represalias por parte del sistema establecido. La re-escritura de la historia salvadoreña es entonces, el desvelo de años de “historias prohibidas” por parte de los grupos de familias que se han apropiado del poder político y económico. Así para Dalton, la reescritura es la historia de la cultura salvadoreña.             Como mencioné anteriormente, con Dalton las contradicciones se vuelven parte del sistema hasta el punto de que se resisten a cualquier encajamiento teórico. Sobre esto nos advierte Javier Alas que “el opus poético de Roque Dalton, y por ello, Roque Dalton mismo, ofrece resistencias a cualquier anagnórisis” (14). La resistencia a la teoría es un elemento esencial para cualquier análisis de su obra y persona, por lo que se puede señalar que el elemento generador de esa combinación es la contradicción. Bajo este planteamiento, ¿cómo lleva él a cabo su proyecto de reescritura de la historia salvadoreña?             En Las Historias Prohibidas del Pulgarcito, Dalton escribe que “no existen los «misterios de la Historia»,” puesto que solamente

 

existen las falsificaciones de la Historia, las mentiras de quienes escriben la historia. (212)

 

 

 

Con esa declaración él propone que “las historias prohibidas” se reescriban como “las verdades” de la historia salvadoreña. Leonel Menéndez advierte que el proyecto de Dalton es “de(s)velar las mentiras de la historia, desenmascarar los mitos fabulados por los voceros de las clases dominantes y sus aliados” (Recopilación, 437). Su rebeldía le nace al darse cuenta de que los voceros de la historia oficial “prohíben” que ciertas verdades sean dichas y escritas. Muchas veces insistió en que nacimos bajo el seno de una gran mentira, la cual se inventó para cubrirle el rostro a la conciencia histórica de los individuos que forman la cultura pulgar salvadoreña. A través del encubrimiento se ha logrado desfigurarle la identidad cultural al sujeto social salvadoreño, objetivo que se plantearon conscientemente los rectores del poder de las clases dominantes.

            Un elemento crítico que debe considerarse sobre la obra de Dalton (especialmente su poética) es que nos ha ayudado mucho a todos en el planteo de los problemas sobre nuestra identidad cultural salvadoreña. De hecho, me gustaría rescatar la valiosa reflexión de John Beverly, quien ha visto en la obra de Dalton “la creación de una cultura nacional popular” (Citado en Otros Roques, 24). Por otra parte, deseo alejarme de la persistente asociación de querer vincular lo popular con la izquierda guerrillera, ya que Dalton tampoco se arraigó fielmente a los credos de ésta. Prefiero pensar que, a diferencia de muchos de los escritores latinoamericanos de su tiempo, él tiene como proyecto desvelar la identidad cultural que ha sido enmascarada por las mentiras de la historia escrita por la oligarquía naciente del colonialismo. Esa “identidad” sólo será desvelada, nos asegura Dalton, “cuando se escriba la verdadera historia de nuestra cultura” (Las Historias Prohibidas, 110). Para explicar su posición hablaré de la formación de El Salvador desde los movimientos de independencia al inicio del siglo XIX y cómo él rastrea esa identidad desde esos movimientos, ilegitimando la fachada hueca que se ha impuesto por sobre “la verdadera historia de nuestra cultura.”

            Dalton, en su monografía El Salvador se pregunta, “¿cuáles son los orígenes del pueblo salvadoreño? ¿Qué características especiales tuvo El Salvador, la conquista y la colonización española? ¿Cómo luchó el pueblo salvadoreño contra el dominador español? ¿Cómo obtuvo su independencia y cómo consolidó la república?”(9). Quiero proponer que su proyecto de reescritura, que viene a ser “la verdadera historia de nuestra cultura,” se puede dividir en tres partes. Primero, una crítica colonial que constituye la identidad cultural a través de los grupos étnicos que radicaban en la zona cuzcatleca. Segundo, una crítica neocolonial que postula una revisión general del desarrollo de la independencia bajo la cual se puede descubrir cómo la oligarquía se consolidó explotando al pueblo trabajador. [1] Por último, una crítica imperial derivada de su crítica al neocolonialismo que tiene como fin desvelar cómo Estados Unidos pasa a ser la nueva señora de las tierras cuzcatlecas, y por qué no decirlo, del mundo.

            Aunque la referencia a la formación de una identidad cultural desde sus raíces indígenas, y por ende la construcción de la sociedad salvadoreña, es persistente en la obra de Dalton, su presencia es más de enunciación que de postulación. De hecho, su insistencia sobre una problemática indígena dentro del contexto cuzcatleco nace de su crítica al colonialismo, y no para sobresaltar algún problema en específico, puesto que en su crítica él señala que durante este período “los indios de El Salvador se encuentran sometidos como el resto de la población rural y suburbana a la más inicua explotación” (El Salvador, 17-18). Por esto mismo, y como veremos más adelante, “no existe, pues en El Salvador un problema indígena específico... (lo que) existe simple y dramáticamente (es) el anacrónico atraso y subdesarrollo que impone la estructura semifeudal”(Ibid) que nace con la conquista y se implanta con el neocolonialismo.

            Dalton utiliza el tema de los indígenas para resaltar el espíritu de lucha que éstos presentaron durante el tiempo de la colonización y la neocolonización, para luego pasar a ser explotados por el aparato político y económico de los terratenientes, bajo la cobija del imperialismo estadounidense. Fernando Heredia afirma que su aporte debelador radica en que a través de la exposición del indio, Dalton “saca a luz el elemento tan principal de la cultura nacional que es la rebeldía popular” que siempre nos ha caracterizado como identidades culturales (Recopilación, 178). Esta idea la podemos ver claramente cuando leemos las cartas que Dalton cita textualmente de don Pedro de Alvarado, conquistador bajo las órdenes de Cortés, nombre(s) que cuando se prenuncia(n) “sólo existe, digámoslo, el miedo” (Los Testimonios, 75). Al citar las cartas se puede apreciar la capacidad creativa de Dalton debido a que toma un texto “oficial” y es capaz de transgredir el espacio que prohíbe que se sepa que, antes de ser derrotados por el sistema colonial, los pipiles lucharon tenazmente por no doblegarse al proceso de evangelización.             A través de la violencia que resistieron los aborígenes, Dalton quiere demostrarnos que

 

Los Pipiles que no comprendieron la cruz y la cultura más adelantada y no quisieron agachar la cabeza frente a la Corona de España y se alzaron en la sierra con las armas en la mano contra el conquistador. ... se negaron a coexistir pacíficamente con el Encomendero en el seno de las encomiendas y los repartimientos.                                                                                                   (Poemas Clandestinos, 98)

 

 

 

De esa manera, el salvadoreño, desde lo más profundo de sus raíces culturales, no se da a vencer, pues históricamente siempre ha luchado en contra de aquello que lo oprime. Leonel Menéndez señala que en sus textos podemos ver cómo Dalton insiste en que “el pacifismo y el legalismo son otras de las armas que no pueden” seguir utilizándose para explotar al pueblo; de otra manera, siempre “termina ganando la oligarquía” (Recopilación, 436). Debido a que en El Salvador la oligarquía siempre ha apaciguado la “resistencia” exaltada por el pueblo, él propone que “deberían de dar premios de resistencia por ser salvadoreño” (Las Historias Prohibidas, 216). Es por medio de la huella de la resistencia que se puede aseverar que la historia oficial ha mitificado al salvadoreño como un “sujeto pacífico,” sublevado al sistema que le ha enseñado a ver sus desgracias como algo providencial. Además, bajo ese mito Dalton encuentra que al salvadoreño se le ha hecho creer que la naturaleza ha destinado el futuro: su desgracia es obra de Dios.

            El tema de la religión es una fuente de crítica incesante que Dalton utilizará para “desmentir” e ilegitimar el proyecto de independencia ocurrido en El Salvador. En su crítica podemos observar que el aparato eclesiástico, durante las insurrecciones que culminaron con la independencia, no sirvió más que como un instrumento “adormecedor de las rebeldías indígenas” (El Salvador, 34). Su propuesta nos lleva a especular sobre el dominio que tenían los de la iglesia debido a que él encuentra que “la conciencia de las masas rurales y urbanas era deformada a su antojo por la Iglesia Católica... (De hecho) el papel... que los frailes jugaron en la época de la conquista se desarrolló, se amplió y se sistematizó en la época colonial hasta cubrir, con su acción, a todos los sectores explotados por el imperio” (El Salvador, 33-34).

            A diferencia de la historia oficial aquella que nos han hecho creer los voceros de las clases dominantes– Dalton quiere demostrarnos que si la independencia se llevó a cabo fue debido a que el pueblo propuso independizarse del poder colonial que le explotaba constantemente con sus extremos impuestos [2] . Para Dalton, “el proceso de la independencia –independencia de España –estuvo impulsado en El Salvador por las grandes masas populares. La obra de los “próceres de la independencia” ...estuvo dirigida en muchos casos a hacer prevalecer los intereses de los sectores criollos y mestizos económicamente privilegiados sobre los intereses del pueblo” (El Salvador, 39). Importante aquí es señalar cómo Dalton se detiene metódicamente a decir “independencia de España,” haciendo evidente que su posición en cuanto a “independencia” es que ésta nunca se llevó a cabo como lo ha planteado siempre la oligarquía a través de su cultura burguesa. Para explicar lo antes dicho es esencial comprender que su análisis parte de la crítica que hace a la imagen de los próceres impuesta por la oligarquía, desmitificándola al recalcar constantemente que éstos se han convertido en “santones” impuestos por la cultura burguesa [3] .

            Al analizar el “primer grito” de la independencia Dalton parece contradecir su crítica, ya que directamente nos habla de los movimientos de emancipación de la península a partir de 1811. La razón es que de tal fecha a Dalton le interesa rescatar ciertos elementos claves. Entre ellos que la mayor parte de las veces los próceres nada más sirvieron para apaciguar los deseos de independencia del pueblo, colectividad sobre la cual tenían gran influencia. También, los próceres eran grandes terratenientes, la mayoría de ellos “ligados a los intereses añileros” (El Salvador, 39). Además, siendo parte de la Iglesia, los próceres no hicieron más que “cubrirle” los ojos al pueblo, engañándoles sobre sus verdaderas intenciones de independencia. Por último, con el resquebrajamiento del poder por parte de la Corona española, las fuerzas que reemplazan a ésta son Gran Bretaña y Estados Unidos, y la que al final llega a regir el poder económico y político está hacia al norte del istmo, intensificando los perennes problemas económicos que ya afectaban a la naciente cultura nacional.

            La historia oficial propone que durante los levantamientos ocurridos en 1811, “rumores” que circulaban de que el presbítero José Matías Delgado [4] sería asesinado llevaron al pueblo a rebelarse. Sin embargo, citando el documento La Verdad [5] , Dalton argumenta que durante los levantamientos ocurridos entre los meses de noviembre y diciembre de ese mismo año, “el papel del cura Delgado, de Arce y de los demás conocidos próceres fue, por el contrario, de apaciguamiento y meditación.... (que) los próceres hicieron todo lo que estuvo dentro de sus capacidades para apaciguar a las enardecidas masas capitalinas” (El Salvador, 41). Con semejante acción lo único que lograron hacer los próceres fue hacerles un disfavor a quienes tenían plena esperanza en la independencia: indios, mestizos, mulatos y los pocos negros que residían en el área.

            Por innovador que parezca Dalton, muchas veces su análisis prosaico se estanca en la retórica de su discurso crítico; no obstante, ese obstáculo lo transgrede postulando una poesía fuera del canon lírico del momento. Un ejemplo de su “insuficiencia prosaica” se puede encontrar en el análisis que hace de la dictadura de los chapetones. Al igual que la oligarquía, él la califica como “la segunda intentona” por independizarse de la península. Como ya esboce en otro ensayo, esta segunda intentona es antecedida por otras dos, lo cual significa que Dalton no sólo falla en desvelar el espacio previo a 1811, sino también que con su indiferencia sedimenta las mismas mentiras que buscaba erradicar. El problema de 1814 surge debido a que se había redactado una proclama que luego fue quemada, por don José de Bustamante, en una plaza de la provincia de San Salvador. La confrontación se entiende como el momento en que los criollos y los chapetones se disputan el poder político colonial; poder íntimamente ligado al económico. De cualquier manera, el movimiento surgido que buscaba fines inmediatos se reduce a que los criollos son los héroes de aquel evento, ya que aunque fueron derrotados en ese entonces, fueron ellos quienes redactaron y lucharon en el momento necesario.

            A pesar de la contradicción existente en el seno de la crítica que Dalton hace, también se puede encontrar que él propone que el 24 de enero de 1814 ocurre algo distinto que es necesario desvelar para que la verdad de aquel evento sea reconocida por la historia oficial. Debido a la incomunicación que había entre los chapetones, el 2º alcalde de San Salvador, Pedro Pablo Castillo [6] , logró reclutar dentro del pueblo a explotados indígenas y mestizos que armados “con piedras, garrotes, machetes y otros instrumentos parecidos” (El Salvador, 42), fueron destacados en puntos estratégicos de la ciudad de San Salvador. El alzamiento fracasó debido a que hubo quienes no se sentían preparados para llevar a cabo la independencia, y por tanto, desertaron para luego seguir viviendo dentro del mismo sistema explotador que les había oprimido hasta ese entonces.

            Es necesario preguntarse, ¿por qué desistieron en aquel momento en que ya se había organizado la revuelta? Dalton una vez más nos advierte sobre el papel que jugaron los próceres de la independencia durante éste evento. Citando el texto La Verdad, él indica que “el prestigio que Arce, Celis, Rodríguez y demás próceres, tenían entre las masas, les permitió convencer a la mayor parte de los hombres de Castillo, logrando así desmontar la insurrección, cuanto estaba apunto de producirse” (El Salvador, 44). De esa manera, “Pedro Castillo y los comuneros de 1814,” que se habían alzado “contra los opresores del pueblo” (Poemas Clandestinos, 98), fueron perseguidos hasta ser arrojados en los calabozos de la insurgente ciudad de San Salvador. Con la derrota, las exigencias de liberación de los presos políticos demandas por Castillo, y el desarme de los “voluntarios” pertenecientes a la Guardia Civil española, se postergaron una vez para ser debatidas años más tarde.

            De acuerdo con Dalton, la única esperanza de vida que tuvo nuestra cultura de ser independiente ocurrió en 1821, pero también murió en ese mismo año. Tal fecha resulta enigmática para cualquiera acostumbrado a escuchar “las mentiras de la historia oficial.” Dalton, quien había examinado cuidadosamente los textos escritos por “los voceros de las clases dominantes y sus aliados,” encuentra que la historia de ese evento es mucho más que enigmática, debido a que bajo los vítores y aclamaciones de “viva la independencia” habían otros motivos que los criollos buscaban instituir. “Fue fácil distinguir las demandas específicas de cada sector de la sociedad colonial salvadoreña,” (36) explica Dalton en su monografía. Por ejemplo, en el Ayuntamiento de San Salvador se plantearon demandas que coincidían directamente con los intereses de los criollos: “monarquía constitucional; organización democrática de los criollos y peninsulares; supresión de privilegios a los peninsulares” (Ibid).

            No es difícil deducir que a través de sus demandas los criollos buscaron incorporarse “al nivel de la clase dominante y explotadora peninsular” (Ibid). Utilizando el aparato político colonial, los criollos cómodamente bajo la proclama de la independencia querían que los peninsulares les dejaran incorporarse al sistema, para con ello poder pasar a explotar económicamente a los mestizos e indios de la zona. Cansados de que el aparato económico “colonial (pesara) más que nunca sobre los hombros de los criollos y mestizos” (El Salvador, 35), los criollos poco a poco fueron desplazando el poder colonial hacia sus manos instalándose, diría Dalton, como burguesía nacional. Dentro de ese traspasó de poder político y económico no hay duda que los más perjudicados fueron los indios, ya que “tenían encaramados en la nuca a los peninsulares, a los criollos y a los mestizos, e incluso (aunque no mucho) a los pocos negros y mulatos que se habían aclimatado en el país” (Las Historias Prohibidas, 178). Las demandas hechas por los criollos no eran más que fórmulas que buscaban explotar directamente a los indios, mestizos, y pocos negros y mulatos de la región. Dalton nos dice en su monografía que “el régimen colonial español hizo que la población indígena quedara completamente sometida al conquistador,” por lo que “de dueño y señor de sus tierras y países, pasa a ser una paria miserable, considerado un animal, un generador de fuerzas de trabajo” (30). De esa manera, la “discriminación social durante la época colonial” (Ibid) que sufrió el indio se extendió rápidamente hacia todos aquellos que pudieran servir como fuente de trabajo, mas luego con el neocolonialismo, esa discriminación social se convertirá en explotación económica. Por otra parte, a lo de ascender a las clases explotadoras algunos mestizos no fueron tampoco inocentes, puesto que “los sectores mestizos más advertidos o sea los más desarrollados económicamente, intentaban también asimismo pasar a compartir la explotación” (El Salvador, 37).

 

 
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