Creado en 26 Febrero 2010
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Parafraseando a Roque, aquí está Luis Alvarenga “buscándose lío

Carlos Molina Velásquez (*)

Leer a Roque ahora debería animarnos a leer a Lenin con una visión renovada

SAN SALVADOR - Esta semana, el poeta y académico Luis Alvarenga defendió su tesis doctoral en filosofía iberoamericana, la cual llamó “Crítica de la modernidad en Roque Dalton”. Disculpen que inicie con una discusión sobre “el nombre de la cosa”, pero es que, como dijera Umberto Eco, “nomina nuda tenemus” (sólo tenemos nombres). A mi juicio, lo que Luis propone es una “crítica estética a la modernidad”, como él mismo señala en esa parte crucial de su escrito en la que explica la ruptura de Roque con las llamadas “vanguardias tradicionales”.


¡Pero no nos engañemos! Este trabajo, de gran rigor y profundidad analítica, está lejos de ser un “liviano puré de berenjenas”. Fiel a su inspiración daltoniana, Luis Alvarenga anda buscándose líos. Que eligiese una investigación acerca de las concepciones de Roque Dalton sobre las vanguardias estéticas y políticas es buena muestra de ello. Supone adentrarse en un terreno “levemente odioso”, lo cual no le ha impedido hacerlo con maestría y mucha elegancia.


Precisamente, esta crítica de las vanguardias es el punto medular, la cuestión a discutir. Según Alvarenga, Roque Dalton emprende una radicalización de la crítica vanguardista que se sitúa frente al arte producido por una sociedad de clases y propone su transformación. Roque fue consistente con su convicción de que la labor del poeta, del escritor y del intelectual revolucionario debía considerar todas las dimensiones de la praxis de manera integral. ¿En qué consiste esta radicalización de la crítica de las vanguardias? Fundamentalmente, “encarar la ilusión de la autonomía en sus diversos ámbitos”, no sólo en el terreno poético, artístico o literario, sino en el del compromiso organizativo y la acción política.


¿Puede el arte ser independiente de lo político? Esta pregunta será inseparable de aquel otro cuestionamiento: ¿debería considerarse “revolucionario” el arte que se sigue haciendo bajo paradigmas estéticos “tradicionales”? Pero no sólo eso: ¿es también la actividad política algo independiente de las condiciones sociales e históricas? ¿No debería haber una “revolución” en la manera como entendemos al partido y su relación con el pueblo, con las masas? Aquí está el hormiguero en el que Dalton se introduce y que Alvarenga analiza, discute e interpreta.


Nuestro investigador sostendrá que Dalton busca —en su obra poética, en sus ensayos, y en su acción política— realizar una síntesis entre el radicalismo político y la vanguardia estética: el poeta revolucionario debe serlo en su práctica organizativa y en su labor literaria. Revolucionario en las decisiones políticas, radical en sus estrategias poéticas. Para Dalton, el objetivo de su labor intelectual fue la construcción de una “vanguardia objetiva concreta” que pudiera enfrentar las ilusiones creadas por la modernidad: la autonomía absoluta del poeta, que se sostiene en la fragmentación del sujeto humano. Esto llevó a Roque a un rompimiento con las vanguardias estéticas y políticas tradicionales, con sus compañeros poetas y sus camaradas en el Partido Comunista. Pero se trataba de una misma lucha, ya que no hay hiato entre la crítica cultural y la labor política.


Algo muy valioso en la tesis de Alvarenga es su análisis pormenorizado y muy bien documentado que permite oponerse felizmente a las afirmaciones de que hay un “Dalton Poeta” y un “Roque Revolucionario”. Precisamente, dichas ideas son un buen ejemplo de la ya aludida fragmentariedad de las ideas modernas sobre la poesía y la política, así como la tendencia a reproducir el esquema de los “compartimientos cerrados” para explicar la riqueza de la obra artística. Todo ello sería, en cualquier caso, expresión de aquella ilusión de la autonomía contra lo que se opuso ferozmente el poeta salvadoreño.


En este sentido resulta muy atinada la valorización de “Historias y poemas de una lucha de clases”, conocida por muchos de nosotros bajo el nombre de “Poemas clandestinos”. Aquí vuelvo a pedir disculpas, pues las emociones me embargan y las pasiones me inundan (como imagino que les sucederá a quienes, como yo, comenzaron a leer los versos de Dalton en ese poemario). La hermosura, grandeza irónica y el humor desenfadado (¡mas no impuro!) del libro tuvo que sufrir innumerables embates de los críticos y ha sido calificado de “poesía panfletaria” o se ha repetido que posee un ínfimo valor estético, si se lo compara, por ejemplo, con el poema “Taberna”. Pienso que la tesis de Alvarenga enfrenta con mucha gracia estas aseveraciones y las reduce a polvo.


En “Historias y poemas de una lucha de clases” nos topamos con varios nombres de poetas que son los heterónimos elegidos por Roque para hablarnos de los intelectuales comprometidos radicalmente con la revolución. El análisis que hace Luis Alvarenga de la estrategia daltoniana es bastante exitoso, ya que muestra con claridad que la forma elegida para los poemas es inseparable del conjunto y éste del objetivo estético-político que tiene en mente el autor: la configuración del “sujeto revolucionario que se quiere construir”. Y eso reafirma la consistencia de Roque, quien logró construir un poema en el que arte y compromiso revolucionario comparten lo transformador del mensaje y la innovación en la forma. Las múltiples voces creadas dan origen a las más variadas notas y contrapuntos, pero todo ello en función de la gran transformación, la pieza maestra que sólo puede ser la revolución.


Quiero poner en el centro una de las tesis de la investigación de Alvarenga: no hay abandono del marxismo-leninismo en Roque Dalton, sino, más bien, su radicalización. La crítica del estalinismo o de las contradicciones de los socialismos reales (Checoslovaquia, Cuba) no equivale a una renuncia de las categorías marxistas, la crítica filosófica y la praxis revolucionaria. Más bien, Roque se situaría cerca de la pluralidad de los marxismos latinoamericanos, más que en la socialdemocracia, el revisionismo burgués o algún tipo de liberalismo. Y, ¡oh escándalo!, Dalton no sale huyendo ante el rostro de Lenin —el “monstruo”, el “tártaro”, el “barbas de chivo”—, sino que lo asume creativamente. De ahí que la defensa del leninismo fuese una misión central para el poeta. La crítica del fascismo lo exigía, ya que estaba convencido de que sólo una adecuada armazón teórica y la reciedumbre de la convicción política podían enfrentar exitosamente a la “manifestación de la racionalidad instrumental propia de la cultura hegemónica”.


La defensa de Lenin que hace Dalton está lejos de ser repetición mecánica o llamado a la ortodoxia. Según Alvarenga, el poeta realiza “una lectura de izquierda de Lenin”, lo cual choca ineludiblemente con algunas de “sus versiones” más tradicionales y que se esgrimen como artículo de fe. Lamentablemente, Alvarenga no abunda mucho en este último punto; por ejemplo, no nos señala por qué se pueden hacer lecturas tan opuestas de Lenin. En este sentido, extrañamos en la tesis alguna alusión a las ambigüedades de Lenin, como ha señalado Raya Dunayevskaya, por poner sólo un caso. Quizás en eso el investigador queda en deuda con nosotros.


No obstante, la cuestión que se está analizando —lo valioso que encuentra Roque Dalton en Lenin—, sí es expuesta de manera muy completa y convincente. Y esto no es un mero dato histórico curioso, ya que para los salvadoreños del 2010 el leninismo de Dalton podría ser muy educativo. En los tiempos que corren, la convicción revolucionaria esencial debe ser la denuncia de “la neutralidad” como la más común de las posturas reaccionarias; o como dice en nuestros días Slavoj Žižek, citado por Luis Alvarenga, “el nombre último de la derecha contrarrevolucionaria es el centro mismo”.


El Lenin que reivindicaba Roque ante muchos de sus “colegas marxistas” no encajaba en el economicismo mecanicista y el simplismo de las “leyes de la historia”. Su Lenin es el del “tiempo-ahora” de Benjamin o el “acontecimiento” (kairós) que interesa a Badiou, Žižek, Agamben y Hinkelammert, todos ellos filósofos contemporáneos que no han tenido miedo de emprender una lectura renovada de lo mejor de la tradición del pensamiento crítico. No aguardemos a que los tiempos estén maduros, ¡actuemos ahora! Las víctimas soportaron durante generaciones y la buena nueva fue anunciada, entonces, ¡qué estamos esperando!


Un Lenin redivivo —un Lenin aún por descubrir, podríamos decir— escribió: “Todos los ciudadanos sin excepción deben actuar como jueces y participar en el gobierno del país. Y lo más importante para nosotros es enrolar a todos los trabajadores, sin excepción, en el gobierno del estado. Esta tarea es tremendamente dificultosa. Pero el socialismo no puede ser introducido por una minoría, por un partido”.


Este texto poco conocido de Lenin, citado por Dunayevskaya, nos recuerda que no sólo hay que superar el mecanicismo en los planteamientos, sino también la visión chata, reducida y profundamente elitista de un modelo de “rabinos y discípulos”, para el cual los líderes iluminados serían los pastores y el resto la haríamos de borregos. Les vendría bien a los compañeros del FMLN, las organizaciones populares y los grupos radicales que asumieran aquel ideal que el compañero Lenin formulara en su momento. ¡Esto es leninismo a la altura de nuestros tiempos!


Leer a Roque ahora debería animarnos a leer a Lenin con una visión renovada. En este sentido (aunque no es el único, por supuesto), la tesis doctoral de Luis Alvarenga es una propuesta interesante realizada con mucha calidad y claridad, y también un aporte necesario a nuestra época, a nuestras inquietudes. Ojalá pronto podamos verla publicada, discutidas sus propuestas y debatidos sus planteamientos.


(*) Académico y columnista de ContraPunto

 

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